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Este veterano y desempleado exreportero de sucesos no visita desde hace años estos tres sitios: una sala de redacción, una estación de policía y una playa en verano. Se retiró del oficio ya hace algunos años, poco antes que la dictadura de los Ortega Murillo cerrara el último periódico al cual le trabajó muchos años.
Se elige él mismo el alias, irónico por demás, para evitar problemas políticos: “Isaías”, como el profeta bíblico que exaltó el buen papel del mensajero de buenas noticias cuando dijo: “Y estos son los que han publicado la paz, los que han traído gratas nuevas del bien, los que han publicado la salvación…”.
“Yo, al contrario del profeta, llevaba listas de muertos, tragedias y desgracias. Así se llenaban las páginas de Sucesos”, aclara reposadamente sobre el sarcasmo de su seudónimo.
Luego explica las tres razones del porqué no visita los tres lugares antes descritos: primero, ya no existen periódicos y salas de redacción, ni turnos de cierre ni coberturas especiales de sucesos. “Todo eso lo cerró el diablo”, dice.
Segundo: se acabaron los tiempos en que las estaciones de policías, bomberos, Cruz Roja y hospitales recibían a los periodistas para darles los pormenores de sus actividades humanitarias. “Todo eso se lo llevó el diablo, también”, justifica.
Y tercero, nunca más volvió a una playa en verano, ni como periodista porque ya no trabaja de ello, ni como turista porque lo que ahí vio durante años de cobertura fue sencillamente aterrador. Pavoroso. Espeluznante.
“Realmente, a como decía mi abuelo, parece que en verano el diablo anda suelto en las playas”, dice, antes de narrar los hechos que él conoció en el oficio, muchos de los cuales vio con sus propios ojos, otros en cámaras y fotografías, y otros como historia de primera mano, contadas por colegas suyos en la sección de las noticias rojas.

Las 12 cruces de Rivas
A las 4:40 de la madrugada del Sábado de Gloria del año 2010, una camioneta llena de jóvenes desvelados regresaba de San Juan del Sur rumbo a la ciudad de Rivas. Habían viajado la noche anterior a la parranda playera del puerto más fiestero de ese departamento, en una jornada de música, cervezas, baile y algarabía.
Nunca volvieron a casa. O para ser más específicos: no volvieron vivos. Doce jóvenes, entre 16 y 27 años, quedaron tendidos sobre el asfalto, despedazados por un triple impacto mortal. El conductor, desvelado, con los efectos de los tragos aún frescos, a exceso de velocidad, chocó de frente contra un bus luego de golpear otro vehículo y apagó en un solo impacto una docena de vidas.
La madrugada de aquel 3 de abril de 2010, la camioneta donde viajaban 14 personas impactó contra un taxi primero y luego contra un bus. Todos murieron en el acto, menos dos.
Los cuerpos quedaron esparcidos. Uno quedó incrustrado de medio torax en el vidrio delantero del bus. Algunos se desangraron sobre el pavimento; otros estaban desnucados, sus miembros retorcidos en posiciones imposibles. El aire olía a gasolina, aceite de motor y sangre.
El periodista que cubrió la escena dijo que era como si una bomba hubiera explotado dentro de la camioneta. Y quizá lo fue: una explosión de imprudencia combinada con exceso de velocidad, juventud imprudente y la resaca que enturbia la visión.
De las 12 vidas que se apagaron, tres eran hermanos adolescentes que vivían bajo el mismo techo. Otros cinco eran los miembros del equipo de futbol sala juvenil Los Lobos; uno de ellos, Daniel, había pintado su casa un día antes de morir y comprado flores, como si premonitoriamente adornara su propia vela.
Desde entonces, en el kilómetro 118 de la Carretera Panamericana Sur, a la altura del río Las Lajas, 12 cruces se alzan como testigos silenciosos de uno de los accidentes viales más trágicos que se recuerden en unas vacaciones de verano.
“Los accidentes de tránsito parecen una maldición en vacaciones”, dice “Isaías”, justificando una vez más por qué él y su familia no salen en esos días, cuando pareciese que en Nicaragua la Semana Santa no siempre es tiempo de recogimiento ni de fervor.
Al contrario, a menudo, es el telón de fondo de una tragedia. En el mar, en las carreteras, en las procesiones… todo puede ser la antesala del espanto como si la muerte, disfrazada de brisa tropical o fervor religioso, esperase paciente cada año por estas fechas.
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La tragedia censurada del verano de 1982
“Isaías” contó esta historia en el periódico muchos años después de haber ocurrido. Lo presentó como un trabajo especial de fin de semana y viajó a la zona para reconstruir el suceso.
Esta tragedia ocurrió un 9 de abril. El Viernes Santo de 1982, por la mañana. En plena procesión del Viacrucis, con la dramatización de la Pasión de Cristo en sus estaciones rumbo al Gólgota.
Los feligreses iban por la carretera de Chinandega a Somotillo, en un trecho corto de uno o dos kilómetros; iban mujeres, niños, adultos mayores y jóvenes que representaban el teatro religioso y cargaban la cruz y la imagen de Cristo con solemnidad, cuando un camión militar IFA del Ejército Popular Sandinista atropelló a la multitud.
Trece personas murieron al instante, incluyendo al joven que interpretaba a Jesús, una niña de 8 años, un señor de 75 y varias mujeres que iban atrás en la procesión. Fue una tragedia que el Estado se encargó de censurar en los medios.
No hubo cobertura, ni juicio ni titulares. Sólo el recuerdo clandestino de quienes lo vivieron. Se dijo que el conductor se durmió al volante. Otra versión dijo que se le fueron los frenos y una más sugería que venía borracho.
Las cruces que se levantaron en la zona de la tragedia estuvieron visibles hasta que las corrientes y vientos del huracán Mitch, en 1998, se llevaron gran parte de la carretera donde ocurrió la tragedia y con ello los últimos vestigios de un infortunio a lo Edgar Allan Poe: el horror oculto tras un velo de silencio estatal.
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Corn Island: la belleza traicionera
Esta tragedia ocurrió al inicio del verano de 2016. Exactamente el 23 de enero de 2016, cuando la lancha La Reina del Caribe se volcó en las aguas turquesas de Corn Island. La belleza traicionó a sus visitantes.
Trece turistas costarricenses murieron atrapados bajo el casco invertido de la embarcación. El mar, ese espejo color turquesa de las postales, se transformó en furia y tumba para los veraneantes. Los chalecos salvavidas resultaron inútiles.
Una jueza local, Shura Welcome, sobreviviente del naufragio, contó que aquel día trágico “el mar parecía tener brazos largos”, le narró a “Isaías”, quien viajó hasta la zona en una lancha de la Fuerza Naval del Ejército, “cuando los guardias no eran enemigos aun de los periodistas”.
La lancha llevaba a bordo a 33 personas: Don Hilario, el capitán y su ayudante Elton, la jueza Shura, una turista brasileña, 2 británicos recién casados, 2 estadounidenses y 25 costarricenses.
Salieron desde Little Corn Island rumbo a Corn Island, después de un tour planificado, pero desafiando las advertencias de mal tiempo. La embarcación era mediana y no contaba con permiso oficial de zarpe, pero los organizadores insistieron en la travesía.
Muchos de los pasajeros iban felices al inicio, tomándose fotos y grabando videos del mar caribeño que se iba poniendo agresivo conforme se alejaban de la costa. Pronto las condiciones cambiaron abruptamente: tres olas gigantes golpearon la lancha y la volcaron en pocos segundos. Algunos quedaron atrapados bajo el casco; otros, lanzados al agua. De los 33, 20 fueron rescatados con vida por un barco pesquero que pasaba cerca.
Welcome relató que debajo del casco volteado sólo se escuchaban gritos, golpes, y luego, el silencio.
La mayoría murió ahogada, atrapada, muchos sin poder quitarse los chalecos. La tragedia fue rápida y brutal y arrebató la vida a 13 costarricenses.
Muerte en el lago
“Isaías” logró fotografiar el proceso de embarcación de los cadáveres y dio seguimiento al proceso judicial contra el capitán del navío quien, por imprudencia, cargó con la responsabilidad penal por las trece muertes en el naufragio.
Una tragedia similar, que ya “Isaías” no logró cubrir como reportero, ocurrió en el Lago Cocibolca, tan pacífico como traicionero.
El Viernes Santo de 2023, una lancha con nueve personas —una familia entera más su guía— se volcó a mitad del recorrido entre Morrito y la isla San Bernardo, en el archipiélago de Solentiname.
La embarcación, zarandeada por vientos súbitos y olas grandes, no resistió el embate de la naturaleza.
Murió un hombre de 45 años y su hija de 8 años, mientras su esposa de 38 desapareció entre las aguas y su cuerpo flotó días después, a muchos kilómetros de ahí, entre lirios y espuma.
Los demás integrantes de la familia, incluido un niño de 14 años, lograron sobrevivir aferrándose a la lancha semihundida hasta ser rescatados dos por pescadores de la zona. El guía turístico, baquiano de la zona, fue uno de los últimos en ser hallado, exhausto y temblando de frío.
En su testimonio como principal acusado por negligencia dijo que salieron de paseo para celebrar el último día de estadía antes de volver a sus hogares, pero el lago inesperadamente se crispó y los sumergió entre sus olas.

Fuego en la vía
Si en Corn Island la muerte llegó en forma de agua, en Belén llegó a través del fuego.
En abril de 2024, un accidente de tránsito a la altura del municipio de Belén, Rivas, sobre la Carretera Panamericana Sur, causó la muerte por incineración de cuatro personas de una misma familia.
Todo ocurrió tan rápido: iban de vacaciones cuando una llanta delantera estalló. El vehículo perdió el control, se volcó, se incendió y las llamas devoraron a sus ocupantes.
Sólo una criatura de 7 años, que salió catapultada del vehículo en una de sus volteretas, sobrevivió. “Isaías” recuerda que aquella fue una escena dantesca que jamás olvidará: hierros retorcidos, cuerpos irreconocibles, humo y hollín sobre el asfalto.
“Lo espantoso que es recordar el olor de los cuerpos quemados”, dice el veterano reportero.
Luego, escarbando en la memoria, “Isaías” dice que lo más usual en las vacaciones de verano son las tragedias por ahogamiento. O por “sumersión”, como le llama la nueva generación de reporteros de sucesos a los ahogamientos en mares, piscinas y ríos.
Dice que estas muertes “son comunes” durante las vacaciones, principalmente en Semana Santa cuando la gente se vuelca a las playas.
Aún recuerda cuando, junto al corresponsal de Jinotega, en 2015, cubrió la tragedia de dos niñas que murieron ahogadas junto con sus dos hermanos mayores que intentaron rescatarlas en el lago de Apanás. Las niñas de 7 años cayeron en un hoyo a unos metros de la costa y sus dos hermanos, de 11 y 13 años, quisieron rescatarlas y murieron todos.
“Los rescatistas de la Cruz Roja de entonces, antes que la confiscaran, encontraron los cuatro cuerpos a dos metros de profundidad en un hoyo. Los gritos que pegaba la madre cuando la llevaron a reconocer los cuerpos me dejó traumado por varias semanas», narra.
«Fue duro: perdió a todos sus hijos en unos minutos”, dice, recordando que el editor del turno aquella vez le pidió no publicar la foto de los cuerpos, aun con sus sábanas encima, porque eran dolorosas. “Pusimos un primer plano de un rescatista observando el lago desde la costa”, recuerda.

No todos mueren vacacionando
En Managua, una Semana Santa en que no había combustible para hacer un recorrido por las playas, “Isaías” fue avisado por sus fuentes de los bomberos de una tragedia: tres trabajadores se habían electrocutado en una planta eléctrica.
El resultado era fatal: dos técnicos murieron electrocutados mientras trabajaban en una planta eléctrica, buscando ganarse un dinero extra en la temporada. Terminaron fulminados por una descarga. Otro, sobreviviente, quedó con la mitad del cuerpo quemado y le amputaron un brazo.
Fue en abril de 2011, en plena mañana de Domingo de Pascua, cuando una explosión estremeció la planta eléctrica Managua.
A través de un comunicado la Empresa Nacional de Transmisión Eléctrica (Enatrel) confirmó la situación y lamentó la pérdida del técnico de la Gerencia de Transmisión y del técnico asistente de Gas Natural (Disnorte-Dissur), quienes fallecieron a eso de las 8:50 a.m. del 18 de abril, al intentar reparar un interruptor defectuoso.
Una mala conexión llevó exceso de energía y se produjo un estallido tan potente que algunos testigos y vecinos dijeron haber sentido como que “el cielo se partía con un trueno”.
Los obreros trabajaban bajo presión para restaurar el servicio eléctrico tras una falla prolongada que, durante tres horas, había afectado la ciudad.

La corriente fatal los alcanzó cuando manipulaban el sistema de cuchillas de alta tensión. Murieron en el acto. Un tercer trabajador sobrevivió con quemaduras de tercer grado. Lo que debía ser un turno extra para ganar algo más en Semana Santa terminó sellado con una lápida.
“Yo entrevisté al sobreviviente, un muchacho de 21 años. Ese día no estaba de turno, pero lo llamó su jefe para una emergencia. Le dijo que iba a pagarle tres horas extras de 8:00 a.m. a 11:00 a.m., que después podían ir todos a beber sopa a la casa de unos amigos en Tipitapa, a la orilla de un río. El muchacho se fue en su moto a realizar el trabajo y ya vez, perdió un ojo y un brazo”, relata.
“Isaías” recuerda que historias como estas, trágicas y dolorosas, se repiten cada año en verano, aunque las autoridades siempre piden prudencia, a pesar de que las iglesias convocan a la oración y al retiro espiritual, pero la tragedia siempre encuentra el modo de colarse por alguna rendija y termina como un viejo ritual macabro en las secciones de sucesos: contando muertos.
“Es como decía mi abuelo: en Semana Santa anda el diablo suelto y no respeta nada: se lleva a jóvenes, a familias enteras, a creyentes devotos, a turistas desprevenidos. No da tregua”, dice.
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