Abril y la continuación de la represión mediante el lenguaje

Es muy conocida la frase que dice que “de la abundancia del corazón habla la boca», y pertenece al Evangelio de Lucas, en el cual expresa que “la persona buena, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno; y la persona mala, del mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca».

Traemos a colación esa frase tan llena de verdad y sabiduría, a propósito del lenguaje que usa la copresidenta de Nicaragua, doña Rosario Murillo, para insultar a la gente que participó en la rebelión ciudadana de abril de 2018, en particular a quienes identifica como sus promotores, en los que incluye a representantes de la Iglesia católica.

Se podría hacer un diccionario con el abundante repertorio de frases injuriosas de la vocera oficial del régimen para insultar a la gente opositora en los últimos siete años. Y lo está “enriqueciendo” en estos días en que la dictadura también conmemora el aniversario de abril, a su modo y según sus intereses.  

La verdad es que desde que se inventó la política el lenguaje ha sido una herramienta de la lucha por el poder, para conquistarlo y para defenderlo. Y como todas las herramientas, las palabras siempre se han usado para bien o para mal, dependiendo de la calidad humana, intelectual, política y moral de las personas que las usan.

O sea que el lenguaje y las palabras pueden servir, y siempre han servido, para educar, concientizar, convencer, dialogar las personas y entenderse con el propósito de resolver pacíficamente las contradicciones de la vida, en particular de la política cuando tiene que ver con la lucha por el poder. Pero también se han usado y se siguen usando para insultar, dividir, polarizar e impedir la solución pacífica de los conflictos humanos, sociales y políticos.

Ha sido, y es, en los regímenes totalitarios o de esa tendencia, que el lenguaje y las palabras se usaron —y se siguen usando— como armas de destrucción masiva de la reputación y la dignidad de las personas porque son opositoras y disidentes.

En Latinoamérica, a raíz del triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959, los líderes revolucionarios, y ante todo Fidel Castro, comenzaron a degradar el lenguaje político para desprestigiar a los contrarrevolucionarios. “Gusanos” fue la principal frase deshumanizante que usó Castro para denigrarlos y la convirtió en un calificativo oficial de Estado.

Pero Fidel Castro no fue original. Él se copió de los líderes fascistas y nazis de Italia y Alemania, como Mussolini, de quien tomó prestado el concepto “todo dentro del Estado, nada fuera del Estado”, acomodándolo a “todo dentro de la revolución, nada fuera de la revolución”.

Castro también aprendió de Hitler, quien acuñó la palabra del idioma alemán untermenschen (que en español significa subhumano), para deshumanizar a los judíos y demás grupos sociales y étnicos que para él estaban integrados por seres inferiores. Y si no eran más que basura humana, o especies inferiores, entonces se justificaba exterminarlos como fuese. Lo mismo que a los “gusanos” cubanos o a los “insectos”, “bestias”, “demonios”, etc., como suele llamar la copresidenta Murillo a los opositores nicaragüenses.

Pero no se debe caer en esa trampa morbosa respondiendo con un lenguaje de odio igual o parecido. Las personas que se alumbran con la luz de la verdad y por eso abogan por la libertad, la democracia y la justicia, tienen que hablar con el lenguaje de altura que se corresponde con esos valores superiores de la moralidad política y social.

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí