Cuando ya está casi concluida la reconfiguración del Estado de Nicaragua para ajustarlo a la nueva Constitución dictada por el régimen, se plantea el interrogante acerca de que si el nuevo sistema de poder estatal de este país es autoritario, o definitivamente totalitario.
Esto hay que tenerlo claro porque es importante saber a qué clase de régimen político está siendo sometido el pueblo nicaragüense. Y sobre todo deben saberlo las personas que se dedican al activismo político opositor con el propósito o la esperanza de recuperar la democracia para Nicaragua.
En la política siempre es válida la recomendación del gran estratega chino de la antigüedad, Sun Tsu, quien advirtió sabiamente: “Si conoces al enemigo y te conoces tú mismo, no debes temer el resultado de cien batallas. Si te conoces a ti mismo, pero no al enemigo, por cada victoria obtenida también sufrirás una derrota”.
Es fácil entenderlo. No es posible elaborar una buena estrategia si no se estudia y conoce al adversario. Hay que entender que no es lo mismo luchar contra un adversario en un sistema político democrático, que hacerlo donde hay un régimen cerrado que no permite ninguna clase de libertades y derechos, y mucho menos el de cambiar gobierno por medios pacíficos e institucionales.
En la Enciclopedia Británica se dice que tanto el autoritarismo como el totalitarismo “desalientan la libertad individual de pensamiento y acción”. Pero aclara que no son lo mismo, pues el totalitarismo establece un control total sobre la vida de las personas, mientras que el autoritarismo sólo impone la sumisión política de la gente al poder del Estado.
Agrega la reconocida obra de consulta que como regla general los Estados totalitarios tienen “una ideología rectora”, como la comunista o una religión fundamentalista, el racismo o el híper nacionalismo. Los autoritarios en cambio “no suelen tenerla”, controlan el poder en función del poder mismo, sin estar necesariamente motivados por ninguna bandera o causa ideológica.
Otra característica que diferencia al totalitarismo del autoritarismo es que en el primero no se permite absolutamente la existencia de ninguna organización social y política independiente; mientras que el otro tolera algunas de ellas de acuerdo con sus propias conveniencias. Como ejemplo se podría mencionar que en Cuba sólo se permite al partido comunista gobernante, pero en Venezuela existen otros partidos que incluso participan en elecciones.
Ningún sistema político es ni puede ser químicamente puro. En la práctica el totalitarismo intercambia formas de ser y de actuar con el autoritarismo, de acuerdo con las circunstancias nacionales y las conveniencias de los gobernantes.
Un ejemplo es lo que los nazis de Alemania llamaron Sippenhaftun, un principio de la legalidad penal que transfería automáticamente la responsabilidad de una persona condenada por ser acusada de cometer crímenes contra el Estado a sus familiares más cercanos, como padres, hermanos, cónyuges e hijos.
Aquella terrible aberración nazi se practica en la actualidad en un país tan totalitario como Corea del Norte, pero también, aunque en menor medida, en otros Estados que supuestamente son sólo autoritarios como Venezuela y Nicaragua.
Freedom House, un organismo no gubernamental de Estados Unidos que defiende la libertad, la democracia y los derechos humanos en el mundo, en un reciente informe sobre Nicaragua no califica como totalitario ni autoritario al régimen de Ortega y Murillo. Simplemente dice que este es “un país sin libertad”.
O sea que puede ser autoritario o totalitario, según cada quien lo quiera calificar. Pero en el fondo es lo mismo.