Sobre la tiranía de la mayoría

La llegada al poder de políticos autoritarios, legalmente y con el respaldo electoral de amplias mayorías, ha reactualizado la antigua discusión sobre “la tiranía de las mayorías”.

Es el caso, en la actualidad, de gobernantes de derecha radical como Donald Trump en Estados Unidos (EE. UU.), Javier Milei en Argentina y Nayib Bukele en El Salvador, que fueron elegidos por consistentes mayorías y basados en eso ejercen el poder de manera autoritaria.

Es distinto el caso de quienes, como Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua, o Nicolás Maduro en Venezuela y Miguel Díaz-Canel en Cuba, se mantienen en el poder mediante falsas “elecciones” que no representan la voluntad popular.

Los partidarios y defensores de Trump, Milei y Bukele argumentan que por haber sido votados por amplias mayorías fueron autorizados por sus pueblos para hacer lo que quieran, ante todo lo que prometieron en sus campañas electorales. Incluso pueden avasallar a quienes en las elecciones quedaron en minoría y por lo tanto no tienen derecho ni a protestar.

Eso es una aberración que ya a mediados del siglo 19 fue rebatida por el filósofo político, economista y parlamentario británico John Stuart Mills (1806-1873). En un libro titulado Sobre la libertad, Mills explicó que la tiranía de la mayoría es una desviación de la democracia, que equivale a la opresión de un individuo que gobierna como dictador, tirano o déspota. «El pueblo puede desear oprimir a una parte de sí mismo, y las precauciones son tan útiles contra esto, como contra cualquier otro abuso del poder”, sentenció sabiamente el ilustre pensador británico.

En el mismo siglo 19, Alexis de Tocqueville advirtió igualmente que las pretensiones y decisiones de gobierno no debían basarse en “números”, como las cantidades de votantes, sino “en la rectitud y la excelencia” del gobernante.

Sin embargo, por la imperfección de la naturaleza humana las personas —salvo honrosas excepciones— cuando llegan a tener poder tienden a ejercerlo de manera autoritaria y hasta despótica. De la misma manera que tienden a corromperse en el poder y aprovecharlo para su beneficio personal, familiar y partidista.

Precisamente por eso el sistema democrático pone límites constitucionales al ejercicio del poder, como la separación de poderes, la justicia independiente y la rendición de cuentas, así como una declaración de derechos y deberes de las personas con fuerza de ley suprema para garantizar su ejercicio y respeto.

Un siglo después de Mills y Tocqueville, la filósofa política de origen ruso, pero nacionalizada estadounidense, Ayn Rand, señaló que los derechos de las personas no pueden ni deben estar sujetos a votación pública y que los derechos de las minorías son tan sagrados como los de los individuos. La minoría más pequeña del mundo es la persona individual, dijo Rand, y merece el respeto de los demás, sobre todo de los que gobiernan.

Lamentablemente esto no lo entienden —o no quieren entenderlo— algunos políticos que llegan al poder por la vía electoral, gracias a las facilidades que ofrece la democracia. Y mucho menos lo comprenden quienes han sido domesticados mentalmente y dicen frases absurdas como “Trump ganó por aplastante mayoría” o Milei y Bukele “arrasaron” en las urnas electorales.

Eso es creer que quienes perdieron las elecciones porque son minoría, cedieron sus derechos y su dignidad de personas libres e iguales a todos los demás. Creen que los que perdieron la elección deben someterse a quienes ganaron y que estos pueden hacer lo que quieran.

A eso se le llama “tiranía de la mayoría”, pero en la realidad es sólo de unos cuantos aprovechados. Y es inaceptable en cualquier circunstancia, aunque siga ocurriendo con lamentable frecuencia.

Editorial
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