Fuerza aérea sandinista

La dictadura de los Ortega Murillo ha blindado a su ejército con armamento ruso de guerra, desatando críticas y análisis de la utilidad de esas armas en aparatentes tiempos de paz en Nicaragua. LA PRENSA/ARCHIVO

Las nuevas armas rusas del ejército de Ortega: ¿a quién apuntan?

Sin enemigos a la vista ni amenazas visibles, la dictadura Ortega Murillo ha dotado de nuevas armas rusas a su ejército: helicópteros, bombarderos de reacción, artillería antiaérea y municiones.

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Sólo quienes vivieron el horror de la guerra civil de los años 80 recuerdan el aterrador rugido de los helicópteros soviéticos Mi 17 y Mi 8 sobrevolando las montañas de Nicaragua con sus cargas de misiles y ametralladoras de grueso calibre.

“Temblaba el aire, la tierra y los ríos cuando disparaban”, recuerda Luis Fley, alias “comandante Johnson”, exjefe militar de la antigua Contra y sobreviviente de numerosos ataques de los viejos helicópteros soviéticos que la jerga de guerra bautizó como “tanques voladores”.

“Los primeros helicópteros soviéticos de la fuerza aérea sandinista que aparecieron en combate fue a finales de 1983 y comienzos de 1984. Aparecían en formación de tres y causaron terror contra la población campesina que sufrió los primeros bombardeos de misiles y ametralladoras desde el aire”, recuerda Fley.

Los primeros Mi-17 eran helicópteros de 18 metros de largo por 5 de alto, con una capacidad para transportar hasta 36 soldados, con autonomía de vuelo de 675 kilómetros y 250 kilómetros de velocidad máxima.

Podían trasladar 12 camillas, 4,000 kilogramos de carga y hasta 48 misiles.

“Causaron mortandad y terror en el campo. No eran precisos, los misiles caían por todos lados y destrozaban todo alrededor de un radio de 30 metros, pero los charneles y la onda expansiva te podían alcanzar hasta 50 metros”, rememora Johnson.

Luego la administración republicana del presidente Ronald Reagan suministró misiles aire-tierra a la Contra y equilibró la batalla aérea entre el ejército sandinista y la Resistencia Nicaragüense.

“Cuando llegaron las flechas les bajamos varias pipilachas. Le tenían terror a los Sam 7. Tenían que volar más alto y disparar desde más lejos, disminuyendo la precisión y el impacto”, recuerda Fley, quien ahora ve con inquietud y preocupación la noticia sobre la adquisición de nuevas unidades de aquellos helicópteros que tanto terror y muerte provocaron en los sangrientos años 80.

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Los antiguos helicópteros soviéticos del Ejército Popular Sandinista jugaron un papel decisivo en la guerra contra los rebeldes de la Contra y la represión militar en el campo. Imagen del operativo Danto 88 con soldados del Servicio Militar Obligatorio. LA PRENSA/O.NAVARRETE

Los nuevos juguetes rusos

A inicios de este febrero, medios internacionales denunciaron la adquisición de Nicaragua de un lote de armamento de guerra de manufactura rusa que revivió los viejos fantasmas de guerra de los años 80.

Se adquirieron cinco helicópteros Mi-17 para transporte de tropas, con capacidad para ser artillados. Su uso en Nicaragua se remonta a los años 80, cuando participaban en operaciones de bombardeo a campamentos contra, bases de apoyo social y traslado de tropas y heridos del Ejército Popular Sandinista.

Además, adquirieron tres aviones Antonov AN-26, diseñados para transporte de tropas y carga, aunque pueden ser modificados para ataques aéreos con ametralladoras adaptadas y descarga de bombas por gravedad.

Le suman 18 piezas de artillería antiaérea ZU-23-2 (Zushka), un sistema de defensa aérea móvil, con capacidad para derribar aviones a baja altitud y atacar vehículos blindados a mediana distancia.

De los bombarderos de reacción (modelos aún no confirmados), no se tiene información, pero es la primera vez en la historia militar que el ejército adquiere este tipo de aeronaves.

Son los nuevos juguetes del Ejército de Nicaragua, un país que oficialmente no enfrenta ninguna amenaza externa, pero que sigue aumentando su arsenal con el respaldo de Rusia.

¿Qué motiva a Daniel Ortega a reforzar su capacidad bélica en un contexto donde la región centroamericana, en su mayoría, ha optado por reducir su inversión militar?

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Para el excomandante de la Contra, Luis Fley, la respuesta es clara: “No hay justificación alguna. No hay guerra, no hay enemigos visibles. Esto es una exhibición de fuerza interna, para infundir miedo a la población y blindar el poder de la dictadura”.

Desde el exilio, Fley recuerda que en los años 80, cuando la dictadura sandinista estaba en su apogeo, la compra de armamento ruso tenía un propósito claro: aniquilar la resistencia armada de la Contra, financiada por Estados Unidos.

La guerra civil de casi 11 años devastó al país. El Ejército Popular Sandinista dependía de la URSS para sostener sus operaciones contra los rebeldes que operaban desde Honduras y la Contra dependía de la Casa Blanca para sostener sus operaciones guerrilleras

“En ese contexto, la llegada de tanques, helicópteros y sistemas antiaéreos tenía una lógica militar”, dice Fley.

Pero hoy la realidad es distinta. “Ahora no hay Contra, no hay una amenaza externa, no hay posibilidad de invasión”, señala Fley, quien además ve el lote de nuevas armas como “obsoleto”.

“Estas armas no le servirían de nada a Ortega si Estados Unidos realmente tuviera intenciones de intervenir. Son sistemas convencionales y obsoletos frente a la tecnología de guerra moderna basada en drones y misiles de precisión. A Rusia no le han servido de mucho en Ucrania”, dice.

Desde la cúpula castrense, el discurso es otro. Según el jefe del Ejército, Julio César Avilés, este equipamiento es clave para “mantener la seguridad y combatir el narcotráfico en el marco de la estrategia del Muro de Contención”.

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El Ejército sandinista se ha apertrechado con tanques, helicópteros y artillería rusa, mucha de ella obsoleta pero intimidante. LA PRENSA/ARCHIVO

¿Artillería contra narcos?

Sin embargo, los analistas en seguridad dudan de esta justificación oficialista.

Un analista de seguridad y defensa, exasesor del Ministerio de Defensa de Nicaragua antes de la dictadura Ortega Murillo, no encuentra razonamiento lógico en adquirir naves y armas de guerra convencional para enfrentar al crimen organizado y el narcotráfico.

“Los narcos ahora usan las tecnologías, los drones, las naves no tripuladas y sistemas para burlar los radares. Nada que ver con los armamentos rusos que aquí se han anunciado”, señala.

A simple vista, dice, el lote adquirido sin transparencia es modesto y un tanto obsoleto, “pero si le sumás los 50 tanques rusos T-72B1 que adquirieron en 2016, ya el panorama del arsenal es atemorizante, sobre todo a nivel interno porque la gente se pregunta ‘si no hay guerra, ni Contra ni invasión ¿contra quién los van a usar?’”

Estos tanques tienen 9.5 metros de largo, 3.4 de ancho y 2.1 metros de alto, con capacidad para tres tripulantes (conductor, artillero, comandante). Se puede desplazar a una velocidad máxima de 60 kilómetros y tiene una autonomía 450 kilómetros.

“Su utilidad práctica en Nicaragua es limitada y su impacto es más para guerras convencionales donde, ya lo vemos en Ucrania, han sido presa fácil de los drones y los misiles guiados”, dice el analista.

El militar en retiro del ejército sandinista, Roberto Samcam, coincide con los otros análisis y lo resume de manera más cruda: “Esto no es un fortalecimiento de la defensa nacional, sino una estrategia de intimidación. El Ejército de Nicaragua no es un ejército de defensa, sino de intimidación”.

Para el Ejército, sin embargo, estas adquisiciones forman parte de un esfuerzo por modernizar sus capacidades.

Según el general Julio César Avilés “estos medios fortalecen nuestras capacidades para cumplir misiones y tareas propias, así como apoyar a nuestras fuerzas terrestres y navales”.

“Es una carrera armamentista sin sentido. No pueden justificar la compra de estos equipos como defensa regional porque Costa Rica ni siquiera tiene ejército, Honduras es un aliado y El Salvador está enfocado en su propia seguridad interna”, señala Fley.

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Maniobras militares de los tanques del Ejército de Ortega en 2008, en la base militar El Papalonal. LA PRENSA/ARCHIVO

¿Amenaza externa o paranoia interna?

El contexto internacional ha despertado teorías sobre la verdadera intención de este refuerzo militar, a criterio de los analistas.

Con la posible reelección de Donald Trump en Estados Unidos, los analistas creen que Ortega teme un giro más agresivo en la política de Washington hacia el régimen. “Es la vieja fantasía militar de Ortega: prepárate para una invasión estadounidense que nunca llegará”, dice Samcam.

Pero la hipótesis más plausible es que esta militarización responda a un miedo interno, señala el militar en retiro.

El recuerdo del estallido social de abril de 2018 sigue fresco en la mente del régimen, que teme otro levantamiento. “Es un mensaje para el pueblo nicaragüense: no permitiremos otro abril”, afirma Samcam.

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