El Ejército en el totalitarismo

Este viernes 21 de febrero el comandante en jefe del Ejército de Nicaragua, general Julio César Avilés, fue juramentado para un nuevo período de seis años que por ahora se extenderá hasta el 2031.

La definición más simple de lo que significa un Ejército está en el diccionario del idioma español en línea: es el “Conjunto de fuerzas terrestres y aéreas de una nación”. Una definición más elaborada la ofrece el experto español en ciencias militares, Emilio Serrano Villafañe, en su ensayo titulado El Ejército, Institución Social, Jurídica y Política. El ejército, dice, es la fuerza militar permanente “organizada para la defensa exterior del Estado y la conservación del orden interior”.

Ahora bien, la nueva Constitución totalitaria de Nicaragua recientemente aprobada se ocupa del Ejército en los artículos del 92 a 97 y lo define como “el Pueblo mismo uniformado y organizado para defender la Paz, la Soberanía, la Autodeterminación y la Integridad Territorial”.

Pero eso es retórica. En realidad el Ejército es la fuerza militar que sostiene a la dictadura, función que cumple junto con la Policía y demás instrumentos del poder coercitivo y represivo. Entre los cuales se cuentan, además, las reservas militares del Ejército y la “Policía Voluntaria”, como se le llama a las fuerzas de choque armadas, políticas y parapoliciales, que fueron organizadas en 2018 para reprimir la rebelión democrática de abril.

Algunos opositores nicaragüenses en el exilio se entretienen especulando sobre a quién de los dos dictadores, Ortega y Murillo, es más fiel el Ejército y en lo personal el general Avilés, quien lleva más de 14 años en el máximo cargo impidiendo el ascenso de otros altos cuadros militares.

Pero esa especulación es folclorismo político. La verdad es que en un sistema totalitario como el que han impuesto en Nicaragua, el Ejército sirve por igual al líder o los líderes que detentan el poder.

Sobre qué es y cómo funciona el Ejército en un Estado totalitario existe ya una larga historia, desde que se formó el primero de ellos en la Rusia Soviética, después la Unión Soviética ya fenecida. Y en el otro extremo ideológico, se creó la Wehrmacht (Fuerza de Defensa) del Estado nazi de Alemania encabezado por Adolfo Hitler.

La experiencia histórica demuestra que el primero y principal de los rasgos fundamentales del Ejército en los Estados totalitarios es la lealtad absoluta al partido, pero en particular al líder, o a los líderes, según si el liderazgo es individual, matrimonial (como fue en la Rumania comunista igual que ahora en Nicaragua), o colegiado.

Otra característica del Ejército es que no existe solo para defender al Estado de sus enemigos externos reales o percibidos, sino también y en primer lugar para la represión política interna de los brotes de oposición o disidencia.

Además, el Ejército en el totalitarismo es sometido a un intenso adoctrinamiento ideológico y político de sentido partidista sectario; se funda en una rígida estructura jerárquica sometida al control político del líder o los líderes del partido; y participa en empresas y negocios que en la democracia son competencia exclusiva de autoridades civiles y empresas privadas.

Es bueno recordar que después del triunfo revolucionario de 1979, los comandantes formaron un Ejército al que llamaron “popular sandinista”, siguiendo en buena medida el modelo militar totalitario. Pero a partir de 1990 el gobierno democrático de doña Violeta lo sometió a un intenso, aunque muy difícil, proceso de reforma para despolitizarlo y desideologizarlo, y para profesionalizarlo de acuerdo con las normas y principios de la democracia. Y la verdad es que se avanzó bastante en ese propósito.

Pero aquella democracia apenas duró 16 años. En enero de 2007 Daniel Ortega y el FSLN recuperaron el poder y el Ejército involucionó hasta llegar a ser, ahora, peor que cuando mandaban los nueve comandantes de la Revolución.

Lo bueno es que cuando se conquiste de nuevo la democracia ya no será necesario mantener este Ejército y volverlo a reformar. Desde ahora está claro que será necesario desmantelarlo y crear otro Ejército completamente distinto, apolítico y profesional, de conformidad con las reglas de la democracia.

O quizás será mejor que no haya más Ejército, como se hizo en Costa Rica y Panamá que fueron abolidos con resultados muy beneficiosos para los intereses nacionales y democráticos de esos dos países centroamericanos.

Editorial
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