El gato y los ratones 

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Como parte introductoria me he permitido hacer una parodia del Congreso de Ratones, una de las obras más conocidas del célebre fabulista español Félix María Samaniego (1745-1801). Su moraleja lo dice todo: Es más fácil proponer ideas que llevarlas a cabo. 

Cuenta la fábula que en una de las barriadas de nuestra capital, Managua, valiéndose de artimañas, un gato se había apoderado de todo cuanto había a su alrededor. Con ese propósito, lo primero que hizo fue organizar un ejército de gatos y autoproclamarse comandante-presidente de esa nefanda legión, cuya característica principal era adular al gato-dictador y reprimir a todos aquellos que no estaban de acuerdo con su cruel e injusta manera de proceder. 

No pasaron 6 meses sin que el territorio controlado por el gato rapaz se convirtiera en un lugar desolado, donde no se podía vivir. Los esbirros a su servicio cometían toda clase de vejámenes a sus vecinos. Los afortunados que se salvaron huyeron a otro lugar y los que sobrevivieron y no querían marcharse empezaron a maquinar sobre lo que podían hacer, para librarse de las afiladas garras de sus opresores. Entre estos últimos estaban los ratones. 

El ratón mayor, por ser el de más edad, convocó a una asamblea a la que concurrieron miles de ratones. Hasta de los barrios más alejados llegaron. Y lo primero que les dijo fue que cómo era posible que siendo ellos miles, se dejaran dominar por unas decenas de gatos mugrosos. Uno de los convocados replicó que la naturaleza había dotado a los agresores de mejores armas para defenderse y atacar, por lo que ellos quedaban prácticamente en estado de indefensión. 

Aceptada la explicación, los concurrentes continuaron en sus deliberaciones hasta altas horas de la noche, habiendo llegado a la conclusión de que la única forma de acabar con su tragedia era neutralizando al dictador quien es el que da las órdenes para reprimir y que para ello lo mejor era ponerle una serpiente-cascabel en las piernas mientras durmiera, lo que le impediría seguir dando órdenes en perjuicio de la comunidad. Fue entonces cuando el ratón mayor, después de limpiarse los bigotes, preguntó: “¿Y quién le pone el cascabel al gato? Un profundo silencio inundó el recinto donde se encontraban. Las voces estentóreas que antes clamaban por justicia y libertad callaron. Y para tranquilidad del gato usurpador y su pandilla de facinerosos, todo hasta hoy sigue igual.  

Traigo esta fábula a colación, después de escuchar la propuesta pública que hizo el domingo 12 de enero pasado, en una concentración popular de su Partido Centro Democrático el expresidente de Colombia Álvaro Uribe. En ella se contempla —al haberse agotado las vías políticas y diplomáticas para resolver el problema venezolano— la necesidad impostergable de organizar una fuerza armada internacional humanitaria que expulse del poder a los usurpadores y lo entregue a quien corresponde por mandato ineludible de la soberanía popular expresada en las elecciones del 28 de julio pasado.  

Opino que la propuesta del expresidente colombiano es la correcta, por cuanto, ya basta de abusos. Los demócratas del mundo no debemos seguir permitiendo que un grupo de mafiosos narcotraficantes, disfrazados de políticos, se apoderen indefinida e impunemente del gobierno de la hermana República Bolivariana de Venezuela.Por lo que el pasado 10 de enero era al presidente electo, Edmundo González Urrutia y a la vicepresidenta María Corina Machado a quienes correspondía ser juramentados para ejercer el poder durante el periodo 2025-2031 y no a un grupo de impostores encabezados por el trío fatídico de Maduro, Diosdado y Padrino. 

Hay suficientes basamentos jurídicos y políticos para hacer viable la propuesta del líder colombiano. Tanto la Constitución de Venezuela como la Carta Democrática de la OEA y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) firmado el 2 de septiembre de 1947 en Río de Janeiro, Brasil, establecen claramente la obligación de los gobiernos de respetar la soberanía popular, promoviendo elecciones libres y acatando sus resultados. En tal virtud, no queda más que ir manos a la obra o ¿vamos a quedarnos como los ratones de la fábula, esperando que se produzca el milagro de que aparezca alguien que le ponga el cascabel al gato? 

El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).  

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