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Ignacio Montes de Oca, periodista, escritor y productor de documentales argentino, ha dedicado más de tres décadas a la investigación histórica, al análisis de conflictos internacionales y a la producción de análisis de conflictos internacionales para audiencias globales.
Con 54 años y una trayectoria que abarca 35 de experiencia, Nacho —como se le conoce— también ha colaborado como documentalista para cadenas como The History Channel, National Geographic y Discovery Channel.
Su obra incluye el libro Tierra de nadie (2006), que explora historias poco conocidas de las Islas Malvinas y la guerra de 1982, combinando rigor histórico con narrativa de profundidad.
Montes de Oca se considera un periodista libre que gestiona su carrera de manera independiente. Con más de 267,000 seguidores en su cuenta de X, se ha convertido en un referente del periodismo de profundidad sobre actualidad internacional, utilizando formatos innovadores como los hilos narrativos y transmisiones en vivo sobre grandes acontecimientos globales.
En esta entrevista cuenta sobre sus inicios en el periodismo, devela sus herramientas y explica su visión filosófica e ideológica sobre las noticias y los conflictos internacionales.
Habla con contundencia sobre el papel de la verdad en el oficio y sin duda alguna sentencia que la historia será implacable al juzgar a dictadores y tiranos. Asimismo, comparte un deseo personal: escribir algún día el final de las dictaduras en Venezuela, Nicaragua y Cuba.
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Como especialista en narrar los conflictos, ¿desde cuándo estás dedicado a eso y cómo comenzaste?
Mi comienzo en este tipo de periodismo fue en una fundación que ya no existe, una pequeña fundación que se dedicaba a investigar cuestiones de seguridad y conflictos internacionales. Eso fue cuando tenía 21 años.
Estaba vinculado a todo este mundo de la defensa de Argentina. Mi intención primera fue dedicarme a los temas militares por una cuestión de afinidad: cuando era chico, me gustaba mucho ese tema. Pero, de pronto, descubrí que los militares eran solamente una fracción de algo mucho más interesante, que es la cuestión de los conflictos, la historia, la política. Eso excedía la cuestión de los tanques, los aviones y los fusiles, que parecían tan interesantes, pero que, como te decía, eran una fracción del todo.
A partir de ahí, empecé en el periodismo, pero tratándolo como un tema lateral al principio, porque preferí, también por la cuestión del mercado laboral y por una cuestión de involucramiento personal, trabajar sobre temas de corrupción. Trabajé muchos años en temas de corrupción, y lateralmente en cuestiones de conflictos. Pero investigar me dio las herramientas, o los instrumentos, para poder entender y trabajar, o profundizar en las cuestiones del periodismo de investigación.
Cuando comencé a delinear un cambio de época, hacia el año 2016, tomé la decisión de ya no dedicarme tanto al periodismo de investigación, porque también tuvo un costo personal muy grande de persecuciones, de amenazas. Tengo una familia y, entonces, se dieron las condiciones para que dedicara más tiempo a los temas internacionales.
El tercer factor que impactó mucho fue darme cuenta de que en Argentina no existe un interés en el periodismo, pero sí en la gente, por entender el mundo; no solamente entender los conflictos en el país de origen, sino más allá.
También había una necesidad de explicar el mundo, y el gran salto fue a partir de empezar a cubrir desde mi cuenta, hacer un giro en mi cuenta, y empezar a trabajar la invasión rusa a Ucrania y usarla como trampolín para hacer este cambio de perfil y poder trabajar, casi a tiempo completo, todas las cuestiones que tienen que ver con las relaciones internacionales. Así que, a partir de ahí, digamos, entramos en el momento de auge de las cuestiones internacionales.

Es decir, tu distanciamiento con el periodismo tradicional y tu evolución a un periodismo más especializado, digamos, es de menos de 10 años.
No, la dedicación exclusiva a este tipo de periodismo tiene menos de 10 años. Siempre lo tomé como un tema lateral. Por ejemplo, cuando escribía los libros —yo tengo cinco libros publicados— siempre trabajé en lateral al oficio en el periodismo tradicional.
Por ejemplo, cuando investigué los vínculos del nazismo con Argentina, siempre lo trabajé desde la perspectiva de lo internacional, no porque sucedía o sucede en Argentina, sino explicado desde lo internacional.
Entonces, ahí yo siempre seguí vinculado a lo internacional, aun cuando estuviera haciendo otras cosas. Además, varias páginas seguían publicando cuestiones de temas internacionales, pero lo que entendía era que todavía no existía, por lo menos entre mi público, una masa suficiente de interés hasta que empezó a complicarse un poco el mundo y, a partir de ahí, sí. Cambié las proporciones de mi periodismo para dedicarle mucho más tiempo a lo internacional. Siempre, y tengo una premisa, es que para poder hablar de un tema un minuto, investigo una hora.
Si para hablar un minuto investiga una hora, ¿cuál es el tiempo que dedica diario para hacer este trabajo de explicador de conflictos internacionales?
Yo divido mi tiempo en tercios: ocho horas para dormir —más o menos, no siempre se puede—, ocho horas para la familia y para lo que uno tiene que dedicarse personalmente, y ocho horas para trabajar. De esas ocho horas, yo estimo que siempre la mitad, sí o sí, tiene que ser para la investigación y, si pueden ser más, mejor. A veces los hilos (en X) me llevan tres días, y hay días en los que puedo desaparecer virtualmente de las redes porque puedo dedicar ocho o más horas a investigar un tema hasta que lo comprendo o tengo los datos suficientes.
En ese tercio que uno dedica al trabajo, la mayor parte del día, en una proporción de 1 a 7, se dedica a investigar. No puede ser menos, porque uno tiene que pasar de un caso a otro, ya que siempre un conflicto se vincula a muchos otros. No sé, pasa del conflicto de los talibanes de Afganistán a la situación interna de Venezuela, y de ahí a la guerra de Israel. Tienes que aprender muchísimas cosas, y, es más: no es una sola investigación en curso. Siempre estoy investigando muchísimos temas en simultáneo.
Es una parte silenciosa del trabajo que no se ve. Es cuando te digo que para hablar un minuto estudio al menos una hora. Mis hilos me llevan, para darte una idea, dos horas hacerlos, escribirlos, pero, para poder hacer esas dos horas, tengo que dedicarle por lo menos 14 a investigar y recopilar información. Solo recién después de haber investigado 14 horas puedo dedicar dos horas a escribir un hilo.
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Ignacio ¿a qué lado te ubican los críticos en el tablero de la política? Porque a veces veo que hay temas en que te dicen que sos zurdo y otro día te dicen fascista.
Mirá, es imposible hacer periodismo sin valores. Uno, cuando se dedica a estos temas, lo hace de manera diferente a lo que sucede cuando uno hace deportes o, no sé, meteorología. Uno puede decir en meteorología que va a llover o no: llovió o no; es absoluto. Aparte, se trabaja con objetos. Igual pasa con el fútbol: no puedes tener una preferencia por un equipo, pero puedes decir que ganó tal o perdió tal. Sigue siendo absoluto.
Ahora, cuando uno trabaja en cuestiones internacionales, la primera premisa es que tienen que tratarlas con una visión humanista. Uno no puede hablar de 20,000 muertes; uno habla de 20,000 personas muertas, y da lo mismo que sean 20,001 o 100,000. La segunda premisa es que yo pertenezco a Occidente democrático y a un sistema de capitalismo de mercado. Tengo que hacerme cargo de esa decisión. Todo lo que está desde el otro lado lo miro con aspecto crítico: es decir, la autocracia, los sistemas dirigistas, los sistemas que ponen al sujeto en un lugar de objeto. Yo tengo un rechazo a eso, pero no lo puedo ocultar.
Entonces, mi orientación es ser profundamente liberal en el sentido, si se quiere, de Tocqueville o Montesquieu, en el sentido más básico de creer en la libertad como un horizonte ideal. Me defino como una persona que, por experiencia, creo que el capitalismo funciona mejor que otros sistemas, pero que está plagado de fallas, y creo que la democracia, con todos los errores, es el mejor sistema porque representa a las minorías y permite que estas existan a la par de las mayorías y que se resuelvan los conflictos.
Ahora vivimos una época de excesos en donde hay muchos fanatismos religiosos, étnicos y políticos. Queda claro que uno siempre va a ser objeto de crítica y está muy bien. En lugar de tomar todas las críticas como algo negativo, a mí me sirve mucho para corregir el rumbo de lo que estoy diciendo, porque a veces me permiten darme cuenta de cuando mi subjetividad está operando en contra de mi calidad periodística. No tolero la falta de respeto ni los fanatismos extremos en mi cuenta y trato de que no se difundan. Ese es mi único límite.
Estamos en una época en la que el periodismo ha entrado a competir en desventaja con verdaderos sistemas e industrias de noticias falsas, campañas de posverdad y ahora, para remate aparece la inteligencia artificial, que casi puede crear y recrear nuevas realidades. En esta etapa difícil para el periodismo ¿de qué manera vos te guías para hacer un producto periodístico que al final pueda ser verificable y que la audiencia diga “este tipo sí está diciendo la verdad”?
Primero, me guío por tres principios. Uno es el principio lógico, otro es el principio de verificación y el tercero es el principio de sentido común. El principio de lo lógico es que lo que está arriba está arriba y lo que está abajo está abajo; que cuando es de día es de día y no de noche; que el agua moja y el fuego quema. Esas son realidades inmutables, aunque la posverdad quiera poner eso en duda.
Luego está la verificación: solamente puedo decir cosas que puedo verificar. Cuando opino, dejo en claro que son opiniones, pero trato de que estas se reduzcan al mínimo porque a mí no me resulta interesante mi opinión. Yo no estoy para opinar, soy periodista, no soy editorialista.
Después está el sentido común, que tiene relación con lo que hablaba antes, con los valores. ¿Yo puedo considerar sano que determinado país, porque se ve afectado determinado interés, bombardee a otro y cause 50,000 muertes? No. Yo no puedo decir que eso es lógico, que eso es normal, porque va contra el sentido común.
Entonces, con ese juego de los tres principios —de esas verdades que uno maneja, porque estas informaciones son verdades: una verdad lógica, una verdad verificable y una verdad de sentido común—, esas son las únicas tres guías que tengo. Después —y eso es lo que nos diferencia de la inteligencia artificial, que no tiene el tercer principio, el del sentido común—, para poder tener un horizonte de credibilidad, porque en última instancia uno es la reputación que tiene, uno se tiene que manejar en esos ejes.
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Aunque muchas veces seas portador de malas noticias…
Yo sé que muchas veces doy noticias que a mí no me gustaría dar. Ocurren cosas que no quisiera que sucedieran, pero igual las tengo que reportar porque ese es el otro deber del periodista: decir lo que sucede. Por ejemplo, te voy a decir que para mí el triunfo de Donald Trump —realmente lo pienso y lo he argumentado— va a dar lugar a una serie de inestabilidades importantes, y no me pareció bien que haya triunfado sobre Kamala Harris, aunque tampoco me parece una buena candidata. Sin embargo, no me parece bien que haya ganado Trump en términos de la seguridad internacional.
Ahora, cuando tuve que decir que ganó Trump, lo tuve que decir, y además tuve que decir que es un resultado que obedece a la lógica, a los hechos. En ese sentido, la profesión de uno tiene esas características: el criterio de verdad. La verdad es la realidad y uno no se puede pelear con la realidad; lo que tiene que hacer es tratar de explicarla lo mejor posible, a pesar de uno.
¿En tu experiencia como periodista, alguna vez sufriste exilio, persecución o destierro?
Persecución sí, pero siempre he hecho periodismo en Argentina. Me tocó vivir situaciones de violencia, grandes riesgos en Venezuela, en Las Malvinas mientras hacía una investigación. En Argentina, muchas veces. Sobre todo, amenazas, diferentes tipos de amenazas. Pero no quiero exagerar. No me hizo mella. Entendí que perro que ladra no muerde. Y si algo nos puede pasar a los periodistas, tenemos que decirlo cuando nos pase.
No creo en la victimización ni en un mar de elogios a los periodistas. Elegimos una profesión que tiene sus riesgos y, si uno quiere un durazno, que se banque la pelusa.
¿Y pensaste alguna vez en ser corresponsal de guerra o no te ha pasado por la mente cubrir los conflictos desde los escenarios de guerra?
Se me dio la oportunidad de viajar a Afganistán, se me dio la oportunidad de viajar a Irak, como documentalista. Surgió la posibilidad, pero no. Yo no tengo la valentía suficiente, no tengo la valentía física y reconozco mis limitaciones. Soy una persona que, como decía, me gusta ocupar esas horas para pensar, meditar y analizar para escribir. Podría hacer muy poco trabajando bajo presión; no trabajo de esa manera.
En segundo lugar, tengo una familia a la cual le dedico mi mayor esfuerzo. Entonces, cuando surgió eso no lo consideré dentro de la balanza. Creo que no puedo exponerme porque, además de periodista, soy padre, soy hijo y soy hermano. Nunca quise someterlos a ellos a una pérdida por algo que me correspondía, aun admirando mucho el trabajo que hacen los corresponsales de guerra por el coraje que tienen. Pero yo soy otra especie de felino: no tengo esas garras, no tengo ese pelaje ni tengo ese tamaño. Soy simplemente otra forma.
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De los conflictos que ocurren y que vos has contado y que están en desarrollo, ¿de cuál de ellos te gustaría contar el final y qué tipo de final te gustaría que fuera?
Me gustaría contar el final, primero, de Venezuela. Y después me gustaría contar el final de una Nicaragua libre. Me gustaría contar el final de una Cuba libre. Me gustaría contar el final de los conflictos de la región, porque los siento más cerca por una cuestión de afinidad cultural. Creo que ya han sufrido demasiado. Me encantaría hacer una crónica del final de la noche.
De acuerdo con tu experiencia cubriendo conflictos y analizando la historia, ¿qué dice la historia de personajes como Castro, Videla, Ortega, Pinochet? ¿Qué lugar terminaron ocupando en la historia?
Creo que ocupan el mismo lugar que le corresponde a personajes como Mao, Hitler, Leopoldo II de Bélgica, Stalin… quienes, en su momento inmediato, o si se quiere en lo contemporáneo, tuvieron muchos admiradores, todos ellos. Pero, cuando pasa el tiempo y se corre el velo de lo partidario y la propaganda, se les ve a todos como lo que son, como lo que fueron: dictadores que condujeron a sus países a tremendos desastres.
Eso es un poco lo que hablábamos antes, de la verdad de los hechos, que es absoluta. ¿Qué países dejaron cada uno de ellos y qué hicieron? Eso es suficiente. Quizás sea menos evidente en algunos casos, como el de Leopoldo II de Bélgica, que dejó millones de muertos en África. Es el segundo personaje más sanguinario de la historia moderna. Dejó muy mal parado a Bélgica, a Europa. Quedó como un déspota a la altura de tipos como Idi Amín o Gadafi.
Está plagada la historia de ellos, y eso es lo que queda en la historia. En una enciclopedia del año 2150, van a aparecer descritos como eso: como dictadores, como personajes sanguinarios. Eso es lo que quizás no entendieron en vida, que sus historias personales, sus dictaduras, iban a quedar en la historia con un sello de genocidas, de personajes violentos.
Claro, ellos no piensan en el futuro como lo pensamos nosotros; lo piensan en clave psicopática. Sabemos que el psicópata ve a los demás como objetos y a sí mismo como el centro de todo. Cuando dejan de ser el centro porque ya no están en este plano, el resto de la gente se encarga de ponerlos en el lugar que corresponde. Creo que muchos de ellos ya están ahí. Finalmente, la historia pone a todos en su lugar.
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