Destierro, apatridia y pérdida de la identidad

La Navidad es una fiesta local e internacional alegre y bonita por excelencia, ya sea que se le celebre por motivos religiosos o por razones culturales y tradicionales.

De manera que podría parecer que los días de Navidad no son apropiados para hablar de cosas desagradables y tristes. Pero eso depende de las circunstancias, pues por mucho que se esfuerce la gente no puede sustraerse de las situaciones reales en las que vive en cada momento histórico y concreto.

“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, escribió sabiamente el eminente filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955) en su celebrada obra Meditaciones del Quijote.

Es por eso que no podemos dejar de hablar en estas fiestas de Navidad —y más bien tenemos el imperativo moral de hacerlo— sobre los presos políticos, los exiliados y los desterrados nicaragüenses que han sido condenados a la pena infame de la apatridia.

Acerca de los desterrados, la filósofa política judía de origen alemán y nacionalizada estadounidense, Hanna Arendt, escribió en Los orígenes del totalitarismo que “ser privado de la nacionalidad es ser privado de la pertenencia al mundo; es como regresar al salvajismo como cavernícolas o salvajes… Un hombre que no es nadie sino un hombre que ha perdido las mismas cualidades que hicieron posible que otras personas lo trataran como un igual… Pueden vivir o morir sin dejar rastro, sin haber contribuido en nada al mundo común”.

Pero todavía es peor la situación de quienes, además de que fueron expulsados o forzados a irse de su patria, también han sido despojados de su nacionalidad, de su identidad individual jurídica y civil. Los nicaragüenses cuyos nombres y datos esenciales fueron borrados de los registros civiles y de los archivos de los centros donde se educaron y profesionalizaron. Cuyos hijos y nietos legalmente no tienen padres y abuelos, y sus esposas y compañeras de vida conyugal tampoco tienen maridos.

Ellos conservan sus nombres y apellidos porque el régimen no se los puede quitar, como tampoco les puede borrar sus sentimientos y vínculos morales con Nicaragua y la comunidad nicaragüense. Pero para todos los efectos legales no existen. No tienen identidad civil, la dictadura los ha invisibilizado, los ha convertido en sombras o espíritus que vagan sobre la tierra natal a la que aman y añoran.

Los sicólogos definen la pérdida de la identidad como “un estado en el que una persona experimenta dudas sobre quién es, cómo ve el mundo, y cómo toma decisiones. Puede ser un momento angustioso, en el que la persona se siente perdida y desconectada de sus capacidades”. Más o menos esa es la situación de quienes han perdido —porque se las han arrebatado— su identidad civil de personas nicaragüenses.

El exilio, el destierro, el despojo de la nacionalidad y la ciudadanía, y la apatridia son castigos tan terribles y odiosos que hace más de 2,400 años el gran filósofo de Atenas, Sócrates, al ser condenado por sus enemigos en base de acusaciones falsas, prefirió que lo mataran en vez de que lo desterraran y le quitaran su patria. Igual que ahora, en pleno siglo 21 han sido condenados los desterrados nicaragüenses.

Ellos, con toda razón no dejan de reclamar justicia, que se les permita regresar a su país y que se respeten sus derechos; que les devuelvan su nacionalidad, sus identidades personales y sus bienes, pensiones de seguridad social y todo lo que les ha sido robado.

En esa lucha y justo reclamo ellos merecen ser arropados por la solidaridad de todos los nicaragüenses buenos y dignos. Especialmente durante las celebraciones de la Navidad, esta fiesta tan bonita que motiva los mejores sentimientos en todas las personas humanas que conservan y aprecian la capacidad de amar al prójimo como a sí mismos, y de ser bondadosas.

Editorial
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