Del gobierno chachagua a la diarquía totalitaria

Con la nueva Constitución de Nicaragua que el régimen sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo está dictando mediante sus habituales procedimientos autoritarios, a partir de enero de 2025 constitucionalmente habrá en el país una singular forma de poder político conocida como diarquía.

Lo que no se sabe todavía es que si desde entonces dejarán de ser presidente y vicepresidenta, y proclamarán de inmediato la diarquía integrada por ambos como copresidentes. O si, para proclamarse como tales, esperarán hasta la siguiente farsa electoral que sería en 2026.

Una diarquía, dice la primera de las dos definiciones de esta palabra en el Diccionario de la Lengua Española, es el “Gobierno simultáneo de dos reyes”.  Y según la segunda acepción es la “Autoridad dividida y ejercida simultáneamente entre dos personas, dos instituciones o dos poderes”.

De manera que lo que Ortega y Murillo están haciendo no es algo nuevo ni original de ellos. La diarquía es una forma singular de poder político que existe desde los tiempos de la antigua Grecia. De acuerdo con la doctrina política, “las diarquías se forman cuando ningún poder consigue imponerse a los demás y los dos contendientes más fuertes deciden unirse para gestionarlo juntos”. Y en la mayoría de los casos, los dos diarcas ejercen o pretenden ejercer este poder de por vida y heredarlo a sus hijos u otros parientes consanguíneos.

La historia registra que la diarquía fue creada por primera vez en Esparta, Grecia, por los príncipes Proeles y Eurístenes, hijos gemelos del rey Aristodemo que decía ser descendiente del mítico semidiós o héroe Hércules. Ellos tuvieron que reinar juntos ante la imposibilidad de distinguir quién de los dos era el mayor y por lo consiguiente el que tenía derecho de primogenitura. El filósofo Aristóteles definió aquel entonces novedoso sistema de poder compartido, como “un generalato hereditario y vitalicio”.

En la historia de Nicaragua ya hubo una diarquía, a mediados del siglo 19, con la notable diferencia de que en aquella ocasión no era totalitaria ni cuasi monárquica, como será ahora.

Como se sabe por la historia nacional, el 12 de septiembre de 1856 los líderes de los partidos legitimista (conservador) y democrático (liberal), Tomás Martínez y Máximo Jerez, respectivamente, acordaron el llamado Pacto Providencial para enfrentar unidos a William Walker y su ejército de filibusteros.

Al terminar la Guerra Nacional, que resultó victoriosa gracias a la intervención de los ejércitos de los demás países centroamericanos en ayuda de Nicaragua, los dos partidos reanudaron sus pleitos por el poder y pusieron al país al borde de una nueva guerra civil. La cual se pudo evitar al decidir Martínez y Jerez, en 1857, que gobernarían juntos durante un periodo indispensable para acordar las bases institucionales de una paz duradera.

A la diarquía nicaragüense del conservador Tomás Martínez y el liberal Máximo Jerez el pueblo la llamó “gobierno chachagua”, porque esta palabra indígena náhuatl significa gemelos. Cumplió su cometido y en marzo de 1859 asumió el poder en solitario el presidente Tomás Martínez.

Por supuesto que no hay ningún parecido entre aquella primera diarquía que hubo en Nicaragua, que fue para garantizar la paz y lograr la sucesión democrática en el poder, y la que se está imponiendo ahora que es el de una pareja matrimonial que actúan como rey y reina coludidos para compartir el poder de hecho y constitucionalmente, institucionalizar una dinastía y gobernar para siempre.

Pero eso es según sus planes, pues por mucho poder que tengan por ahora ellos no pueden, ni podrán, decidir el curso futuro de la historia nacional.  

Editorial
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