En el discurso que pronunció este lunes 14 de octubre con motivo del aniversario de la Policía sandinista, Daniel Ortega omitió sus habituales ataques contra la oposición y la Iglesia católica nicaragüense. Ahora disparó toda su artillería verbal contra Israel, y personalmente contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.
El régimen de Ortega rompió las relaciones diplomáticas con Israel por la guerra que el Estado judío está librando para derrotar a los terroristas palestinos, e indirectamente a Irán que los patrocina. Para Ortega, seguramente esa decisión política y diplomática contra Israel es un contundente respaldo a los terroristas palestinos y a su aliado Irán.
Algunos líderes y analistas políticos de la oposición nicaragüense en el exilio han valorado el hecho de distintas maneras, unos lo ven como un mero acto de propaganda política hacia afuera y otros como una insensatez, por los supuestos perjuicios que sufrirá Nicaragua por la afinidad de Israel con Estados Unidos (EE. UU.).
Pero la verdad es que se trata de algo que no tiene mayor trascendencia, si nos atenemos a lo que significa esta palabra: importancia, relevancia, gravedad, magnitud, entidad y proyección. En la práctica, la ruptura del régimen de Nicaragua con Israel no significa nada de eso, es intrascendente.
Ni siquiera había una embajada de Israel en Managua, pues la embajadora de ese país en Costa Rica, Michal Gur-Argeh, era concurrente en Nicaragua. Mientras que el supuesto embajador de Nicaragua en Israel, Oscar Cubas Castro, residía en Managua. Eso da una idea del escaso interés que tenía el régimen orteguista en las relaciones con el Estado de Israel.
En el mismo Israel, la ruptura de relaciones decretada por el régimen de Nicaragua apenas fue una noticia. El periódico Maariv publicó una breve nota en la que explicó que Nicaragua es un aliado de Irán y su gobierno, y recuerda que el régimen de Ortega causó la muerte de unas 300 personas en la represión de las protestas antigubernamentales de 2018. E informó que unos 30 países no mantienen relaciones diplomáticas con Israel, entre ellos: Cuba, Venezuela, Bolivia y recientemente Colombia y Nicaragua.
Mako, el otro medio judío que se ocupó de la ruptura de relaciones de Nicaragua con Israel, puso a la información un título sugestivo: “Siempre contra nosotros: este es el exótico país que rompió relaciones con Israel”.
Nicaragua es un país “exótico”, según el periódico hebreo, por su régimen político extraordinariamente autoritario, intolerante y represivo, en contraste con el sistema de libertades, democracia y tolerancia política y religiosa que hay en Israel. Pero también alude a las bellezas naturales de Nicaragua, aunque advierte que no es conveniente visitarlo por la inseguridad que causa la “aplicación arbitraria de las leyes, el riesgo de arrestos injustos y la disponibilidad limitada de atención médica”.
Según los expertos, los Estados o sus gobiernos establecen relaciones diplomáticas entre ellos por varias razones, entre las cuales se puede señalar como principales las siguientes: Primero, porque se reconocen mutuamente como legítimos. Segundo, porque tienen intereses políticos y estratégicos comunes. Tercero por conveniencias económicas y comerciales. Cuarto, por cercanía geográfica y afinidades históricas, culturales, políticas e ideológicas. Y por último —pero sumamente importante—, porque comparten valores como la libertad, la democracia y el respeto a los derechos de todas las personas humanas. Y es evidente que no hay actualmente ninguna de esas condiciones para que las relaciones diplomáticas de Nicaragua con Israel pudieran ser sostenibles.
Los sandinistas rompieron las relaciones de Nicaragua con Israel después que se adueñaron del país en 1979. Las volvieron a romper cuando recuperaron el poder, en 2006; y de nuevo las han roto ahora por la identificación del régimen orteguista con las organizaciones terroristas palestinas y la tiranía de Irán que las promueve.
Sin duda que Nicaragua volverá a tener relaciones normales, amistosas y mutuamente provechosas con Israel, pero solo hasta cuando vuelva a tener un Estado democrático como el que hubo en el período de 1990 a 2006.