Rubén Darío en la isla Martín García y su estancia en el Lazareto

La estadía de Rubén Darío en el Lazareto de la isla Martín García fue registrada muy bien por el doctor en letras y lingüista Pedro Luis Barcia quien localizó, bajo el seudónimo de Levy Itaspes —preludio del protagonista Benjamín Itaspes, de El Oro de Mallorca—, tres relatos de Darío: Cartas del Lazareto, enviadas por el mismo Darío al periódico de La Nación el jueves 16 de mayo de 1895.

Los acontecimientos de este viaje también nos los dio parcialmente a conocer el mismo Darío en su autobiografía.  El poeta nicaragüense, era para entonces cónsul honorario de Colombia en Buenos Aires desde 1893.

Según versión reiterada por el protagonista doctor Prudencio Plaza, en una noche fría de finales del mes de abril de 1895, él se encontró con Rubén Darío frente a la casa de gobierno (Casa Rosada) de Buenos Aires, Argentina. El poeta estaba en mala salud teniendo un aspecto muy preocupante: “Desaliñado, con barba incipiente, sin abrigo”, coincidiendo también en ese encuentro con la llegada asimismo del joven poeta boliviano Ricardo Jaimes Freyre, quien al verlo muerto de frío amablemente le cedió su abrigo. El doctor Plaza, quien dirigía el Lazareto de la isla, pensó que le sería muy propicio y provechoso invitar a Darío a que le acompañase para embarcarse esa misma noche. El poeta aceptó la invitación y partieron juntos en el vaporcito Jenner el cual circulaba de ida y regreso una sola vez a la semana. Instalándose Rubén en la isla Martín García y permaneciendo en el Lazareto alrededor de treinta días, mientras cazaba, leía y componía versos.

La estancia, a Darío le permitió parcialmente recuperarse; recogiéndose impresiones muy vivas de sus memorias. Según testimonian las Cartas del Lazareto de Rubén Darío, él nunca se olvida de los cadáveres de pacientes sospechosos de enfermedades contagiosas, ni de las cremaciones allí ocurridas. Analiza cuidadosamente el funcionamiento del establecimiento y la asepsia del lugar. Pasa revisión del grupo de personas llegadas al Lazareto; de los de primera clase que le acompañarían en su viaje de regreso a Buenos Aires. Da detalles de los viajeros puestos en cuarentena que eran en su mayoría ingleses, encontrándose entre ellos muy pocas mujeres y algunas familias australianas, árabes, y una enfermera de la China. Desfilan allí las provisiones llegadas desde Buenos Aires, donde se escuchan ecos del banjo y de las canciones inglesas, con algunas escocesas. Menciona las actividades practicadas como la de la pesca, las caminatas antes de las puestas de sol, las partidas de cricket, tiro al blanco donde no faltaría el tiempo dedicado a la lectura; enumerando A yankee in the court of King Arthur de Mark Twain; los versos de Mary Robinson, y algunas novelas denominadas de “ferrocarril”.  Cerrando esta crónica con la llegada y distribución de los enfermos de tercera clase.

Rubén también participa visualmente de una autopsia realizada a un hindú; dando detalles del proceso desde el traslado del cadáver del muelle hasta el anfiteatro donde se realizaría; observando la cremación del mismo en la chimenea de ladrillo y de la elaboración y registro del certificado de defunción descrito por el médico. Finalizando sus crónicas sin faltarle el humor, sin olvidarse del “holgorio” de sus residentes quienes, acompañados de la música del acordeón, de la danza, de la polka, de la jota, de la tarantela y de la milonga solían entretenerse.

Fue en este lugar del Lazareto donde una noche del 23 de mayo de 1895 crearía el poema: Marcha triunfal, para ser entregado en la madrugada del 24, en la correspondencia del vapor, ser publicado en el diario La Nación, y ser leído ante el Ateneo de Buenos Aires el domingo 26 según el historiador García Morales, por Ricardo Jaime Freyre, fundador junto a Darío de la revista América. Ambos colaboradores del diario La Nación.

“¡Ya viene el cortejo! / ¡ya viene el cortejo!, Ya se oyen los claros clarines”, (Marcha triunfal, Darío).   

Este poema sonoro y musical fue sin duda uno de los más bellos por no decir el más grande en la historia de las letras hispanas. Una década más tarde sería incluido en su libro: Cantos de vida y esperanza.

Rubén Darío en Historia de mis libros, se refirió a la Marcha triunfal únicamente como “un triunfo de decoración y de música”. Sin embargo, el poema expresa gran emoción ante el triunfo de los pueblos, donde a través de las palabras, el poeta utiliza la musicalidad como su principal herramienta, valiéndose así mismo de la rima sonora, haciéndolo vívido y actual.

Argentina era ante el mundo un representante del arte europeo hispanoamericano. El poema, Marcha triunfal fue escrito para celebrar la fiesta del ejército libertador argentino, el día de la Patria, el 25 de mayo de 1895. Pero además de ser, “un alarde de pirotécnica verbal”, como lo calificaría el escritor, Max Henrique Ureña, (citado por Alfonso García Morales, en su ensayo: ¿Qué triunfo celebra Darío en su Marcha Triunfal?), lo que verdaderamente aquí viene a celebrar el poeta, como ya lo ha señalado el mismo autor “no es solo la consecución pasada de la libertad política sino el avance de la cultura y del modernismo poético que la Argentina encabezaba durante el fin de siglo en Hispanoamérica”. Este poema va más dirigido al triunfo cultural del modernismo poético en el mundo hispanohablante. Es pues, ante todo, “una pieza estratégica de su proceso de consagración como escritor y de su construcción del modernismo. (García Morales).

Darío había sido educado desde temprana edad dentro del liberalismo leonés. Ya se había destacado como poeta desde cuando escribió su oda libertaria a favor de Máximo Jerez en 1881 y de su poema El Libro, en 1882. En San Salvador, siguiendo su misma línea, por invitación y encargo del presidente Saldívar, escribiría sus Odas dirigidas a Simón Bolívar y a la Unión Centroamericana en 1883, donde ya desde entonces se perciben rasgos del advenimiento de este gran poema.

En Chile crea su Canto épico a las glorias de Chile en 1887; el Salmo de la Pluma en (1889), metamorfoseando la pluma con la lanza como una nueva arma de lucha pacífica, y donde claramente se ven los vislumbres de la Marcha Triunfal: “Tú vibras en las manos de regios paladines; / tú tienes los acentos de todos los clarines”.  Redacta además otro poema dirigido al Arco Triunfal de París, con los mismos vislumbres y tintes del anterior: “que aguarda temblando la curva del Arco Triunfal, / ¡Tannhaüser!, resuena la marcha marcial y argentina, / y vese a lo lejos la gloria de un casco imperial. (Darío, Pluma y lápiz, Santiago, Chile 1893).

Es en esta isla donde recibe la noticia del fallecimiento de José Martí, precursor del modernismo hispano, quien lo había llamado “hijo”, en una velada en el Hardman Hall, de Nueva York, EE.UU. Informe que lo afectaría grandemente, dirigiendo un ensayo póstumo en honor del poeta cubano al periódico, La Nación el cual incluiría entre su obra: Los raros.

También recibió el triste aviso del fallecimiento de su madre, Rosa Sarmiento, acaecida en San Salvador el 3 de mayo 1895. Informe que lo dejaría sumido aún más en la tristeza.

Como para cumplirse el adagio: “Que no hay mal que por bien no venga”, es en esta isla Martín García donde Darío queriendo combatir su enfermedad y sus sufrimientos, sin perder sus esperanzas, crea uno de sus más grandes y emblemáticos poemas; quedando la Marcha triunfal como un preciado regalo para la humanidad, que inmortaliza a Rubén como el más grande modernista de la lengua hispana.

La autora es máster en literatura española.

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