La dictadura es para siempre, hasta que deje de existir

La revista literaria mexicana Letras Libres incluye en su edición correspondiente a octubre de 2024 un artículo muy interesante del periodista Daniel Delisau, titulado Y los soviéticos estuvieron listos para dejar de serlo.

Delisau se refiere a un libro reciente del antropólogo y escritor estadounidense nacido en Rusia, Alexei Yurchak, en el que “explora cómo fue posible que el grueso de la población soviética encontrase perfectamente lógica la espectacular desaparición de su país, pese a que desde la infancia se les había inculcado que duraría para siempre”.

Dice Delisau que en esa obra Yurchak estudia las condiciones sociopolíticas y culturales de la extinta Unión Soviética comunista en la etapa que llama “socialismo tardío”, la que fue después del estalinismo hasta la perestroika o reconstrucción, el plan de reformas estructurales que impulsó Mijaíl Gorbachov y contra su deseo condujo al colapso del sistema comunista y la disolución de la URSS.

Yurchak estudia y explica cómo y por qué una población que durante tanto tiempo fue adoctrinada para creer que el sistema comunista era eterno, cuando se produjo el cambio lo aceptó fácilmente, con alguna sorpresa, pero como algo normal e inevitable.   

El libro de Yurchak y el artículo de Delisau hablan sobre la experiencia en la extinta Unión Soviética comunista. Sin embargo, es aplicable a todas las dictaduras y sistemas de opresión que utilizan la ideología, la educación y la cultura para lavar el cerebro de las personas e inculcarles semejante idea. Son los casos del comunismo leninista-estalinista, el nazi-fascismo germano italiano y en nuestra época el  denominado socialismo del siglo 21.

Por otra parte, pero en el mismo orden, el escritor y analista político guatemalteco Jonathan Menkos Zeissig, en un artículo publicado por la revista salvadoreña Gato Encerrado señala, categórico, que “ningún dictador es para siempre”.

No obstante, el mismo Menkos Zeissig advierte que “una vez instaurada una dictadura será muy costoso terminar con ella”. Y agrega que “mientras tanto, las masas que pusieron su fe en el dictador continuarán teniendo hambre y los que levanten la voz terminarán desaparecidos. Los jueces honestos, los defensores de derechos humanos terminarán muertos o asilados. Incluso, los empresarios que fueron socios dejarán de ser vitales en el marco legal que se diseñe para defender al dictador. De esto sabemos mucho en Centroamérica”.

Muy cierto, los nicaragüenses pueden dar doloroso testimonio de eso.

Pero aunque las dictaduras no sean eternas muchas son bastante duraderas, sobre todo cuando son comunistas o socialistas marxistas. En la URSS duró 73 años. La de Vietnam lleva 79, la norcoreana también 79, la china 75, la cubana 65, la chavista de Venezuela 25 y la sandinista de Nicaragua tiene 17, sin incluir su primera versión en los años ochenta que duró 10 años y 9 meses.

El analista guatemalteco presenta cuatro ideas para detener “el ascenso de nuevos dictadores o la salida de los que ya están consolidados”. Primero, la toma de conciencia de la mayoría de los ciudadanos. Segundo, la madurez de los movimientos democráticos para hacer un frente común. Tercero, un plan de desarrollo serio y concreto, y acuerdos para ejecutarlo y cumplirlo. Y, cuarto, una estrategia internacional para presionar a los Estados a que tomen, en el marco del derecho internacional, acciones contra el dictador.

Es posible que tal sea la receta para poner fin a las dictaduras. Pero entre tanto las que existen seguirán prolongándose en el tiempo, aunque de ninguna manera podrán ser eternas.

Editorial
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