La historia nos vuelve a poner a prueba. La reciente muerte de Humberto Ortega, criminal de guerra del Ejército Popular Sandinista y hermano del dictador Daniel Ortega, no es solo la desaparición de un individuo, sino un paso más del final de una era marcada por la impunidad, la violencia y el abuso de poder.
Durante décadas, el sandinismo se construyó sobre un legado de represión y crímenes de lesa humanidad que jamás fueron juzgados. Humberto Ortega fue parte de una generación que consolidó su poder a través del miedo y el genocidio, como la masacre de la “Navidad Roja” contra el pueblo miskito y la represión a familias enteras que luchaban por su libertad. La impunidad siempre fue su mayor aliada. Pero su muerte nos obliga a pensar: ¿cómo enfrentamos ese legado hoy?
Los jóvenes que luchamos por una nueva Nicaragua no podemos seguir repitiendo la historia. No buscamos venganza, pero tampoco podemos permitir que la impunidad sea el cimiento de una nueva nación. Nuestra visión se basa en la justicia, en un verdadero proceso de reparación para las víctimas, en el reconocimiento de los errores y crímenes del pasado y en la construcción de una democracia que ponga en el centro los derechos humanos.
El sandinismo ha demostrado que, aun dentro de su propio círculo, la traición y la opresión no tienen límites. La historia de Humberto Ortega es un ejemplo de cómo el régimen se canibaliza y utiliza a sus propios actores para sostenerse, una historia que debemos transformar en un compromiso con la verdad y la memoria.
Desde esta nueva generación, queremos cambiar esa narrativa de guerra y autoritarismo por una de paz, justicia y reconciliación ciudadana. No se puede construir una Nicaragua libre si no enfrentamos el pasado con valentía, si no damos voz a quienes sufrieron y murieron, si no hacemos justicia.
La muerte de Humberto Ortega debe ser un punto de inflexión: es momento de cerrar el capítulo de la impunidad y abrir uno nuevo de democracia. Transformar la herencia bélica del sandinismo en una herencia de paz y reconciliación. Porque no habrá paz sin justicia, y no habrá reconciliación sin verdad.
El futuro de Nicaragua está en manos de quienes creen en la dignidad humana, en quienes entienden que la violencia nunca puede ser la base de un país en paz. No buscamos más violencia, buscamos justicia. No queremos más dictaduras, queremos libertad. No aspiramos a más odio, queremos reconciliación.
Es hora de que la memoria histórica nos guíe hacia un nuevo camino: uno donde el pasado no sea un ancla, sino el impulso para una Nicaragua democrática, justa y en paz. ¡Por una Nicaragua libre, por la verdad, la justicia y la reconciliación!
El autor es exprisionero político nicaragüense, desterrado y exiliado.