Es sorprendente el funcionamiento de nuestro cerebro en cuestión de adhesiones y simpatías, y nunca deja de asombrarme que personas que no dudaré en calificar de sensatas en su vida cotidiana muestren una fuerte inclinación hacia determinados personajes políticos. Aunque mi formación no ha caminado específicamente por el sendero de la ciencia, tengo una visión positivista del mundo y de sus interrelaciones y procuro entender los porqués de los actos naturales. Y por encima de todo tengo una vocación de ir en busca de la verdad de las cosas, tanto en mi campo profesional como en el transcurrir de mis días: una obsesión como cualquier otra.
Así que, en estos tiempos recios, en los que el grito y el chiste fácil parece que son la vara de medir de la opinión pública, ha asomado con total impunidad la defensa de actitudes inaceptables para los que valoramos la libertad y la igualdad entre todas las personas como dos de los bienes más preciados. Sin duda que la aparición de internet y las redes sociales exacerbaron este rugido de voces, convirtiendo los debates en insondables barullos de gente anónima o conocida que se afana por ser el más escandaloso.
La noche del domingo 28 de julio se constató en Venezuela lo que muchos ya vaticinábamos: un fraude electoral de grandes dimensiones, burdo y descarado, incuestionable, transmitido en vivo y en directo y sin el menor asomo de vergüenza por parte de sus perpetradores. La relación de hechos es nítida: si no bastaba con los obstáculos impuestos al principal partido de oposición para desarrollar su campaña y al veto hacia algunas de sus candidaturas presidenciales, el recuento de votos de la noche electoral superó cualquier límite de credulidad. Después de varias horas de silencio, sin ofrecer ningún cómputo progresivo y público en la web del CNE tras el cierre de urnas, las autoridades electorales dictaminaron unos porcentajes totales sin desglose geográfico ni análisis comparativo.
Podríamos intuir que eso iba a difundirse en los días subsiguientes, pero no: ante el pasmo general, el CNE ratificó el triunfo de Nicolás Maduro y mantuvo en secreto el contenido de las actas de escrutinio hasta el día de hoy, único método infalible de transparencia en un sistema que se presentaba como técnicamente seguro. Así, las cifras de voto pasaban a ser una mera presunción y sus magistrados unos oráculos que proclamaban resultados como quien reparte horóscopos. Sin pruebas y sin verificación, la votación se convertía en una simple farsa.
No hace falta seguir con lo que vino después: represión contra la protesta ciudadana, arresto indiscriminado de opositores, amenazas deslenguadas por parte del actual presidente… Todo un compendio de las peores artimañas que ya han probado con éxito otros países, como es el caso de Nicaragua. Ya solo quedaría esperar la condena internacional firme ante la comprobación de que Venezuela se decantaba irremediablemente hacia el modelo dictatorial.
Y aquí comienza la sorpresa de la que hablaba al inicio: frente a los hechos y las evidencias, un sector de opinión nada despreciable se dio a la tarea de desmentirlos y de ofrecer una realidad paralela en base a lo que suele llamarse “afinidad ideológica”. La verdad era relegada ante lo que consideran un capital superior, o sea, defender unas doctrinas abstractas que supuestamente comparten con esos regímenes y entonces, de manera automática, se convierten en “uno de los nuestros”. No veo gran diferencia entre el terraplanismo y este tipo de comportamiento, ajeno a la razón y más propio del fanatismo obcecado.
Pero lo más delirante es seguir juzgando, a estas alturas, que un Nicolás Maduro o un Daniel Ortega todavía son (si es que lo fueron algún día de manera dogmática) gobiernos de izquierda. Ni los modelos económicos que propugnan tienen nada que ver con las políticas fiscales progresivas, la lucha contra el extractivismo o la sostenibilidad ambiental, ni su discurso de matonismo trasnochado puede considerarse reformista o solidario. Incluso hay prácticas de acoso y derribo del adversario que tienen claros tintes fascistas.
Sea como sea, lo de menos es la hipotética ideología que un régimen que ha impuesto un estado de terror para los disidentes pretenda patrocinar. ¡A ver si resultará que un dictador de izquierdas es mejor que uno de derechas, o viceversa! Pues parece que a algunos les importa más el blindaje de la tribu y su custodia sagrada que la protección de los derechos humanos. Más la consolidación de la trinchera sectaria a cualquier precio que los más de 200,000 solicitantes de refugio en Costa Rica o los 8 millones de venezolanos exiliados.
Recientemente se divulgó un video que, entre otras virtudes, rompía con ese esquema binario: un grupo de mujeres nicaragüenses que provienen de distintos sectores ideológicos manifestaron su apoyo a María Corina Machado como mujer demócrata que lucha por un país libre. Las imágenes y las voces son muy potentes, porque remueven el piso de las posturas unilaterales y suponen una apuesta clarísima por el reencuentro. Hice el ejercicio de publicarlo 24 horas en mi WhatsApp, porque tengo contactos de todos los sectores políticos y quería desafiar sus perspectivas. Por suerte, tengo amistades muy sensatas y lo más que hubo fueron chateos ingeniosos.
No es lo que ocurre en la red X, ciertamente, pero tampoco en algunos estrados parlamentarios. Negar lo obvio se ha convertido casi en un torneo dialéctico donde los perdedores son siempre los mismos: los que sufren las políticas autoritarias y deben recomenzar su vida en otras naciones que les acojan. En mi tierra de origen también subsisten los defensores de estos sistemas como rancios supervivientes de un pasado extinguido, abanderados de causas que un día fueron utopías esperanzadoras y que han devenido en macabras pesadillas.
Me temo que detrás de determinadas posturas haya una débil aceptación de las reglas democráticas, y que ciertos teóricos prefieran la resistencia numantina de gobiernos con disfraz izquierdista a la alternancia en el poder entre partidos de distinto signo y tendencia, según soplen los vientos de la ciudadanía en cada elección. Sí: a veces se pierde y a veces se gana, como en la vida. Pero hay quienes prefieren el mundo unicolor que nos acusa a todos los demás de ser agentes de la CIA y peligrosos ultraderechistas, y supongo que de paso también nos comemos las mascotas de los vecinos.
Pues sí, el cerebro humano es todo un misterio. Aunque uno nunca sabe cuál será la evolución del suyo a medida que envejece, espero que la querencia por tiranos no forme parte de ninguna degeneración neuronal ni se contagie por simpatía. Al menos, mientras mantengamos la lucidez y la libertad de palabra, habrá que seguir llamando dictador al dictador las veces que haga falta, con todas sus letras.
El autor es cooperante español en Centroamérica.