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Edgard Rodríguez Centeno es hoy un cronista deportivo reconocido. Ha sido editor de las secciones de deportes de dos de los más grandes medios impresos que ha tenido Nicaragua, El Nuevo Diario (ya extinto) y La Prensa, hoy un medio digital y en el que labora actualmente desde hace 25 años. Ha escrito cuatro libros y dos de ellos —dicen los conocedores de la materia— deberían de ser lectura obligada para los aspirantes a ese oficio cuando en Nicaragua exista una escuela de periodismo deportivo.
En varias oportunidades lo han elegido como el mejor cronista deportivo del año del país y ha recibido muchos otros premios, como el de excelencia periodística “Abelardo Raidi”, que otorga la Asociación Internacional del Periodismo Deportivo (AIPS-América). Es, además, locutor y comentarista radial de transmisiones deportivas, especialmente de beisbol.
Por si eso fuera poco, Rodríguez tiene ya 31 años de ser scout del equipo de grandes ligas los Yankees de Nueva York y ha firmado a destacados peloteros, como el actual pícher del equipo neoyorquino, Jonathan Loáisiga, y fue clave para que en su momento también firmara el cubano José Ariel Contreras, uno de los lanzadores más destacados que ha tenido el beisbol mayor.
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El más reciente éxito de Rodríguez es que acaba de ser incorporado como miembro activo de la Asociación de Escritores de Beisbol de Estados Unidos (BBWAA), pues, por razones familiares, tiene ya algún tiempo residiendo en Houston, Texas, y desde ahí ha continuado con su carrera como cronista deportivo. Se trata del segundo nicaragüense en ser miembro de esa asociación norteamericana. El primero fue René Cárdenas, hace ya muchos años.

A Rodríguez, de complexión delgada, moreno, originario de Condega, Estelí, le llaman de varias maneras: “Negrito”, “Flaco” y “Licenciado”. A como le digan, dice que él siente el cariño con que le hablan. Se trata de una persona sencilla, que gusta de ser respetuoso, así como muy disciplinado y profesional en su trabajo. Edgar Tijerino Mantilla, uno de los más grandes referentes del periodismo deportivo en el país, lo considera “excesivamente serio”. “Edgard no ha necesitado ser atrevido. El respeto con el que él trata a su trabajo ha hecho que la gente lo respete a él”, afirma Tijerino.
Un amigo de casi toda la vida de Rodríguez, pero quien prefiere no ser identificado, reconoce la sencillez y la humildad el cronista deportivo, pero afirma que “tiene su manera de polemizar”.
“No es la manera de Tijerino, ni la de Enrique Armas, ni la de René Pineda. Es mátalas callando, ese es el estilo de Edgard. No me peleo con vos, pero te digo lo que pienso. Y eso está bien, cada quien tiene su manera de matar pulgas”, indica el amigo.
La impresión que Rodríguez tiene de sí mismo es que ha sido una persona “bendecida” por Dios, con padres que lo ayudaron a estudiar, amigos de universidad que lo apoyaron a crecer intelectualmente. Además, encontró en Edgar Tijerino un ejemplo a seguir y tiene una esposa que lo ha sostenido desde que se casaron en 1993.
En medio de todo, también existe una filosofía que le ha servido para alcanzar una buena versión de sí mismo. “Yo he tenido tres ejes para el desarrollo: uno, establecerse una meta; dos, juntarte con gente que te va a ayudar a ser mejor y, tres, estar preparado para cuando llegue la oportunidad”, afirma.
Tras “la cabeza” de Tijerino
Para 1988, Guillermo Rothschuh Villanueva ya era catedrático de la Escuela de Periodismo de la Universidad Centroamericana (UCA) y solía interrogar sobre sus expectativas a los estudiantes nuevos, y en ese año llegó Edgard Rodríguez Centeno.
Un compañero de clases cuenta que Rodríguez era entonces “un muchacho que acababa de salir de la zapatería”, pues en eso trabajaba en Estelí, pero leía mucho sobre deportes y tenía la esperanza de convertirse en cronista deportivo.
“Era tan seguidor de Edgar Tijerino que un profesor le preguntó cuál era la expectativa cuando egresara de la carrera y Edgard dijo que iba por la cabeza de Tijerino. Ese era su gran referente, y es un buen referente, Tijerino ha sido una escuela del periodismo deportivo en los últimos 50 años”, explica.
La respuesta de Rodríguez le pareció tan graciosa a Rothschuh, que el también escritor la incluyó en uno de sus libros a manera de broma.
Rodríguez también la recuerda. “Rothschuh preguntó por qué queríamos ser periodistas, a quiénes admirábamos y yo dije: ‘Me llamo Edgard Rodríguez, soy de Condega, y quiero ser como Edgar Tijerino’”.
Con el tiempo, afirma Rodríguez, se ha dado cuenta que su respuesta a Rothschuh no era algo fácil de alcanzar, pues Tijerino es un cronista deportivo grande.
“Me pude dar cuenta que no podía ser como él, pero sí puedo ser una buena versión mía. No sé si lo he logrado, pero me he empeñado en tratar de ser un periodista que sea fiable para la gente, que la gente se sienta respetada por mí, sientan que para mí es importante. No estoy para hacer fanatismo, sino periodismo profesional”, expresa Rodríguez.
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Con Tijerino, Rodríguez usó sus tres ejes para lograr el éxito en la vida: establecerse una meta, juntarse con gente que te va a ayudar a ser mejor y estar preparado para cuando llegue la oportunidad.
Desde que lo conoció, en 1989, Rodríguez intentó ser amigo de Tijerino. Coincidieron en el extinto diario Barricada, donde Rodríguez realizaba pasantías y para él era una exquisitez leer todo lo que había en el periódico y, principalmente, conversar con Tijerino y otros cronistas deportivos también muy buenos.

En una ocasión, Tijerino se percató de que Rodríguez no saldría a almorzar.
—Y vos, ¿no vas a almorzar? –—le preguntó.
—No.
—¿Por qué?, ¿querés estar flaco siempre?
—No, es que no tengo con qué.
Para entonces, Rodríguez vivía en Managua en la casa de una hermana, quien le preparaba desayunos fuertes para que él pudiera soportar todo el día sin comer en la universidad y después en Barricada, pues no tenía mucho presupuesto, hasta que regresara a la casa a cenar.
A partir de esa plática, Tijerino le regalaba a Rodríguez cupones de comida que Barricada le daba para el comedor del periódico y él se iba a almorzar a su casa. “Le tengo un profundo agradecimiento a Tijerino por eso. Yo estaba sin trabajo, en mi primer año de periodismo, y él hacía eso por mí”, recuerda Rodríguez.
Una frase que usa Rodríguez para mostrar el agradecimiento por Tijerino es que “sin Edgar Tijerino no existiera Edgard Rodríguez”.
Sin embargo, Tijerino rechaza esa idea.
“A mí me han sobrevalorado en esas cosas. He tenido la suerte de que Edgard y otros han trabajado conmigo, pero ellos tienen sus talentos. La suerte ha sido mía de que ellos estén conmigo”, afirma Tijerino.
La broma de su hermana mayor
Edgard Rodríguez tiene la impresión de que su padre quería que él fuera médico, debido a que en Condega tenían un vecino doctor de apellido Mejía. “La medicina le llamaba la atención a mi padre”, recuerda.
En cambio, su madre quería que fuera sacerdote. “Me lo dijo muchas veces y estaba ilusionada con esa posibilidad. En mi corazón, yo quería ser periodista, nunca sentí un llamado para esa otra vocación”, dice Rodríguez, aunque también recuerda que de pequeño quería estudiar para «trailero», porque veía a unos vecinos aparcar a unas grandes rastras.
Afortunadamente para Rodríguez, sus padres nunca le impusieron un oficio o carrera, porque si lo hubieran hecho, otra sería su historia. “Yo era muy obediente, si mi mamá me hubiera dicho que fuera sacerdote, le hubiera hecho caso”, afirma.

Desde pequeño, Rodríguez leía las secciones de deportes de los periódicos que existían en Nicaragua en los años ochenta de la década pasada: La Prensa, El Nuevo Diario y Barricada. Este último publicaba un semanario de deportes todos los lunes y Rodríguez los fue coleccionando hasta llegar a tener unos 200 en total.
Su padre, en broma, decía una verdad: “Yo creo que este chavalo no come nada en la escuela por comprar ese periódico”.
Rodríguez no solo leía las secciones de deportes, sino que también escuchaba las transmisiones de los juegos de beisbol del campeonato Germán Pomares y, en ocasiones, con un amigo que se llama Luis Blandón, se iba desde Condega en bus hasta Managua a ver juegos entre el Bóer y los Dantos y otros equipos, especialmente el León.
Rodríguez le decía a Blandón que un día él iba a estar en las cabinas radiales del estadio de Managua narrando juegos. “Nadie me creía”, rememora.
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Su hermana Adela María, quien luego sería asesinada por la contra en 1987, bromeaba bastante con él y lo quería mucho.
En una ocasión, Adela María agarró la caja de cartón en la que Rodríguez tenía almacenada su colección de suplementos deportivos y la puso encima del fuego, pero desgraciadamente la caja se desfondó y los suplementos se quemaron.
“Yo sentí que me arrancaron una parte de mí. Mi hermana estaba muy avergonzada”, expresa Rodríguez, pero la experiencia le ayudó a empeñarse más en leer sobre deportes. Posteriormente, cuando a su hermana ya la habían matado, compró una colección de suplementos, empastada, parecida a la que se quemó.
Unos amigos “lectores”
Cuando Edgard Rodríguez entró a la UCA, en 1988, lo hizo con un grupo que eran 88 en total, y más de la mitad de ellos provenían de pueblos, como Quilalí, Ocotal, Condega, Estelí, Matagalpa, León, la entonces Costa Atlántica, entre otros.
Para entonces, la Escuela de Periodismo estaba en un recinto aislado de la UCA, el entonces llamado Ricardo Morales Avilés, que está sobre la pista que va de Enel hacia la UNAN-Managua, antes de llegar a donde hoy está la rotonda universitaria.
“Estábamos apartados y en ese espacio tan pequeño, en la que nos estábamos viendo la cara durante todo el día. Eso nos permitió que se fueran desarrollando las amistades, porque estuvimos juntos cinco años, que era lo que duraba la carrera, desde las 8:00 de la mañana hasta las 5:00 de la tarde”, recuerda un compañero de clases.

En esa época, era común que los profesores obligaran a los alumnos a realizar todas las tareas en grupo y Rodríguez siempre trabajó con Fabián Medina, Róger Olivas, Alfonso Malespín, Allan Hernández y Jorge Corrales.
De esos compañeros, Rodríguez recuerda especialmente a Medina, hoy editor de las revistas Magazine y DOMINGO de La Prensa, y a Malespín, quien fue catedrático en la UCA.
“En la UCA me encontré a Fabián Medina y a Alfonso Malespín, me ayudaron porque yo no tenía mucho hábito de lectura y los dos fueron importantes para mí. Malespín es superculto y Medina tiene una gran capacidad analítica para hacer periodismo”, comenta Rodríguez.
Así, Rodríguez cumplía con su estrategia, de rodearse de personas que lo impulsaran a ser mejor y esas lecturas fueron creando en él una gran capacidad para la escritura, que es la habilidad que más le reconoce Edgar Tijerino.
“Rodríguez es un hombre de talento natural, muy disciplinado. Tiene una preparación intelectual que es importante, en el aspecto escrito, que es el más difícil para mí. Yo he trabajado en todas las áreas y lo más difícil es escribir y Edgard se ha desarrollado como escritor. Se fue cultivando en la escritura y se fue definiendo como escritor”, comenta Tijerino.
Rodríguez ha escrito cuatro libros, algunos de los cuales son Un día perfecto, sobre la hazaña de Dennis Martínez de lanzar juego perfecto en las grandes ligas; David Green, un enigma descifrado, sobre la vida del pelotero nicaragüense que llegó a grandes ligas, pero no pudo triunfar totalmente y Zona de strikes, el beisbol de ayer, construido con pequeñas biografías del béisbol nicaragüense a través de la historia.
El scout de los Yankees
En 1993 fue otra de las ocasiones en las que Edgard Rodríguez echó mano de su filosofía tripartita para lograr el éxito en la vida: establecerse una meta, juntarse con gente que te va a ayudar a ser mejor y estar preparado para cuando llegue la oportunidad.
En ese año, Pedro Ramos, un cubano que vivía en Estelí y jugó grandes ligas con los Yankees de Nueva York, le dijo a Rodríguez un día que iba a llegar a Nicaragua un amigo y que si le podía hacerle el favor de buscarlo en el aeropuerto y llevarlo a un hotel.
Rodríguez preguntó qué hacía ese amigo y Ramos le respondió que era scout.
—¿Qué hace un scout?
—Busca jugadores que tengan calidad, que tengan ciertas características, buen bat speed (rapidez al batear), que tengan edades entre 15, 16, 17 años y que sean altos.
Ramos le dio otros detalles y Rodríguez se fue luego donde Omar Cisneros, mánager de los Dantos, y le preguntó si conocía a un pelotero con las características que le había escuchado al cubano.
“Stanley Loáisiga”, le respondió Cisneros.
Rodríguez se fue al aeropuerto y el amigo de Ramos resultó ser Fred Ferreira, un scout que entonces laboraba para los Expos de Montreal.
En el camino al hotel iban conversando y Rodríguez le preguntó a Ferreira qué sabía acerca de los prospectos de Nicaragua.
—Ando buscando uno, a ver qué hay, ¿vos no has visto alguno?
—Sí. Hay uno que vive en Esquipulas (Managua). Tiene buen bat speed.
Rodríguez entonces comenzó a usar todas las expresiones que le había escuchado a Ramos y Ferreira quedó impresionado. “Sabes de beisbol”, le dijo.
Llegaron a Esquipulas y Ferreira vio a Stanley Loáisiga.
“Ese día, Ferreira firmó a Stanley y a mí me firmó como su scout en Nicaragua para los Expos de Montreal. Me dijo: ‘Cuando yo venga vos me vas a ayudar’. Pero, luego, Ferreira se movió a los Yankees y a mí me movieron con él. Con los Yankees tengo 31 años trabajando, tengo un contrato para el próximo año y han sido superbuenos conmigo”, indica Rodríguez.
Años después, Rodríguez también firmó al hijo de Stanley Loáisiga, Jonathan, para los Yankees.

Inicialmente, Rodríguez quería firmar al granadino Roniel Raudez, pero el equipo de los Medias Rojas de Boston le ofrecieron un mejor contrato. Frustrado, Rodríguez se fue al estadio de Managua y se encontró con Stanley Loáisiga.
—¿Firmaste a Raudez? —le preguntó.
—No. Boston le ofreció algo mejor.
—Firmá a mi hijo, pues.
—Sí hombre, un día de estos voy a llegar a verlo.
La respuesta de Rodríguez fue más educada que otra cosa, pero no tenía la intención de ir a ver a Jonathan Loáisiga realmente.
Stanley Loáisiga lo intuyó y le dijo: “No vas a llegar”. Entonces, Rodríguez se vio emplazado y le respondió: “Hombré, voy a llegar el miércoles”.
Para entonces, Jonathan Loáisiga jugaba el Pomares y Rodríguez fue a verlo lanzar en el estadio del Instituto Nacional de Deportes (IND).
“Lo miré y estaba tirando muy bien contra Chontales. Le puse el radar y vi que tiró a 93 millas. Apagué el radar y vi que alguien estaba detrás de mí. Era el periodista Óscar González y le pedí que no comentara con nadie lo que había visto. Hablé con el papá (Stanley Loáisiga) y llamé a mi jefe. Cuando mi jefe vino, lo observó tirando 95, 96 millas y ahí nomás lo firmó. El papá fue determinante para que lo firmaran. Ha tenido una buena carrera a pesar de las lesiones”, relata Rodríguez sobre Jonathan Loáisiga.
Rodríguez también firmó a otro grandes ligas nicaragüenses, a Wilton López, también conocido como Arístides Sevilla.
En el año 2002, Rodríguez también fue determinante para que los Yankees de Nueva York firmaran al lanzador José Ariel Contreras, quien recién había huido de Cuba.
Por entonces, se decía que Contreras estaba en México, pero el pelotero de Masaya, Norman Cardoze, le avisó a Rodríguez que el cubano estaba viajando hacia Nicaragua.
Rodríguez alertó a sus jefes Gordon Blakeley y Carlos Ríos, quienes inmediatamente llegaron a Nicaragua. Cuando José Ariel Contreras arribó al país, ya Blakeley y Ríos lo estaba esperando en tierra pinolera y el agente de Contreras, Jaime Torres, se sorprendió de ver a gente de los Yankees y se preguntaban cómo se había enterado de que el cubano llegaría a Nicaragua.
“Tomamos ventaja, porque después llegaron Boston, Filis, varios equipos, y ya los Yankees estaban adelante”, recuerda Rodríguez.
Mientras se negociaba el acuerdo entre los Yankees y Contreras, el dueño del equipo, George Steinbrenner, llamó a Blakeley.
—¿Dónde estás?
—Estoy en Nicaragua.
—¿Qué estás haciendo ahí?, si el maldito pelotero está en México.
—No, George, yo estoy con el jugador aquí en Nicaragua.
—¿Y cómo supiste que estaba ahí?
—Nuestro scout nos dijo.
—¿Es que tenemos scout en Nicaragua?
Tras la firma de Contreras, Rodríguez fue invitado por los Yankees a Tampa Bay, campo de entrenamiento del equipo, y así pudo conocer a Steinbrenner.

Un hombre agradecido
Tijerino cree que Edgard Rodríguez todavía puede crecer más como cronista deportivo. “Tiene para desarrollar mucho más. Va a conseguir más”, dice.
Por ahora, Rodríguez está contento con lo que ha logrado y solo puede agradecer a Dios y a todas las personas que lo han apoyado, pues sus inicios fueron difíciles de alguna manera.
Todavía recuerda cuando en 1989 inició en Radio Sandino y hablaba con acento norteño, “cantadito”, con mala dicción y no pronunciaba bien las palabras, además de hablar rápido.
“Don Rodolfo Tapia Molina me dijo en la Sandino que yo no tenía futuro en radio. Me puse muy triste, pero Tijerino me dijo que tenía que seguir, que había que luchar, que esto no era para cobardes, me confrontó y así fue que seguí”, manifiesta Rodríguez.
Una persona que también lo apoyó en aquel momento fue Calixto Vargas, el ex primera base de la Selección Nacional.

“Yo miraba el micrófono y temblaba. Entonces, Calixto Vargas, el exjugador, me ayudó muchísimo, tuvo mucha paciencia y me decía que no me preocupara, que no le hiciera caso a la gente, que no me desanimara, que yo era bueno, que tenía talento”, rememora Rodríguez.
“Su manera de hablar no era atractiva y fue una barrera en unos primeros momentos. Pero, él lo tomó como un desafío y fue poco a poco imponiéndose hasta lograr convertirse en una voz familiar para el oído de mucha gente”, recuerda un amigo de Rodríguez que prefiere no se revele su identidad.
Rodríguez —añade el amigo— se fue abriendo espacio en una crónica deportiva nicaragüense en la que muchos cronistas hacen “mucha chacota”, descuidan la manera de hablar, analizar y narrar, mientras Edgard Rodríguez “es serio, habla con la verdad y es respetuoso”.
“Con el tiempo la gente me fue admitiendo, tolerándome, y creo que me respetan y me tienen mucho cariño”, dice Rodríguez por su parte.
Rodríguez está casado con la psicóloga Elba Estrella Acevedo y tienen dos hijos, una médico y un ingeniero mecánico.
“La familia es lo único que tengo, en términos de que estoy agradecido con Dios, mi esposa ha dedicado su vida a nosotros. En una etapa dejó su profesión para atender a mi hija que tenía dificultades de salud, lo que he visto en ella es ejemplo de lealtad, gran animadora para mí”, finaliza diciendo Rodríguez.

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