Viendo la forma descarada en que Nicolás Maduro ha pretendido robarle al pueblo venezolano su voluntad soberana tras el aplastante triunfo electoral el 28 de julio y siendo testigo de su desfachatez el mundo entero, no puedo menos que comparar su megafraude con la “estrategia reeleccionista” de su avanzado profesor autoritario, Daniel Ortega, el 7 de noviembre de 2021.
El primer pensamiento que salta a la mente es que ambos tenían el mismo fin antidemocrático: quedarse en el poder a cualquier costo, pero Ortega que ya tenía la experiencia de haber perdido el poder en 1990 tras un error de cálculo que la ganaría limpiamente y permitió entonces amplia observación internacional. Fue así que cuando llegó el 2021 y las encuestas le daban apenas un 15 por ciento a un 20 por ciento de apoyo popular, decidió no tomar ningún riesgo y antes de la elección del 7 de noviembre, en junio de 2021 puso en marcha la siguiente “estrategia electoral”, única en el mundo entero, que le permitió alzarse con la victoria sin tener que recurrir al fraude electoral.
La “estrategia reeleccionista” de Ortega fue un reconocimiento tácito de que perdería el poder ante cualquier candidato de la oposición unificada, entonces procedió a encarcelarlos uno a uno, a desarticular los dos vehículos electorales que viabilizaban la posibilidad de esa unificación y echó preso además a los posibles sustitutos de los precandidatos que más se habían destacado. Pero eso no le bastó, rompió con la OEA y confiscó sus instalaciones y cuando llegó el 7 de noviembre no invitó a ninguna organización reconocida de observadores independientes, estaba claro que Ortega esta vez quería estar seguro que no habrían sorpresas desagradables como la del 25 de febrero de 1990 en Nicaragua, o la que tuvo lugar el 28 de julio en Venezuela.
Fue así que Ortega no tuvo que cometer fraude para reelegirse, pero el mundo entero fue testigo de su acción barbárica y su reelección carece de legitimidad, aquella que emana de la voluntad soberana del pueblo al depositar su voto secreto en la urna electoral.
Algunos señalan y con razón, que en efecto anuló las elecciones porque dejó al pueblo sin opciones electorales creíbles y sin verificación internacional. Sus costos fueron altos, pero no tan altos como hubiera sido perder del poder, o haber tenido que adoptar la estrategia reeleccionista de su discípulo Maduro, quien cometió los siguientes errores de cálculo:
Creer que Edmundo González era un candidato que podría derrotar porque carecía del carisma y la vitalidad de un candidato joven como María Corina Machado. Invitar al prestigioso Centro Carter a observar las elecciones.
Creer que, en caso de salir mal las cosas, sería fácil convencer al CNE que diera un resultado diferente sin publicar las actas de escrutinio de las 32,026 mesas electorales.
Creer más tarde en el proceso, que les sería fácil a los chinos, que son tan ingeniosos, producir actas en todas las mesas con resultados diferentes y que además cuadraran matemáticamente con los resultados adelantados y sin tres números decimales ofrecidos por el CNE para “coronar” a Maduro.
Creer que el pueblo venezolano y su indiscutible líder María Corina Machado se tragarían el megafraude y se quedaría tranquilo después de una jornada de protesta.
Creer que la comunidad internacional, incluyendo gobiernos democráticos latinoamericanos de izquierda, se quedarían tranquilos y volverían a ver hacia otro lado.
Creer que con una fuerte dosis de represión estilo “vamos con todo” sería suficiente para apaciguar la ira del pueblo. En lo único que hasta el momento no se ha equivocado Maduro es creer que a pesar de todo las fuerzas armadas venezolanas y en particular, la cúpula militar, avalarían su virtual golpe de Estado fraudulento contra el presidente electo Edmundo González y contra la voluntad soberana del pueblo expresada de manera inequívoca y apabullante el 28 de julio.
Pero quizás no estaría pagando un precio tan alto, si hubiera tomado un curso avanzado con el dúo dictatorial Ortega-Murillo y eso que no sabemos cómo terminará este drama porque aún no se ha dicho la última palabra que la tiene el pueblo venezolano y sus fuerzas armadas. Veremos quién asume la Presidencia de Venezuela el 10 de enero.
El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, expreso político expatriado y autor del libro testimonial “Destinos Heredados”.