Nicolás Maduro ha amenazado con un “baño de sangre” en Venezuela si no gana las elecciones.
En 1988, como la historia nos lo recuerda, Daniel Ortega recibió la visita de un alto funcionario del Partido Comunista de la Unión Soviética, el expresidente de Rusia, Boris Yeltsin. No había más dinero para seguir financiando la guerra que catapultó al sandinismo como un referente de terror rojo en Latinoamérica.
Aquella mala noticia fue una bola de nieve que culminó en las elecciones de 1990, donde salió victoriosa la Unión Nacional Opositora (UNO) con doña Violeta Barrios de Chamorro. Ortega confiaba en que, cuando se inició la guerra entre nicaragüenses, unos obligados por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y otros obligados a defenderse, todos financiados por vengar sus ideas y heridas, entonces iba a ganar esas elecciones. Lo decían las encuestas y lo creía, por supuesto, Ortega. En consecuencia, dio todas las garantías que, entre palos y piedras, como se recuerda en los barrios de Nicaragua, se defendió el voto y la decisión de los nicaragüenses.
Esa parte de la historia nos lleva a las famosas negociaciones que existieron para que Ortega se viera “obligado” a aceptar su derrota. Sin embargo, nadie mejor que él sabía que no hacerlo era inviable: tenía un rechazo masivo por el servicio militar obligatorio, no tenía financiamiento, la comunidad internacional tenía sus ojos puestos en Nicaragua, la hiperinflación batía récords, y las Naciones Unidas y la OEA, seamos claros, eran organismos distintos a los que conocemos en la actualidad. Esos fueron los números y el resto es historia. Esa fue, después de 10 años, la inviabilidad que vio Ortega y su plan dictatorial desafortunadamente tomó otro camino.
Ahora nos encontramos con Nicolás Maduro en Venezuela, un dictador que ha continuado al pie de la letra las instrucciones que su predecesor le dejó como heredero del régimen chavista, ese que se echa la bandera venezolana al hombro pero que es el verdadero usurpador del siglo XXI en Latinoamérica.
No estoy hablando de aquel país próspero que, sin ocultarlo, financiaba al sandinismo, a los socialistas en España y a los terroristas en Irán. Ese financiamiento permitió que el alumno, Daniel Ortega en Nicaragua, superara al maestro, Hugo Chávez en Venezuela.
Con la autocracia llegaron a Venezuela la miseria, la ruptura del tejido social, la migración masiva y también la represión de la oposición: una oposición que es encarcelada, golpeada, perseguida, difamada y torturada. Esa oposición ha pasado por múltiples etapas y situaciones, enfrentando tanto éxitos como fracasos, al igual que la nicaragüense en su lucha por la libertad, la justicia y la democracia.
Ahora, con el liderazgo de María Corina Machado, esa oposición es el reflejo exacto de que es imposible ganar sin pelear, refleja la valentía y el sufrimiento de una nación unida en su determinación de derrocar a un régimen dictatorial que tiene el poder escrito en la punta de un fusil.
De ahí viene, después de 25 años, la inviabilidad de Nicolás Maduro. Está acorralado por una comunidad internacional que se ha visto dividida por gobiernos de derecha que denuncian incesantemente la miseria y brutalidad del chavismo, y los gobiernos de izquierda que se han dedicado sin moral alguna a lavarle la cara de la represión al triángulo comunista que no nos deja vivir. Estos últimos, recientemente, han sido ninguneados por su aliado, Maduro, que no escucha consejos sobre los comicios electorales del 28 de julio en Venezuela.
Como esto es un libreto, él, a diferencia de Ortega, no ha dado garantías de nada en este proceso electoral que ha despertado en los venezolanos un arma que ellos no poseen, no pueden comprar ni pueden robar: es la esperanza, es la espiritualidad, son las ganas de tener patria y vivir. Esa será su estocada final.
Una vez, en 2018, un analista político español me dijo que los dictadores no tienen conciencia y que no hay que acudir a ella, pero ¿podrán los venezolanos, con miles de expresiones de libertad y deseos de vivir mejor, mostrarle al mundo la inviabilidad de Maduro?
Estoy convencida de que esto se integra a una ola libertaria que recorre la nuestra región. Cuando caiga el chavismo en Venezuela será porque los venezolanos han dado la pelea, y como ya les dije, cuando se da la pelea, es posible ganar.
Como joven que se inició en las protestas cívicas y pacíficas en el 2018, sé lo que significa enfrentar a un régimen que usa las armas como ley. Viví de primera mano la represión, pero también la esperanza y el coraje de un pueblo decidido a luchar por su libertad. La lucha de los venezolanos resuena profundamente en mí, porque es la misma batalla que hemos librado en Nicaragua. Que Dios bendiga a Venezuela, estamos observando el principio del fin.
Este artículo de opinión lo he escrito dejándome llevar por el espíritu de abril, ese que hizo que amara las ideas de la libertad y mi nación de manera fuera de cualquier racionalidad y difíciles de explicar con palabras.
La autora es presidenta del Movimiento Universitario 19 de Abril (MU19A), desterrada por el régimen y perseguida política por la infame y falsa acusación de ciberdelito y traición a la patria.