Hace una semana, un joven estadounidense intentó asesinar a Donald Trump, expresidente de la Unión Americana y candidato para la Presidencia una segunda vez. Con un rifle, el asesino disparó del techo de un edificio a más de cien metros de distancia de Trump que se encontraba en una concentración con sus seguidores en Pennsylvania. La bala pasó de refilón por su oreja derecha, y aunque hubo sangre Trump no solo sobrevivió, sino que un par de días más tarde asistió a la convención donde el Partido Republicano lo escogió como su candidato para la elección presidencial el 5 de noviembre de este año.
Trump se veía bien, como que nada le había pasado. El asesinato político —ya sea exitoso o no—ha sido una mácula en la historia de los Estados Unidos. Cuatro presidentes norteamericanos —Abraham Lincoln, James Garfield, William McKinley y John Kennedy— han sido asesinados durante sus períodos presidenciales. El primero, Lincoln, fue ultimado en 1865 por John Wilkes Booth, un sureño que resentía la derrota del sur en la Guerra Civil estadounidense. Y el más reciente, John Kennedy, murió baleado en Dallas, Texas, en 1963 por Lee Harvey Oswald, un demente cuyo objetivo era impresionar a una actriz de cine. Por cierto, no hubo tiempo para interrogar a Oswald porque él también fue asesinado por alguien que decidió ajusticiarlo por haber asesinado al presidente.
Además de los cuatro presidentes ultimados durante sus mandatos, cuatro otros han sido víctimas de intentos de asesinato, aunque ninguno de estos falleció. El primero de estos fue Andrew Jackson, un jefe de Estado tan importante que es considerado el padre de la democracia estadounidense. Su rostro aparece en el billete de veinte dólares norteamericano. El atentado ocurrió en 1835 en el Capitolio. El que intentó matarlo logró herirlo con su pistola, pero Jackson —un héroe militar y un hombre enérgico— logró ultimar a su atacante a puro bastonazos.
En 1912, Teodoro Roosevelt, quizás el más popular de los presidentes norteamericanos, fue atacado en Milwaukee, Wisconsin. Pero su asesino no pudo matarlo a pesar de que lo hirió con una bala en el pecho. Era tan “arrecho” Teodoro, quien estaba en plena campaña electoral, que pronunció un largo discurso después del ataque a pesar de estar herido y sangrando. Teddy, a como los norteamericanos suelen llamarlo afectuosamente aún ahora, vivió siete años más con la bala empotrada en su pecho porque los médicos consideraban que era más peligroso tratar de sacarla que dejarla donde estaba.
El menos conocido de los intentos de asesinar a un presidente norteamericano se dio en 1928 ¡y en Argentina! En ese entonces el presidente Herbert Hoover estaba visitando a varios países latinoamericanos y andaba en un tren cruzando de Chile a Argentina cuando se descubrió que un grupo de anarquistas argentinos planeaban asesinarlo. El complot fue desarticulado y Hoover bromeó que no se podía andar tranquilo en un tren en Argentina. Además, recortó la portada de un diario argentino que destacó el intento de asesinato explicando que quería enseñárselo a su esposa a su regreso a Estados Unidos ya que ella no lo acompañó en su viaje.
Un sobrino de Teddy Roosevelt, Franklin Roosevelt, también alcanzó la presidencia. Y, al igual que su tío, un anarquista intentó asesinarlo cuando Roosevelt andaba en una gira política en Miami en 1933. Nada le pasó a Roosevelt, pero su asesino infiere fue liquidado por las escoltas del presidente. Por cierto, contrario a su tío Teodoro que era republicano, Franklin era demócrata. Pero al igual que Teodoro, él fue muy popular. Tan es así que fue electo cuatro veces consecutivas a la presidencia y ejerció el cargo por 12 años, un período jamás igualado por otros jefes de Estado norteamericanos. Para impedir que otro presidente fuese a repetir el récord de Roosevelt en el poder, cuando los republicanos lograron una mayoría promulgaron una enmienda a la Constitución norteamericana estableciendo un límite de no más de dos periodos para futuros presidentes. Ese límite sigue en efecto ahora.
En 1950, un par de nacionalistas puertorriqueños intentaron matar al presidente Harry Truman, quien estaba viviendo en Blair House, la casa de huéspedes oficiales de Estados Unidos. Truman no estaba en la Casa Blanca porque esta estaba siendo reconstruida. No le pasó nada a Truman pero en el tiroteo —considerado el más intenso en la historia de la policía de la Casa Blanca— murió uno de los puertorriqueños al igual que uno de los policías de la Casa Blanca.
Más recientemente, hubo dos intentos de asesinar a Gerald Ford pero fueron frustrados. Y, por supuesto, en 1981 Ronald Reagan, el presidente más popular de finales del Siglo XX, fue baleado al salir de un hotel en Washington. Un tiro 22 penetró en su pulmón y quebró a una de sus costillas. Pero sus escoltas no se percataron de la magnitud de su herida hasta que Reagan empezó a escupir sangre. Fue llevado a un hospital cercano en donde le sacaron la bala y estuvo bajo cuidados intensivos por doce días recuperando.
Una anécdota simpática relacionada con este intento de asesinato es que cuando Reagan estaba en una camilla previo a su intervención quirúrgica, les dijo en plan de humor a los cirujanos que esperaba que todos ellos fuesen republicanos. Uno de los médicos, un demócrata, por cierto, le respondió, “señor presidente, este día ¡todos somos republicanos!”
No todos los magnicidios norteamericanos han involucrado a jefes de Estado. Por ejemplo, Robert F. Kennedy, hermano de John Kennedy, fue asesinado en Los Ángeles, California, en 1968 cuando estaba en campaña para lograr ser el candidato presidencial del partido demócrata. Ese mismo año otra importante figura política estadounidense, Martin Luther King —el gran líder afrodescendiente norteamericano— fue asesinado por un racista blanco en Memphis, Tennessee.
Desde ese entonces, han disminuido notablemente los magnicidios norteamericanos. Pero el intento de asesinar a Donald Trump hace unos días sirvió para recordar a los norteamericanos que magnicidios han caracterizado a la política estadounidense a través de su historia, y que hay que estar atentos para que no vuelvan a alcanzar los niveles del pasado.
El autor, un historiador, fue canciller y embajador de Nicaragua en los Estados Unidos.