LA PRENSA publicó el lunes 15 de julio un artículo de información política titulado “Oposición debe estar preparada para negociar con Ortega a medida que el régimen entre en un debilitamiento prolongado, dicen analistas”.
Como se señala en el mismo título, la información se basa en opiniones de analistas políticos que son opositores o están identificados con algún sector de la oposición en el exilio.
Uno de los analistas asegura que Ortega quiere negociar para salir de la crisis creada por él mismo. Sostiene incluso que “ya está en marcha una negociación debajo de la mesa”. Pero el problema —dice— es que la oposición “no sabe negociar”.
Otro de los analistas entrevistados por LA PRENSA para esa información compartió el punto de vista de que la oposición no está preparada para negociar. Y agrega que los opositores ni siquiera se ponen de acuerdo “para crear un frente unido contra Ortega”.
Pero la verdad es que no hay evidencia, ni siquiera indicio, de que realmente el régimen quiera negociar con la oposición y mucho menos de que Ortega esté desesperado por hacerlo. Quisiéramos que fuese cierto, porque la negociación y los acuerdos políticos son indispensables para poner fin a la crisis de derechos humanos, limpiar las cárceles de presos políticos y abrir el camino a una transición pacífica hacia la democracia. Pero, lamentablemente, eso de que Ortega quiere negociar no pasa de ser especulación o un buen deseo.
Si la política es el arte y el camino para resolver los problemas nacionales de manera civilizada y pacífica, se debe suponer que quienes se involucran en la política y sobre todo los que asumen liderazgo, tienen que estar dispuestos a negociar y tener talento y habilidad para hacerlo.
Siendo el diálogo el ingrediente primordial de la negociación política, todas las personas que se dedican a ese asunto deben de tener la formación y capacidad básica necesarias para hacerlo, conocer las técnicas de la negociación que enseñan la ciencia política y la práctica internacional.
A nuestro juicio, que lo procuramos ajeno al subjetivismo político, los opositores que en el pasado reciente han negociado con el régimen orteguista lo han hecho bien. Es cierto que no hubo resultados positivos, pero no fue por culpa de ellos sino de la otra parte que no actuó con sinceridad.
A diferencia de los analistas consultados por LA PRENSA, nuestra opinión es que los opositores nicaragüenses tienen suficiente inteligencia, capacidad intelectual y formación política para saber negociar con el adversario. Así lo demostraron en los diálogos de 2018 y 2019.
El primer diálogo nacional que se realizó en mayo de 2018 en el Seminario de Fátima y fue mediado por la Conferencia Episcopal, se rompió sin lograr acuerdos porque el régimen no los quería. Y en el segundo, realizado en el Incae en 2019 y mediado por el nuncio apostólico y un representante de la OEA, allí sí se alcanzaron y firmaron acuerdos que eran excelentes en el papel, pero el régimen no los cumplió. Si los hubiera cumplido, Nicaragua habría retomado el camino de la democracia y de una auténtica paz nacional fundada en la libertad y la justicia.
En esa ocasión se perdió una oportunidad que difícilmente se volverá a presentar pronto. A menos que sea cierto lo que opinan los ilustrados analistas políticos que han opinado para LA PRENSA: que el régimen de Ortega está necesitado y ansioso de negociar.
Pero no creemos que sea así. Estamos seguros de que se volverá a dialogar y negociar para buscar una salida de interés nacional a la crisis sociopolítica del país, pero por ahora no se puede saber cuándo podrá ser.