El viernes pasado publiqué un artículo sobre el exilio y el plan o proyecto de vida, me dijeron que quedaron con la idea de que le faltaba un poco más. Así que decidí escribir sobre otro aspecto de la violación de esta garantía fundamental, el alma dividida.
Otra de las frases que escucho mucho de personas exiliadas es que no poder volver al país de origen es como tener “el alma dividida”. Algunos hasta consideran que viven en un país y sueñan con Nicaragua.
Cuando era niña, mi madre solía decir “ando completa”, porque salía de casa con mis hermanos y conmigo. Eso me ha ayudado a entender que quien dejó a una madre, un hermano, una pareja, un abuelito, hijos y hasta mascotas, no siente que su vida está completa.
Actualmente se calcula que más de 700 mil nicaragüenses han salido del país, otros dicen que ya se supera el millón. Si tomamos en cuenta que Nicaragua tenía seis millones de habitantes, estamos hablando de una buena parte de la población con el alma dividida.
En el gremio de periodistas y comunicadores, porque no solo hombres y mujeres de prensa han sufrido la violación a su proyecto de vida, sino todos los que se desenvuelven en el campo de la comunicación, hablamos de más de 250 personas que tienen su cuerpo en un país que los acogió, pero sus pensamientos y sentimientos en la tierra pinolera que los vio nacer.
Otro de los puntos que quedó pendiente en el tema del derecho a un proyecto de vida es que la complejidad no solo de reconocer que es un derecho humano, sino que quien debería haberlo garantizado y promoverlo es quien lo violenta, el Estado.
Como otros derechos humanos es difícil calcular lo que se pierde, lo que el Estado queda debiendo y la cadena de violaciones a derechos fundamentales que le acompaña. Porque no es solo sacarte del país de donde naciste, es el derecho a la educación, a la salud, a la familia, en ocasiones se violenta el derecho a una nacionalidad, a asociarse, a protestar, entre otros.
A los religiosos que fueron detenidos, excarcelados, deportados y desnacionalizados, también se les quitó el proyecto de vida de cumplir con una misión evangelizadora en Nicaragua.
La violación al proyecto de vida en Nicaragua no ha tenido límites: ricos, pobres, flacos, gordos, economistas, periodistas, religiosos, feos y bonitos, tan bonitos que no hay nicaragüense que no sienta que su corazón da un brinco cuando a la Miss Universo se le salen las lágrimas abrazando la bandera azul y blanco. Una imagen clara de un alma dividida, porque en el fondo cuando la reina entregue la corona su plan o proyecto de vida no estará en su tierra pinolera, o al menos es lo que se comenta.
Cuando mencioné lo de la negación, la aceptación y finalmente el “vivir un año a la vez” en el artículo sobre el plan de vida, hay una línea que atraviesa cada etapa, la del alma dividida. Negación a iniciar una vida nueva porque se siente que parte de tu vida está en otro lugar; la aceptación de que esa parte se va quedando en el pasado y el vivir un año a la vez hasta construir nuevos recuerdos y finalmente empezar a “echar raíces”, hasta sentir que por ahí en el lado izquierdo de tu pecho hay un latir que te dice que tu vida está completa y toca reconstruir lo material.
Los periodistas han logrado estabilizar esta alma dividida con la promesa de que reportarán la caída de un dictador, que serán testigos de la reconstrucción de una nueva Nicaragua; para algunos esto es una ilusión, un sueño, pero también hay derecho a soñar y no pretendo violentar este derecho que para mí también es fundamental.
Hace poco planteaba qué pasa cuando dejas “al amor de tu vida” en otro país, no tiene que ser una pareja, puede ser un familiar, una mascota, un ideal, y alguien que ha sido una guía en mi camino me dijo “vos sos el amor de tu vida”. En ese momento supe que el alma no está tan dividida. Porque la conexión con las personas no debe ser física, pero sentirse “incompleto” es no darse cuenta que te pueden haber roto, pero todos los pedazos los puedes encontrar dentro de ti mismo.
Para los que digan que no es así, que se sienten rotos, les recordaré dos metáforas: la de los jarrones rotos que se reparan con oro, para recordar que aún rotos pueden tener un gran valor, y la de las crayolas, porque hasta el trozo más pequeño sigue pintando.
La autora es licenciada en Comunicación Social