El 12 de abril, LA PRENSA publicó el primero de una serie de artículos míos sobre las elecciones norteamericanas de noviembre de este año. El enfoque de ese escrito fue las “reglas del juego” de las elecciones estadounidenses. En este segundo ensayo, abordaré los temas más importantes en las elecciones de noviembre.
Abro con la economía. Tradicionalmente, el estado de esta —que se refleja, por ejemplo, en el nivel de desempleo y la inflación— es crucial para los votantes. Tan es así que en las elecciones presidenciales de 1992, James Carville un pintoresco asesor político de Bill Clinton, declaró que la consigna de la campaña sería “es la economía, ¡estúpido!” Esta frase pegó y ayudó que Clinton ganase dos elecciones consecutivas. Y en los comicios de este año, la economía seguirá siendo determinante en las elecciones estadounidenses.
El desempeño de la economía estadounidense es bueno. Esto apunta a que el presidente Biden debería de ganar la reelección en noviembre, ya que el desempleo estadounidense es bajo (4 por ciento) al igual que la inflación: 3 por ciento. El problema que tiene Biden, sin embargo, es que muchos norteamericanos no creen que las cosas andan bien. Se quejan, especialmente, del alto costo de la vida y comentan que el precio de carros, alimentos, vivienda y combustible etc. andan por el cielo. Y en la política percepciones, aunque estén equivocadas, ¡cuentan!
Otro tema que despierta pasiones es el aborto. Cuando yo era chavalo la vasta mayoría de los norteamericanos se oponían al aborto y no era un tema electoral. Pero con el pasar del tiempo, el aborto se ha vuelto un tema importantísimo, y explosivo. Contribuyó a esto el hecho que el año pasado la Corte Suprema de Justicia estadounidense, incluyendo tres jueces nombrados por Donald Trump, revirtió un fallo de la Corte Suprema de hace cincuenta años que de hecho permitía el aborto. Este fallo catapultó el tema del aborto a primer plano en las elecciones de noviembre. Más específicamente, la mayoría de los republicanos se oponen al aborto mientras que los demócratas suelen favorecer el derecho de mujeres a optar por el aborto en el caso de que su embarazo ponga sus vidas en peligro o si quedaron embarazadas después de ser violadas o en el caso de incesto.
La inmigración ilegal, principalmente de latinoamericanos, también es un candente tema electoral. Anualmente entran a Estados Unidos ilegalmente cientos de miles de migrantes “mojados”, llamados así porque existe la percepción que llegaron a Estados Unidos cruzando el Río Bravo desde México. Se estima que actualmente hay aproximadamente 15 millones de indocumentados en los Estados Unido. Esta cifra es igual a 5 por ciento de la población norteamericana. Esta cifra me parece baja. Tan solo en Washington hay tantos hispanos recién llegados que las señas en las oficinas de gobierno y en muchos comercios están en inglés y en español.
Los ilegales no solo se encuentran en las grandes ciudades. Por ejemplo, tengo una finca en el condado rural de Culpeper, Virginia, que queda a más de cien kilómetros de Washington. Cuando llegué a Culpeper por primera vez hace más de treinta años, eran pocos los hispanos. Y la mayoría de los obreros en el campo eran afrodescendientes norteamericanos y unos cuantos que llegaban legalmente de las islas anglófonas del Caribe para levantar la cosecha. Hoy en día, en Culpeper la vasta mayoría de los trabajadores en el campo son latinoamericanos, principalmente de México y Centroamérica. Esto se refleja en la abundancia de restaurantes de comida latinoamericana, desde pupusas salvadoreñas hasta tacos mexicanos. Es más, hay una iglesia evangélica hispana en Culpeper y la Iglesia católica ofrece misas en español. Y en el Walmart, una gran parte de los clientes son latinos.
El expresidente Donald Trump ha aprovechado políticamente el malestar de muchos norteamericanos por el chorro de latinos ilegales. Alega que la mayoría son criminales y que les están quitando empleo a los ciudadanos estadounidenses. Según Trump y sus seguidores, esta inmigración ilegal también pone en peligro a la cultura anglosajona norteamericana y está convirtiendo a Estados Unidos en un país del tercer mundo. Lo que nunca menciona el expresidente, sin embargo, es que su madre también fue inmigrante, y que gran parte de los trabajadores en sus empresas son indocumentados.
Es un hecho que en estados del Oeste —como California y Texas— la cultura es diferente a la de Massachussets, en el Este de la nación. Pero eso siempre ha sido así. Se debe a que el Oeste norteamericano era parte del imperio español durante la colonia, y posteriormente perteneció a México. Por ende, muchos de sus habitantes siempre han sido hispanoparlantes. Y también es cierto que muchos inmigrantes latinos consiguen trabajo, pero muchos de sus empleos no les interesan a los norteamericanos por lo duro que son y por sus salarios bajos. Por ejemplo, recientemente chocó una nave saliendo del puerto de Baltimore con un importante puente y lo botó. El accidente ocurrió a medianoche y murieron seis obreros que estaban dándole mantenimiento al puente. ¡Todos eran latinos!
Cierro con dos reflexiones. Primero, como en muchos otros países desarrollados, la tasa de natalidad en EE.UU. está bajando rápidamente. Como consecuencia, su población se está envejeciendo y se reduciría, a como está ocurriendo en Europa, si no fuera por los inmigrantes latinos. Por otro lado, si bien es cierto que los ilegales latinoamericanos recién llegados no hablan inglés, sus hijos y nietos no solo aprenden rápidamente a hablarlo, sino que muchos olvidan el español.
La rápida asimilación de los inmigrantes latinoamericanos no es un fenómeno único. Lo mismo ocurrió con los europeos y asiáticos que llegaron a Estados Unidos en el pasado. Y así como esos inmigrantes enriquecieron a la “cultura estadounidense” ¡ahora lo están haciendo los latinoamericanos!
El autor fue director del Banco Mundial y presidente de la Comisión Económica de la Asamblea Nacional.