Un disparo que sonó como trueno de rayo en seco, la tragedia de la familia Pastora

Hace 13 años, en un instante de ira, un anciano de 94 años mató a su hijo con una pistola que no debía percutir, que tenía una sola bala que no debió detonar, según los peritos de la Policía

Después que en los terrenos donde hoy son las colonias Nicarao y 14 de Septiembre, al oriente de Managua, se dejara de cultivar algodón, llegó el obrero Carlos Adán Pastora Medrano a construir su casa. Esa misma casa sería donde ya siendo un anciano nonagenario, una tarde tórrida de marzo como las que vivimos en estos días, don Carlos Adán mató de un balazo a su hijo menor, Carlos Alberto, de 49 años, con una pistola que, según los peritos, técnicamente no se podía disparar.

Se llamaba Santa Bárbara aquel extraño barrio de tres filas de casas, alargado como un chorizo, ahora conocido como Edmundo Matamoros, que inicia en la Pista de la Resistencia y bordeando el extremo oriental de la colonia Nicarao, llega en línea recta hasta la parte trasera del Hospital del Niño, donde don Carlos Adán, en la década del 50 del siglo pasado, se estableció para siempre.

El “10”, principal canal de televisión de nota roja de Nicaragua, explotó a más no poder la noticia del homicidio, regodeándose del dolor causado por la tragedia y ultrajando a la familia doliente. El crimen tomó una dimensión internacional cuando lo reportó Telemundo en su programa sensacionalista Primer Impacto, especialista en temas escabrosos e inusuales. Telebasura en todo su esplendor.

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“Don Carlos mató a su hijo menor”, dijo alguien en el vecindario aquel 8 de marzo de 2011, y la noticia se regó por la larga fila de casas, y por la última hilera de viviendas de la Nicarao, rápidamente se expandió por toda la colonia y por la vecina 14 de Septiembre, hasta que Managua entera no daba crédito a lo que había sucedido. Más tarde, el país estaba conmocionado ante el insólito hecho.

Aviso fatídico: “Se oyó un disparo que parece que salió de tu casa”

Mis suegros, Edgard Coronado y Daysi Bejarano, desde su vivienda N-799, casi enfrente a la del anciano homicida, se resistían a creer lo que había pasado porque consideraban a don Carlos Adán tan religioso y vulnerable, que no les cabía en la mente que pudiera matar a una persona, y menos a uno de sus hijos.

Las últimas cuatro casas de la Nicarao no solo estaban separadas del barrio Edmundo Matamoros por una calle, sino también por una punta de plancha donde había una bomba de agua de la Empresa Nacional de Acueductos y Alcantarillados (Enacal), que luego desapareció, y el lugar se convirtió en punto de reunión de los borrachitos del sector, por eso estos fueron los primeros en conocer lo acontecido enfrente de su reducto.

Roberto, el segundo hijo del anciano en orden de edad, andaba en la calle y regresaba a su casa agobiado por el sol de marzo, cuando un vecino le dijo: “Se oyó un disparo que parece que salió de tu casa”. Con premura fue a ver qué estaba pasando, y se encontró con el cadáver de su hermano y a su padre estupefacto, horrorizado de lo que había hecho en un momento de exasperación. Menos mal que la mamá no sufrió este trago amargo, pues había fallecido un año antes.

Don Carlos Adán Pastora Medrano contrajo matrimonio con María de la Cruz Rosales, y tuvieron seis hijos: Carlos Adán, Roberto, María Lilliam, María Elena, José Antonio y Carlos Alberto.

Era albañil, carpintero y mecánico industrial. Trabajó en el área de mantenimiento del Ingenio Santa Rita, en Villa El Carmen, departamento de Managua, donde ahorró lo suficiente como para construir su casa y poner una venta que fue creciendo y en la que los clientes “encontraban de todo”, incluso medicamentos.

La falta de memoria le jugó una mala pasada al anciano

Hubo un lapso misterioso en la vida de don Carlos Adán, cuando con una identificación diferente a la propia, se fue a vivir por varios años a Costa Rica. Después, Roberto encontró un pasaporte de su padre con otro nombre, lo que le dio mala espina, pero no le preguntó por qué había adoptado otra personalidad, y nadie supo la razón de que él hubiera utilizado esa falsa identidad.

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El negocio de don Carlos Adán fue próspero por muchos años, sin embargo, lo cerró por dolencias de la edad, desoyendo a Roberto, quien le había pedido que le dejara administrarlo, pero se negó porque quería soledad y silencio en su casa. Tras la liquidación de la bien surtida pulpería, él y su familia vivieron quince años de las ganancias que esta le había dejado.

Quizás buscando qué hacer para distraerse, y no perder la lucidez, don Carlos Adán se convirtió en un acumulador, y guardaba cuanto encontraba a su paso, no importaba que fuera algo chiquito, pequeño o grande, y llenó la casa de un chuncherío de inutilidades.

Es bastante probable que a sus 94 años, la pérdida progresiva de la memoria, sumada al montón de trastos y cosas inservibles que tenía por doquier en su casa, le hayan dificultado encontrar algunos de sus objetos personales, como un reloj, un pantalón y una camisa que se le extraviaron, lo que lo llevó a sospechar que se los habían robado, cosa que es común que crean los viejitos de ambos sexos.

Le disparó a su hijo con tanta precisión, que lo mató con la única bala que tenía

Un día en que algunos vecinos dijeron que al anciano “se le había metido el diablo”, le pidió a su hijo Carlos Alberto que le devolviera la camisa, el pantalón y el reloj “que le había robado”, pero este replicó que no le había tocado sus cosas. Y dio la media vuelta dirigiéndose hacia la puerta de salida.

Entonces el nonagenario hombre tembloroso tomó con dificultad una antigua pistola que estaba cerca de él, y lleno de cólera le disparó a su hijo, con tan buena puntería, que lo mató con la única bala que tenía, una bala antigua… como si hubiera sido un experto tirador. Los peritos de la Policía que llegaron a la escena del crimen se toparon con una enorme sorpresa, pues comprobaron que se trataba de un arma muy vieja, con un solo tiro, un tiro añejo, cuya pólvora prácticamente ya no servía porque tenía más de medio siglo. ¡Cómo diablos funcionó! Estaban estupefactos.

No se explicaban los expertos en balística cómo se produjo el disparo mortal en las pésimas condiciones técnicas en que se encontraban el arma y la bala maldita. Cuando se conoció este detalle, algunas personas dijeron que Carlos Alberto “estaba en la raya”, y que si no hubiera muerto a manos de su padre, habría sido de otra forma, pero no podía escapar a su destino escrito desde su nacimiento para ese día fatal.

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Es una incongruencia que, entre todos sus hijos, Carlos Alberto había sido el que más apoyaba en la venta a don Carlos Adán, porque era laborioso y alejado de la vagancia. Más tarde pasó de católico a evangélico, y no tenía ninguna contradicción con dedicarse al mismo tiempo a prestamista de dinero, actividad que, por cierto, no le granjeó enemigos ni reacciones hostiles.

Casa por cárcel

La Policía se llevó al anciano homicida a la bartolina. Días después, una jueza le adelantó al abogado que lo defendía que le daría hospicio por cárcel, ante lo cual su hijo Roberto le solicitó a la judicial que le diera presidio domiciliario y ofreció hacerse cargo de él.

Previendo que la jueza le entregara a su padre, Roberto comenzó a limpiar la casa atiborrada, donde encontró, entre otras cosas, un poco más de tres mil dólares, un reloj nuevecito, una cadena y otros objetos valiosos. Sacó decenas de sacos de basura que había guardado su padre como si de objetos dignos de coleccionar se tratase. En consideración a que era una persona valetudinaria, la jueza autorizó el regreso a casa del anciano prisionero.

En un templo católico trasteaba la mandolina y la guitarra, y en su casa enseñaba a tocarlos

Un día que Roberto regresó del trabajo al final de una tarde lluviosa, pasó directo a la cocina para cenar, y notó que su quejumbrosa madre había sido golpeada; le preguntó quién la había agredido, y su mamá le respondió: «Tu papá». Fue a la sala donde su padre se balanceaba tranquilo y cómodo en una silla mecedora, lo tomó con fuerza de los hombros, lo sacudió y lo estrelló contra una pared, advirtiéndole: «No volvás a golpear a mi mama». ¡Santo remedio!

Entonces don Carlos Adán comenzó a tener malos sentimientos hacia Roberto, pese a que era “un hombre de iglesia”, pues iba con frecuencia al cercano templo católico donde trasteaba la mandolina y la guitarra, instrumentos que enseñaba a tocar en su casa a quien lo solicitara.

Un día que Roberto salió a tomar unos tragos, al regresar a casa el papá le gritó que era un borrachito, y este le respondió que al menos no era golpeador de mujeres, lo que irritó a don Carlos Adán, quien sacó un machete para agredirlo, pero el hijo tomó dos piedras que le mostró amenazante, y no pasó a más el pleito.

Las diferencias con su padre no llegaron a tanto como con su hermano José Antonio, a quien Roberto llama “la oveja negra” de la familia porque era un hombre vago, borracho y drogadicto, que culminó su mal camino en 1979, cuando se alistó en la Guardia Nacional (GN) de Somoza, con tan mala suerte que poco después comenzó la ofensiva final de la guerrilla sandinista, y murió sin que se conociera dónde ni en qué circunstancias. Su cadáver no fue encontrado.

José Antonio estaba resentido porque Roberto lo había denunciado tras un robo que le hizo a su papá. Más tarde, cuando se iniciaba como miembro de la GN, llegó enfrente de su casa, le advirtió que lo mataría, y cuando se aprestaba a disparar, el hermano corrió con desesperación hacia la vivienda, cerró la puerta, y se tiró al piso un segundo antes de que una bala de Garand atravesara la madera y pasara apenas un poco encima de él.

El hermano mayor, Carlos Adán, era muy trabajador, laboró durante treinta años como mesero, gran parte de ellos en el restaurante, Intermezzo del Bosque. El 5 de julio del 2017, a los 64 años, murió de cáncer en los pulmones aunque no fumaba, pero como “fumador pasivo” aspiraba a diario el humo que expulsaban los clientes fumadores. No tenía vicios y ahorraba, y dejó a dos de sus cinco hijas e hijos —los más necesitados— una cuenta en un banco por trescientos mil córdobas provenientes de las propinas que recibía. Sus clientes le dieron una buena suma de dinero, pero como fumadores probablemente también le dieron la muerte. Una hermana suya, María Lilliam, vive en Costa Rica.

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A diferencia de mi papá y de mi suegro, que todo sabían hacer en sus casas, soy un inútil, y no pongo ni un clavo, entonces Roberto es quien hace las reparaciones que necesitamos en nuestra vivienda en la Colonia del Periodista. Lo conocí porque desde hace décadas es amigo de la familia de mi esposa Carolina, en la Colonia Nicarao.

En la mesa redonda de madera que es desayunador, comedor y lugar de juegos de “scrabble” en la cocina de mi casa, Roberto me está contando la trágica historia de su anciano padre, a quien, sobre todo porque golpeó a su madre, considera que fue “un hombre malo”, pero no tanto como su hermano el guardia somocista.

“Lo que quería era que mi papá supiera que mi hermano era inocente”

Pese a que figuraba en el testamento de su padre, Roberto fue marginado por maquinaciones de alguien del entorno, y echado de la casa familiar, pero fue acogido por su hermano el mesero que moriría de cáncer, y una hija de este.

Roberto estudió hasta cuarto grado, bebe poco y trabaja mucho desde los 14 años: primero fue ayudante de reparación de refrigeradoras, y luego se convirtió en obrero de la construcción. Pese a que enfrente de su casa se congregaban los borrachitos del barrio, él mantuvo la distancia, bebía con disciplina ,y hasta el día de hoy en que tiene 72 años, no solo logró evitar el abismo, sino que siempre está laborando.

En la parte final de nuestra conversación, por la confianza que tenemos me atrevo a hacerle a Roberto una pregunta que es “un gancho al hígado”, pero antes le consulto, y con su permiso lanzo mi “curva envenenada”:

—Cuando le mostraste a don Carlos Adán el reloj, el pantalón y la camisa que él creía que tu hermano Carlos Alberto le había robado, y por eso lo mató, ¿vos estabas consciente de que con eso te podías “volar” a tu papá de un ataque al corazón?

—No, no soy tan maldito para eso, lo que yo quería era que mi papá supiera que mi hermano era inocente.

Roberto es tranquilo, un poco temperamental, trabajador responsable y honesto

A fin de que lo que le mostraría no afectara mucho a su padre, Roberto esperó a que pasaran tres meses después del homicidio de su hermano para entregarle el dinero y los objetos que había encontrado durante la limpieza de la vivienda, y como muestra de gratitud don Carlos Adán le regaló a Roberto cien dólares y el reloj.

Desde el día en que recibió los objetos por los que equivocadamente asesinó a su hijo Carlos Alberto, el atribulado anciano perdió toda razón para vivir, se puso triste y desolado, no comía, y los remordimientos lo fueron carcomiendo de manera muy rápida. Menos de un año después de la revelación de Roberto, don Carlos Adán murió de pena moral.

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Por eso un vecino le dijo a Roberto: «Vos mataste a tu papa». Pero él sabe que no es así, y su conciencia está tranquila. Vive modestamente con dos sobrinas que son profesionales, en una calle paralela a donde reside su hermana María Elena, en la vía principal que marca el inicio, hacia el oriente, de la colonia 14 de Septiembre.

Roberto es una persona tranquila, un poco temperamental, trabajador, disciplinado, responsable y honesto, digno de la confianza que le hemos depositado en nuestro hogar, así como otros muchos clientes suyos. Lleva una vida austera, casi espartana, solo alterada por sus cervezas de fin de semana y algunas partidas de desmoche.

La imagen que tengo de Roberto es inconfundible: rostro moreno indígena, delgado como un corredor de cien metros, pero que camina despacio, seguro de sí mismo, con una tranquilidad que no le pide nada a la vida, y con su inconfundible cola de caballo en el cabello. No se ha casado y no tiene hijos.

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