A propósito del número especial que LA PRENSA ha editado con motivo de su 98º aniversario, a muchos se nos despertaron las nostalgias, no tan lejanas aún, del periódico de papel circulando por las calles de Managua con sus voceadores infatigables. Entre las miles de peculiaridades del infame régimen que sigue en el poder, está el de haber conseguido ser el primer país del mundo sin prensa de papel. No dudo de que ese sea un camino que acabarán recorriendo todos los demás por culpa de la tendencia digital que nos abrasa, pero tampoco hacía falta correr tanto. Y menos aún, ocupando redacciones y rotativas a punta de pistola, expulsando periodistas al exilio y coartando el ejercicio de la libertad de expresión para lograr ese objetivo.
Fui suscriptor de LA PRENSA casi desde el momento de llegar a Nicaragua, dos décadas atrás. Esto es consecuencia natural de haber sido un lector de periódico desde mi primera infancia, cuando entraba también regularmente en la casa catalana un diario comprado por mi padre, y con tierna ilusión hojeaba esas páginas entonces ininteligibles para mí, pero que me acostumbraron al poco tiempo a familiarizarme con ese producto mágico que traía cada mañana todas las noticias del mundo en un solo lugar.
Y es que este es el principal factor que ninguna web noticiosa ha conseguido superar aún: una propuesta diaria acerca de lo que conviene saber, jerarquizada y ordenada y, sobre todo, puesta en manos de profesionales que entienden que el periodismo es algo muy serio. Frente a la indigerible avalancha de datos y opiniones que nutren las páginas digitales hoy en día, donde el scroll infinito es norma y es imposible distinguir entre lo urgente y lo importante, el periódico sigue alzándose como un instrumento potente de civilización y de formación ciudadana. Y frente a un mundo de tuiteros e influencers, dedicados a la ocurrencia pasajera o a la cháchara vacua, la prensa nos reconforta con la razón y con el intercambio de ideas.
Es por ello por lo que todas las dictaduras abominan de estos productos escritos: porque culturizan y porque crean seres humanos pensantes y, por ende, críticos. Y cualquier periodista acaba siendo sospechoso de poner en duda al poder y a sus gobernantes, o como se acusa ya penalmente desde Nicaragua, de ser traidores a la patria. Jamás comprenderán tampoco que un periódico no es un tratado ni un reglamento, y mucho menos un libelo de propaganda al nivel de ese “19 digital” tan humorístico, sino un producto para discutir acaloradamente con él como lectores, para confrontar nuestras certezas con las certezas de otros: la verdad existe, sí, pero sus interpretaciones pueden ser múltiples y variadas.
Por definición, un periodista debe estar al lado de la noticia, allá donde suceden las cosas que hay que contar y con acceso a las fuentes primarias. Hacer un diario desde el exilio supone quebrantar a la fuerza este principio y obligarse a ejercer la profesión desde la distancia y con el apoyo de terceros: nadie duda que queden informantes valientes en el interior del país que aportan material sensible para que usted y yo nos enteremos cada mañana de lo que ocurre en Nicaragua. El valor de cada una de estas personas, adentro y afuera, asumiendo riesgos y llevando su vocación hasta el final, es lo más parecido a aquello que conocemos como libertad.
Pero LA PRENSA es apenas el bastión de un ecosistema frondoso de medios de comunicación que se han multiplicado desde Costa Rica y más allá, algunos igualmente expulsados de su país y otros surgidos en el nuevo contexto de la diáspora, tan necesitado de voces que nos ayuden a reconstruir un presente en ruinas y un futuro esperanzador. Y es que no hay que menospreciar este nuevo rol del periodismo, que quizá ni la mejor universidad había previsto en su temario: el de aglutinar afectos, voluntades e ilusiones para ciudadanos que se han visto privados hasta de su nacionalidad. El régimen ni cuenta se dio de que el mejor pasaporte es un buen café, unas rosquillas y un periódico nica en la pantalla del celular.
Tengo muy buenos amigos dedicados a la labor de informar, ya sea de deportes, de política o de cine. No voy a ir más allá de las iniciales por razones obvias, pero si algo aprendí sobre beisbol en Nicaragua (y que ha acabado siendo una pasión sorprendente en mis breves ratos de tregua laboral) es gracias al impetuoso M. El arte de la entrevista depende de saber preguntar y repreguntar aquello que más incomoda al entrevistado, como hizo siempre con sutil sagacidad el incombustible F. Las radios locales han sido un buen motor de cohesión social, con sus avisos comunitarios y su oreja siempre atenta a cada suceso cercano (¿verdad, JC?). Y así podríamos ampliar la lista con los actuales jóvenes que dedican su tiempo a mantener medios digitales de altísima calidad, que incluso se atreven con el reporterismo en tiempos de persecución contra todo aquél que lleve algún instrumento de filmación en la mano.
Poco más nos queda por ver en este agónico final del régimen, que se va dejando jirones de ignominia cada día que pasa. El periodismo lo ha dado todo y lo ha contado todo, y este periódico ha diseñado portadas históricas: ediciones a una sola tinta cuando les requisaban en la aduana los materiales para la rotativa, en blanco cuando les amenazaban con requisar sus bienes, un guardabarranco con los colores de la bandera nacional a los tres años de la revuelta de abril… Una hemeroteca inigualable.
Ahora que se acerca el centenario de LA PRENSA, ya podemos comenzar a imaginar el contenido de la portada que abrirá la edición conmemorativa en un par de años. El maestro Danilo Aguirre, entonces en funciones de jefe de redacción de este Diario, nos regaló una de sus joyas ante el entierro de su fundador, Pedro Joaquín Chamorro. El titular decía: “Los enterrados serán ellos”. La atemporalidad de la sentencia es tan vistosa que sobran añadidos y moralejas. Creo que el diario que viene ya estaba escrito entonces.
El autor es cooperante catalán español en América Latina.