En la última convocatoria de la Selección Nacional nuevamente no está Byron Bonilla, tampoco estará en las siguientes porque el jugador se cansó de entregar el máximo en la cancha y, luego, cuando el Fantasma Figueroa hacía pública la convocatoria su nombre no aparecía, por ese motivo en octubre del año pasado dijo basta. “Decidí eso por mi salud mental”, le confeso a LA PRENSA el jugador.
Cada vez que veo jugar a Bonilla en el máximo nivel, presión y exigencia, hace algo diferente. Se convirtió en un dolor de cabeza frente al América en Estelí, dejando destellos de velocidad y contundencia. ¿Por qué nos damos el lujo de apartarlo? Me agradó una vez que Juan Barrera decía que esperaba verlo otra vez con la Azul y Blanco, pero el tiempo pasa y no vemos señales de que eso ocurra.
En marzo jugamos contra Perú un partido amistoso de alto nivel y desde ya todos sabemos la falta que hará el desequilibrio de Bonilla. Pero más allá de eso, pienso en las eliminatorias al Mundial 2026 y los partidos exigentes que tendrá Nicaragua, los momentos complicados en los cuales se necesita de un jugar que te rompa líneas, que sea individualistas, que su atrevimiento impulse a los demás y que juegue con el corazón en las manos.
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Si el público lo quiere y la Azul y Blanco lo necesita, no debería de haber problema en juntarlos nuevamente. Ni la terquedad del Fantasma Figueroa ni la precipitación del retiro hecho por el propio jugador debería ser una ecuación difícil de solucionar. Ahí es donde debería entrar Fenifut como mediadora. Sentar al jugador como al entrenador, decirse las cosas de frente como desahogo, pedirse disculpas, pasar página y que la afición disfrute del buen trabajo del Fantasma como del máximo nivel de Bonilla.
Todavía no entiendo como algo tan sencillo de solucionar lo hemos hecho tan grande…