En la fiesta de la Epifanía celebramos que Jesús es el Mesías y Salvador de toda la humanidad. El evangelio de la fiesta de hoy habla de unos “magos” que proceden de “Oriente”. Eran personas dedicadas a estudiar los astros. Más que magos, eran sabios que escrutaban el cielo. Vivían observando el firmamento, no por simple curiosidad, sino buscando nuevas luces para orientarse en la vida. Eran hombres en búsqueda del sentido de la existencia y de Dios. Eran buscadores de Dios y son un modelo para las personas y pueblos que desean caminar hacia Dios. Un día estos magos vieron una estrella que los conmovió e intuyeron que estaba ocurriendo algo nuevo e inesperado, se dieron cuenta de que aquella estrella les anunciaba “el nacimiento del rey de los judíos” (cf. Mt 2,2).
Ante el signo de la estrella que les sorprendió, los magos no se quedaron pasivos. Se dispusieron a buscar a ese rey mesías que anunciaba la estrella y emprendieron un largo y riesgoso viaje. Lo primero que los magos nos enseñan es que la vida es una búsqueda constante y que solo buscando podemos encontrar el sentido de la vida y el misterio de Dios. Solo buscando podremos cambiar el rumbo de la historia. La vida no es un inmenso museo para ser observado, ni la historia es un libro viejo que solo hay que reeditar una y otra vez. Hay que vivir en constante peregrinación interior, insatisfechos de lo conseguido e iluminados por la esperanza de que todo puede ser siempre mejor. No nos podemos resignar a que las cosas sigan siendo como han sido siempre.
Los magos iniciaron su viaje sin conocer anticipadamente el itinerario preciso. Muchas veces la incertidumbre y el hecho de no tener la claridad que quisiéramos nos desanima y nos impide avanzar. No podemos pretender saberlo todo y comprender siempre lo que ocurre. Debemos aprender a convivir con la incertidumbre. Lo que no podemos es quedarnos pasivos y resignados. Cuando hay un ideal que arde en el corazón o un motivo grande que nos mueve, las personas y los grupos sociales no necesitan demasiados detalles para ir adelante. Los magos caminaron en la noche viendo solo una pequeña estrella. El cielo oscuro, en vez de atemorizarlos, se convirtió en un gran mapa que los orientaba. Cuando hay una luz que nos ilumina desde dentro no hay oscuridad que pueda desorientarnos o atemorizarnos. Dios ilumina siempre nuestras noches con su luz, a veces discreta, pero siempre confiable y consoladora.
El viaje de los magos no fue un viaje perfecto, sino un camino lleno de errores: pierden la estrella, llegan a Jerusalén en lugar de ir a Belén, preguntan por el niño a un asesino de niños, buscan un palacio en lugar de dirigirse al pesebre. Sin embargo, a pesar de tantos errores, los magos no se desanimaron, ni se detuvieron, caminaron siempre. Las personas y las sociedades se equivocan. Lo trágico no es equivocarse, sino no reconocer los errores; lo terrible no es caer, sino quedar caído y no levantarse más. Los errores humillan, pero enseñan, las caídas duelen, pero nos dan experiencia. Vivir es rectificar.
En nuestra historia como pueblo hemos vivido épocas oscuras en las que se se llegaron a cometer terribles errores. Sin embargo, a pesar de todos los fracasos y frustraciones, siempre es posible volver a empezar y seguir caminando. El Señor hará brillar siempre en nuestra historia nuevas estrellas que vuelvan a encenderse y nos inviten a seguir adelante. Solo hay que levantar el corazón hacia Dios con confianza y humildad.
Los magos realizan un viaje que los trae de lejos, atravesando desiertos y ciudades, al ritmo de una caravana. No intentan ir a un paso más rápido de lo que les permiten sus fuerzas, no se detienen demasiado distraídos en cosas secundarias, no se desaniman ante lo largo del viaje, ni se dejan vencer por el cansancio. Los magos nos enseñan a caminar en la vida, sin detener el paso, pero sin vivir obsesionados por la prisa. Esta lección es muy útil a nivel social. Los grandes cambios sociales son lentos, no se consiguen de un día para otro.
Los cambios sociales son todavía más lentos y complejos cuando, como en el caso de nuestro país, hay que superar tantos vicios sociales y políticos que han dominado nuestra historia, tales como el sometimiento de la ley a las arbitrariedades de los poderosos o la indiferencia de gran parte de la ciudadanía frente a la realidad social y política. Y si constatamos que las cosas no cambian con la rapidez que quisiéramos, hay que tener paciencia histórica, no hay que desesperar. Tampoco hay que bajar el ritmo del camino o la intensidad de la lucha. Hay que perseverar anticipándonos a a vivir desde ahora el ideal de sociedad que un día queremos conseguir. Debemos esforzarnos desde ahora por liberar nuestros corazones de ambiciones mezquinas, renunciando a la indiferencia ante los problemas sociales, creciendo en la conciencia de nuestros derechos y deberes ciudadanos, dejando a un lado el arribismo, el culto mesiánico a los líderes y la corrupción.
El viaje de los magos a Belén no fue un viaje individualista. La tradición dice que eran “tres” magos, el evangelio habla de “algunos”. Son un pequeño grupo de personas que caminan juntos, no va cada uno por su cuenta. El camino humano, o lo hacemos junto a los demás, o nos desviaremos al barranco del egoísmo o de la desesperación. Mientras caminan, los magos miran la estrella, pero también se miran unos a otros, se fijan en quien va al lado. Los magos nos enseñan a caminar en modo solidario, capaces de bajar el ritmo de nuestro camino para no dejar a nadie rezagado o para tender la mano a quien se le va haciendo más pesado el camino. Cuando caminamos juntos, Dios va con nosotros. Para caminar hacia Dios hay que caminar unidos como hermanos y hermanas.
Los magos nos enseñan a caminar como pueblo, sin ponernos zancadillas, sin estar siempre acusándonos y descalificándonos. Una cosa es el espíritu crítico y el derecho a las legítimas diferencias, pero otra cosa es el canibalismo político y las rivalidades estériles. Caminemos como los magos, viéndonos a la cara, tendiéndonos la mano y respetando nuestras diferencias. Nadie tiene que ser distinto de lo que es, pero cada uno debe dar lo mejor de lo que es.
Los Magos se dirigen a Jerusalén preguntando por el rey de los judíos que acaba de nacer y a quien desean a adorar. Al enterarse, “el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él” (cf. Mt 2,3). El que más miedo tiene es el rey, el más poderoso. Los tiranos aparentan ser valientes y se presentan altaneros y agresivos, pero son muy miedosos. Se sienten continuamente amenazados. Para ellos, los demás, el pueblo entero, incluso los de su círculo más íntimo, son siempre rivales o enemigos contra quienes luchar y a quienes engañar o eliminar.
Herodes y su corte representan ese oscuro mundo de los poderosos donde todo se vale, con tal de asegurarse el propio poder: el cálculo, el cinismo y la mentira. Vale también la crueldad, el terror, el desprecio del ser humano y la destrucción de los inocentes. Los tiranos de ayer y de hoy se disfrazan de defensores de la paz y del orden, pero son crueles y desalmados y, como Herodes, terminan siempre provocando mucho dolor y derramando sangre inocente.
Hoy sufrimos en nuestro país a causa de un sistema dictatorial, sostenido por personas con la mente y el corazón oscurecido, cuya única ley es la ambición desmedida, la irracionalidad, la venganza, el odio. Los secuestros y encarcelamiento arbitrario de tantos hermanos nuestros, entre ellos dos queridos obispos y varios sacerdotes, muestra no solo el afán de instaurar un poder dinástico injusto y violento, sino también el miedo y la debilidad de un sistema anacrónico e inhumano ante la fuerza de la verdad y del amor. Por eso odian a la Iglesia. Pero, no lo dudemos. Todos los tiranos pasan y un día ya no están, quedando olvidados y condenados por Dios y por la historia.
Aunque Herodes quiso engañar a los magos, estos reorientados por la Escritura, ven de nuevo la estrella y finalmente llegan hasta donde está el niño, rey mesías, en Belén. Sorpresivamente no encuentran un palacio, ni manifestaciones de lujo dignas del nacimiento de un príncipe, sino simplemente a un niño y a su madre: “Vieron al niño con María su madre y postrándose lo adoraron” (Mt 2,11). Hay que aprender a adorar al Señor con humildad y devoción, con amor y sencillez. La adoración de rodillas ante Jesús nos dará fuerzas para no arrodillarnos ante ningún poderoso de este mundo. Quien adora a Dios en la oración, en la vida no adorará a los ídolos de muerte que nos quieren doblegar.
Los magos encontraron al Dios verdadero, que es infinita grandeza, en lo pequeño; reconocen la verdadera realeza en la ausencia total de poder; acogieron al Dios omnipotente en la debilidad humana de un niño recién nacido. Dios no se manifiesta en el poder de este mundo, sino en la humildad de su amor, un amor que nos pide acogerlo para dejarnos amar y ser transformados por él, que es el Amor.
Los Magos no se dejaron engañar por el poderoso Herodes. No tuvieron miedo del rey ni le obedecieron. Se dejaron guiar por la estrella hacia la pequeñez y la pobreza de un niño en quien Dios les salía al encuentro. No tengamos miedo al poder ni nos dejemos intimidar por sus engañosas falacias; confiemos más en la bondad de Dios que en el aparente esplendor de los poderosos. Después de adorar al Niño, los magos, “avisados en sueños de que no volvieran a casa de Herodes, regresaron a su tierra por otro camino” (Mt 2,12). Vuelven a la vida ordinaria “por otro camino”. Vuelven iluminados por la verdad y transformados por el amor. Después de adorar a Jesús en Belén comenzaremos también a transitar por “otro camino”, buscando incansablemente al Señor en la ternura y la sencillez, al lado de los pobres y las victimas, luchando siempre por la libertad y la justicia, sin desesperar nunca ni resignarnos jamás (cf. Francisco, Homilía de Epifanía, 6.1.16).