Las malas personas y los periodistas

Hay lecciones que se aprenden en la universidad, pero me atrevo a decir que las más importantes las enseña la vida y como en la escuela, te topas con el discurso pero lo comprendes cuando la práctica termina de consolidar la lección. Por ejemplo, recuerdo que conocí la frase de Ryszard Kapuscinski “Una mala persona no puede ser periodista”, me pareció profunda y con el tiempo fue cobrando cada vez más sentido.

Inicio conmigo porque no se trata de hablar mal del pueblo. En una especie de credo personal me describo: Soy católica, formada por jesuitas con su “en todo amar y servir”, amo escribir y alguna vez alguien me dijo como si fuera algo malo, “es que vos sos demasiado buena persona”. Entonces no extraña que en el abanico de carreras, comunicación y periodismo fueran la única opción que me enamoró.

Desde que inicié en el periodismo y la comunicación me gustó escribir de niñez, adolescencia, educación, derechos humanos y otros temas que contribuyen con el desarrollo.

No soy Madre Teresa de Calcuta y de vez en cuando recuerdo la frase de mi mamá: “Con la misma B que se escribe bueno se escribe baboso” y trato de no confirmar tanto.

Eso no me quita lo buena gente, pero sí me ayuda a desempeñarme mejor, a dudar, a verificar y a explicar las cosas.

Ahora hablemos de las malas personas. Si para ser periodista los objetivos principales son educar, informar y entretener. ¿Qué le das a la gente si no te interesa que aprendan? o que aprendan algo que no contribuye con su desarrollo. Lo de entretenimiento es discutible, porque no se trata de poner a la gente a consumir contenido solo porque sí, en todo caso olvidaríamos la crisis generacional del periodismo con tanto tik toker y YouTubers surgiendo de la nada.

No voy a hablar de las malas personas, porque no quiero ser una de ellas, pero para no perder el ritmo de este ejercicio de alto riesgo de dar mi opinión, diré qué hay señales más que claras. Si alguien dice “yo fui periodista”, o “yo soy periodista” y encuentras quien lo refute con un currículo que muestre que la carrera es más de secretaria o el “medio” parece más un blog, con contenido esporádico, entonces hay que poner la barba en remojo y como antes de la confesión, escanearnos con el examen de conciencia.

Decir soy periodista es una declaración tan valiente como decir que eres una persona de fe. Si dices soy católico casi por pena terminas aclarando «soy bautizado pero no voy a misa».

Para quienes generan contenido a la pasada de un cometa me hacen recordar a un amigo que dice si no escribo no respiro. Si nos ganamos el honor de llamarnos oficio es porque lo hacemos de corazón y para sobrevivir. ¿Se imaginan un zapatero haciendo un zapato al mes?

Kapuscinski también plantea que mientras haya lectores críticos, inteligentes, existirán buenos periodistas, porque unos y otros se buscan. Pienso que ese es uno de los elementos que tiene al periodismo en crisis, y no hay que perder de vista el punto en el análisis que lleve al rescate de la profesión.

Si un medio no tiene gran impacto en redes sociales, en sus sitios web, antes de hacer un análisis de la audiencia es importante hacer un análisis de los contenidos y de la frecuencia de los mismos.

Ya he tratado de hacer un menú para el periodismo de América Latina y hoy solo quiero agregar un plato, deben ser buenos cocineros, buenos ingredientes, buenos periodistas.

Y finalmente en palabras de Kapuscinski “es la ética, idiota” y hablar de ética es un terreno profundo, se trata de tener valores, tener dominio de los temas y la honestidad al producir la información y el apego a la verdadera esencia de los hechos, a las personas, a su contexto.

Al fallecer Kapuscinski leí una nota que decía que los ejes vertebrales de la ética periodística que ejerció fueron: la honestidad intelectual, la desconfianza innata ante las verdades oficiales y la convicción profunda de que su trabajo, informar, no podía ser confundido con una operación mercantil. Para él y como debería ser para todo el que se llame periodista, la información lo era todo, por sobre todo, una relación social que exige la observancia de valores morales inequívocos y así lo explicó diciendo: los cínicos no sirven para este oficio.

La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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