Los filisteos aparecieron y se asentaron a lo largo del mar Mediterráneo oriental, entre Egipto y Líbano, a comienzos del siglo XIII a.C. De oscuro origen, se les conoció como “pueblos del mar”. Y con ellos, por la misma época, arribaron allí otros pueblos procedentes de varias islas del mar Egeo y de más allá, al oeste. Se dice que, a consecuencia de una erupción volcánica, seguida de un tsunami, pueblos enteros emigraron hacia el Levante. Como hueste invasora, los filisteos fueron causantes de las caídas de culturas, reinos e imperios, provocando inestabilidad en toda la región. Solo Egipto pudo contenerlos y valerse de ellos para cuidar sus fronteras. Con el tiempo se mezclaron con los cananeos y, a la vez, los filisteos mantuvieron una ciega hostilidad contra los hebreos. Varias veces son citados en la Biblia, basta señalar que Sansón mató filisteos y David derribó a Goliat, en tanto que aquellos secuestraron el Arca de la Alianza, según el Libro de Samuel.
Pues bien, el nombre filisteo es una corrupción de plishtim, peleset, pelestim. De esta derivación se puede inferir o suponer que filisteo, con el paso del tiempo, se haya transformado en palestino, sobre lo cual no hay acuerdo entre los historiadores.
Dicho esto, los palestinos actuales no tienen ninguna conexión ni vínculos con los filisteos de antaño, llegados posiblemente desde Creta, hace aproximadamente 3,300 años y que finalmente desaparecieron de la historia. Nunca ha habido una etnia, un lenguaje, una cultura, un pueblo, una nación o un Estado que fuera palestino. La población mayoritaria de la zona siempre ha sido árabe y musulmana por religión (shiita y sunita), sometida a los vaivenes de los imperios dominantes.
Así que el nombre de Palestina que ni siquiera ha sido un topónimo, parte del siglo I d. C., o sea, desde hace 2,000 años, por disposición y a conveniencia de los romanos que necesitaban borrar la memoria del pueblo de Israel y, para ello, se valieron de la voz palestina para conformar una provincia romana con el nombre de Siria-Palestina, obligando a los judíos, sobrevivientes de las masacres, a la diáspora y a sujetarse a la prohibición de regresar a su patria.
Esta provincia romana de Siria-Palestina no supuso nunca que, en todo ese tiempo, existiera un pueblo llamado palestino. Y solo mucho después se habla de una Palestina como provincia otomana hasta que en 1922 desapareció el imperio turco-otomano.
Ni siquiera en fechas recientes, entre las guerras mundiales I y II, con el Mandato Británico y su fementido “protectorado”, que engañó tanto a los israelíes como a los árabes. Hasta que, en 1947, por resolución de la ONU, se decidió la partición del territorio, de la que resultaron cuatro países árabes (Irak, Jordania, Siria y Líbano) y además el Estado de Israel, pero no el Estado Palestino, porque los árabes lo rechazaron y, al declararse la independencia de Israel en 1948, iniciaron las guerras israelí-palestinas, invadiendo el pequeño Estado judío. Al final los árabes fueron derrotados en todos los frentes y, aún más, con pérdidas de territorios.
Con una posición más centrada pero siempre hostil, Yasser Arafat logró formar un grupo que se conocerá como Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que luego por sus pleitos internos se transformó en la Autoridad Nacional Palestina (ANP), presidida por Mahmud Abás, de la que surgieron Al Fatah, Hamas y Hezbolá, asimilados por sus acciones desestabilizadoras y terroristas, que han desatendido deliberadamente la formación de un Estado Palestino que pueda desarrollarse en paz con su vecino, el Estado de Israel.
Así que filisteos y árabes palestinos no tienen ni por asomo un origen común, pero en cambio se revela en ambos un comportamiento parecido por sus actos violentos y destructores. Por tanto, no han dejado ni dejarán ninguna huella edificante sobre la Tierra.
El autor es economista.