Dijeron las noticias que una muchacha nicaragüense de 23 años había ganado un concurso de belleza internacional. También se dice que, desde hace tiempo, esos certámenes ya no solo premian la genética corporal y la suerte de tener unas determinadas proporciones físicas, sino que cuentan por igual la inteligencia, las buenas costumbres y las acciones solidarias en favor del prójimo. Sea como sea, estas competiciones quedan muy lejos de mis intereses y de mis valores estrictamente personales, y aunque el formato haya avanzado algo en cuanto a méritos realmente apreciables de las mujeres que se someten al escrutinio de un jurado, nada evita que siga considerándolas un ejemplo de la más burda cosificación de los cuerpos femeninos: una pasarela de la vanidad.
Así que cuando en la noche del 18 de noviembre comenzaron a caer decenas de WhatsApp en mi teléfono anunciando el resultado del concurso, algo parecía estar fuera de lugar. Mis amigos de Nicaragua no solo me mandaban mensajes exultantes sobre la noticia, sino que comenzaron a cambiar sus estados y hasta sus perfiles con fotos y videos de una tal Sheynnis Palacios, hasta el momento una perfecta desconocida para mí. Y lo mejor de todo: mis amigas feministas hacían exactamente lo mismo, posteando hasta la extenuación las imágenes del cuerpo deslumbrante de la chica. ¡Y hasta el obispo Báez, fustigador incansable de la pedantería y de las causas vacías, felicitaba con un tuit a la recién nombrada Miss Universo!
Cuando todo esto ocurre en cuestión de minutos o en pocas horas, no queda más remedio que hacer con uno mismo lo que se suele hacer con las computadoras bloqueadas: reiniciar el pensamiento (o apretar las teclas Ctrl+Alt+Supr por unos segundos) y cambiar la perspectiva de nuestro enfoque. Es imposible que todo el mundo se haya vuelto loco de golpe, por lo que alguna razón profunda debía de tener este estado de ánimo colectivo.
Y entonces, navegando con más interés por las redes y expulsando en la medida de lo posible los prejuicios, descubrí que el fervor digital comenzó a trasladarse a la vida en vivo y en directo: primero comenzaron a difundirse imágenes de familias que siguieron minuto a minuto el evento por televisión, cuya reacción espontánea desbordaba cualquier precedente similar, con sus gritos, sus llantos y sus abrazos. Y al poco, miles de ciudadanos salieron a las calles y plazas de distintas ciudades, celebrando con fervor el triunfo de Sheynnis como si el equipo de béisbol nacional hubiera ganado un campeonato del mundo. ¿Acaso ese desenfreno sentimental por una Miss tenía razón de ser? ¿Había algún precedente de ese calibre en cualquier otra circunstancia similar?
Las muestras de cariño por una persona que ha ganado un premio son algo habitual, y más cuando se une a ello el ardor patriótico. Pero la explosión de júbilo que se dio esa noche anunciaba algo más, algo que efectivamente surgía de la imagen de una muchacha coronada y enfundada en su banda de Miss Universo, pero que sin solución de continuidad se encaramaba hacia una euforia contenida que se abría paso desde lo más profundo de las entrañas de cada espectador. Las banderas azul y blanco comenzaron a ondear en los barrios y la gente cantaba el himno de Nicaragua a todo pulmón, la pirotecnia se desparramó por las aceras y los carros hacían sonar sus bocinas: casi no hubo nica, desde adentro del país o desde el exterior, que no participara de semejante bacanal.
Pero algo inusual sobrevolaba el ambiente, y es que desde finales de 2018 no se había visto un despliegue de banderas nacionales como este. La razón es simple: ondearla de manera pública puede suponerte la detención y pasar entre rejas por meses o años. Un gesto tan aparentemente inocuo como gritar “Viva Nicaragua Libre” en las calles es un delito. Pero al parecer todos guardaban la prueba de cargo en sus armarios y gavetas, y en cuanto se dio la oportunidad de mostrarla otra vez, los colores azul y blanco volvieron a ocupar los pueblos y ciudades de medio país. Tanto daba el motivo: un jonrón decisivo en la novena entrada, una virgen aparecida o una compatriota considerada como la más guapa del mundo. Cualquier excusa podía ser válida si se unían las circunstancias precisas.
Por mucho que haya fotos de Sheynnis participando en las marchas cívicas de 2018, nadie podía considerar este premio un acto político. Tampoco un boxeador adepto al régimen metaforiza el fin de la dictadura al ser noqueado: demasiada imaginería no ayuda a ubicar correctamente el sentido de los hechos. Esta muchacha jamás pretendió otra cosa que consolidar su carrera de éxitos personales, y así debe ser. Pero este triunfo sobrepasó sus voluntades y fue adoptado al instante por la población como un fugaz reducto de libertad y acabó convirtiéndose en una inmensa catarsis colectiva. Tan espontánea como la que surgió cinco años atrás por una reforma del INSS y que acabó en una movilización general capaz de poner en jaque al gobierno, aunque la represión actual impida que la fiesta derive en revuelta callejera.
Lo impresionante del caso es reconocer en cada rostro, en los ojos de cada partícipe, en sus sonrisas cómplices, esa vieja ilusión compartida que necesita encauzarse por alguna grieta, por pequeña que esta sea. Esa comunión de complicidades que aparece en el momento menos pensado, que se riega como pólvora prendida y que estalla en un júbilo del que todos participan como si de un acto místico se tratara. Ya en ese momento la flamante Miss continuaba celebrando su victoria, pero el pueblo estaba saboreando la libertad de expresar sus emociones sin tapujos, aprovechando los preciosos minutos que sabían que iban a terminar pronto.
Y en efecto: los bandazos de la propaganda oficial, entre el ninguneo a Sheynnis y la felicitación efusiva, entre el veto a que ella se montara en un avión de regreso y el recibimiento en el aeropuerto anunciado en carteles de colores, entre las visitas de funcionarios de la Alcaldía de Managua a sus familiares y la detención de muralistas que pintaban su rostro, demuestran el descontrol ante hechos no previstos y la readecuación del aparato represivo según giren los vientos. Una prueba más del nivel de desquiciamiento al que ha llegado este régimen, que teme más que a nadie las voces libres y las reacciones imprevistas. Jamás van a estar preparados para los múltiples escenarios que puedan darse, y en ello radica la ventaja de quienes se les oponen.
La pregunta que unos y otros se hacen es quién será la próxima Sheynnis que canalice de nuevo esas ansias soterradas, que permanecen intactas y que nadie va a poder borrar de los corazones nicaragüenses. De hecho, usted mismo, lector o lectora, podría ser sin saberlo la próxima Miss Catarsis, para lo cual no hace falta tener el mejor abdomen ni la nariz más fotogénica: basta con amar a su país, y esperar el momento más oportuno.
El autor es lingüista español y experto en cooperación internacional.