Genocidio es una palabra de moda. Indica la matanza deliberada de un grupo étnico, nacional, religioso, o de otra naturaleza. Naturalmente produce repulsa e indignación. Porque implica, entre otras cosas, el exterminio de inocentes, su condena a muerte sin juicio ni culpas, excepto la de pertenecer a un grupo que se considera digno de eliminación.
Hoy Israel acusa a Hamás de prácticas genocidas contra sus ciudadanos y otros a Israel de hacer lo mismo con sus bombardeos a Gaza. Las denuncias suelen ser apasionadas y más, aún, cuando muchas de las víctimas son niños. El público ve la televisión y se estremece con espanto cuando muestra infantes ensangrentados o enterrados en las ruinas. Es natural. Sería alarmante que la raza humana no sintiera repelo ante esas escenas pues nada indigna más que matar inocentes.
El problema, la paradoja, es que no siempre es así. Pues hay otro genocidio contemporáneo, mayor en escala que todos los mencionados, sistemático y bien organizado, cuyas víctimas son inocentes, puras, sin culpa alguna y totalmente indefensas, pero que no despierta mayor indignación o rubor. Al contrario, lo avalan y hasta financian líderes del mundo libre, y, en muchos países, la mayoría lo aprueba o considera un derecho. Y aun, entre quienes no lo aprueban, su indignación u oposición es tibia; algo que no suele quitarles el sueño o agitar mucho sus conciencias. Se trata del genocidio consistente en la muerte deliberada de los niños por nacer; la práctica legal del aborto.
Las razones para esta diferente reacción son varias. La primera es la percepción generalizada de que no son vidas humanas las de los seres que todavía no han emergido del vientre materno. O, si se les reconoce cierta humanidad, esta se ve como de segundo orden. Pasa algo parecido con lo que ocurría hace menos de dos siglos con los esclavos: se les consideraba algo menos que humanos y eso justificaba usarlos como bestias de carga. Dicha percepción era ampliamente aceptada por los círculos intelectuales y políticos de la época, incluyendo distinguidos pensadores de la ilustración y algunos padres fundadores de Estados Unidos.
Hoy como ayer, esas percepciones son profunda y fatalmente equivocadas. Porque, así como los esclavos resultaron ser hombres tan iguales en derechos y dignidad a los demás, los nasciturus o niños por nacer también lo son. Y vale repetirlo hasta el cansancio: la humanidad de ellos no es algo producto de la visión cristiana de la vida sino de la ciencia dura y madura: ella es la que nos dice que la vida humana comienza con la concepción; que lo que está en desarrollo en el vientre materno no es un mono, ni un tumor, sino una criatura homo sapiens. En desarrollo, es cierto, en su fase más temprana y en completa dependencia, pero estas limitaciones no hacen sus vidas menos dignas de respeto que las de un recién nacido. Si el menor desarrollo fuese señal de menor humanidad habría que considerar también a los bebés como inferiores, porque también están en desarrollo y no pueden sobrevivir sin ayuda adulta.
Otra razón por la que esta matanza de niños por nacer no causa el estupor que debería, es que ocurre en silencio; en la privacidad de clínicas, sin fotos de miembros desmembrados o ensangrentados, y con víctimas que no pueden protestar ni hacer oír sus llantos. Cubre la matanza la complicidad del establecimiento médico y de las propias madres que alegan tener un derecho sobre su cuerpo negándose a reconocer —en contradicción con la ciencia— que el ser que llevan adentro no es parte de su cuerpo sino un ser distinto, un tierno huésped con su propio ADN y características únicas.
El aborto, en definitiva, es un crimen en cuanto mata vidas humanas y más horrendo aún en cuanto se practica contra los más inocentes e indefensos. Verlo en su verdadera dimensión, como lo vería Dios y lo deberíamos ver todos, trastocaría radicalmente nuestra forma de juzgar los acontecimientos: veríamos a políticos como Biden, que lo defiende y financia a capa y espada, como genocidas parecidos a Hitler, y a naciones supuestamente civilizadas que lo practican en gran escala, como bárbaras y salvajes. No verlo así, y más bien tolerarlo, es un síntoma alarmante de la degeneración y ceguera moral del mundo moderno.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.