¿Qué relevancia tiene que dos o más nicaragüenses discutan sobre Milei, el candidato libertario argentino? Aparentemente ninguna. La dictadura actual ya tiene trazado un camino donde no hay lugar para alternativas distintas. Pero también es cierto que tarde o temprano habrá grandes cambios. Cuánto tiempo tardarán es algo que nadie sabe. Pero sí llegará el día en que los nicaragüenses tendrán que plantearse qué modelos —políticos, económicos y sociales— habrá que implementar para construir un país mejor. No será entonces momento de improvisar propuestas o ideas, sino de aplicar las que hayan alcanzado suficiente consenso entre los líderes de opinión y los políticos de turno. Por eso no es sobrancero, aunque parezca prematuro ante un futuro incierto, ir discutiendo los rasgos generales que deberían animar al nuevo orden.
Milei ha puesto sobre el tapete una propuesta no muy común en la tradición política latinoamericana: la del Estado libertario, empeñado en limitar en la medida de lo posible el peso y papel del gobierno y aumentar, igualmente, los márgenes de libertad individual y asociativa. Pensadores, como el profesor Andrés Pérez Baltodano, discrepan de este enfoque.
Bienvenida sea la discrepancia. El encuentro de ideas divergentes es muy fructífero cuando se hace con deseo de encontrar la verdad y sin personalismos. Hacerlo suele pulir posiciones y también acercarlas. A mi juicio, uno de los aportes más valiosos de su último escrito (“No hay que imitar a Milei”, LA PRENSA, 2 de noviembre) es demostrar lo ilusorio que es el principio liberal de la igualdad de oportunidades. Lo logra magistralmente comparando las que tiene una niña nacida en una barriada pobre de Managua, versus la de otra nacida en la riqueza.
Su argumento es inobjetable y no es algo que de por sí pueda resolver el mercado. Se requiere entonces de acciones externas a él que ayuden a los desfavorecidos o rezagados, a mejorar sus oportunidades. El mecanismo más eficaz para lograrlo es la educación de calidad y cuando las iniciativas privadas no logran suplirla la alternativa es recurrir al Estado.
Aquí llegamos al meollo del asunto: El Estado es necesario no solo para proteger los derechos individuales y la seguridad nacional sino para regular multitud de temas tales como la jornada laboral, normas ambientales, urbanas, etc. También para promover la igualdad de oportunidades de la población, dirigiendo recursos a quienes menos las disfrutan. El problema es hasta cuánto. Porque la experiencia histórica y, en particular la latinoamericana, indica la propensión del Estado a convertirse en el ogro filantrópico; en la institución que con pretexto de ayudar a los pobres termina declarándose titular responsable del bienestar, la educación, la salud, la cultura y hasta de la felicidad misma. Se crea así una ciudadanía pasiva y clientelar, que desatiende sus deberes endosándoselos a la omnipotencia estatal.
Esos Estados, poderosos, intervencionistas, Santa Claus que reparten bienes, terminan corrompiendo a sus actores y a la sociedad. Fernando Savater, comentando al respecto a Octavio Paz, les llamaba “opio del pueblo”. Una de sus deformaciones comunes es confundir la igualdad de oportunidades con la de resultados, lo cual en lugar de premiar el mérito alienta el parasitismo. Otra es crear una casta de políticos, la mafia que denuncia Milei, empeñada en cosechar votos aumentando las dádivas, aunque arruinen la economía.
Son estos peligros los que pensadores justamente interesados en usar beneficiosamente al Estado, como Andrés, deben tener en cuenta para buscar el balance adecuado. La doctrina social de la Iglesia, a través del concepto de la subsidiaridad del Estado, da pistas muy buenas que habría que explorar. Vale advertir, mientras tanto, que gran parte de los efectos negativos o positivos del actuar estatal depende de la cultura circundante. En los países escandinavos, con un sentido ético bastante más desarrollado que en otras latitudes, los burócratas y políticos que integran los estados tienden a comportarse mejor que en sociedades moralmente laxas.
Milei probablemente se va a un extremo, entendible en parte como frustración ante el corrupto y disfuncional Estado argentino, pero tiene aportes que no hay que menospreciar. Dialogando podemos avanzar en colocarlos en su justo lugar. El profesor Pérez Baltodano ha contribuido en esta dirección. Sigamos haciéndolo.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.