Se movía en los jardines como un caballo de raza: elegante en sus movimientos, veloz al desplazarse y fuerte para sostener la carga. Freddy García era bueno en todo. Un atleta en todo el sentido de la palabra. Quizá en un contexto diferente, mejor asesorado y con una entrega mayor, habría rescrito parte de la historia del beisbol nacional.
“Basta con verlo una vez para quedar convencido de su talento. Es un jugador con todas las herramientas para jugar profesionalmente. Ahora mismo tú lo pones en AAA y no desluce”, fue el diagnóstico del exbig leaguer cubano Pedro Ramos, mientras aterrizaba en el país a finales de 1993 para unirse a los Indios del Bóer como entrenador general.
En esa etapa, sin embargo, García atravesaba por un bajón de voltaje en el Bóer. Después de haberle prendido fuego a Matagalpa con el uniforme de la UNAG, con temporadas de .390 y .400 en 1988 y 1989, respectivamente, se había unido al Bóer en 1992 e inició con .324 en 1992, antes de caer a .287, .225 y .294 en los siguientes tres años al hilo.
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Freddy hizo ciertos ajustes, mejoró su actitud y volvió a encarrilarse con cinco temporadas seguidas sobre los .300: .367 en 1996; .387 en 1997 con 22 jonrones y 74 remolques; .341 en 1998 con 14 toletazos; .311 con 15 jonrones en 1999 y .315 en el año 2000, mostrando la gran calidad que caracterizó la mayor parte de su estupenda trayectoria.
Siempre quedó la impresión que García era capaz de hacer lo que se propusiera en su juego. En seis ocasiones acumuló más de 100 hits en una temporada, cinco veces coleccionó más de diez robos y no sumaba más porque no lo deseaba, pero su técnica para correr, girar en las almohadillas y aceleración sobre la marcha lo situaban en otro nivel.
Ganó dos títulos de bateo con los Productores: en 1988 con .390 (254-99) y en 1989 con .400 (250-100) cuando terminó empatado con Próspero González. En dos ocasiones sumó 22 jonrones (1991 y 1997) y seis veces coleccionó más de 50 remolques, entre ellas tres de 70 o más carreras empujadas, a pesar de que usualmente bateaba adelante.
En esa etapa de finales de los años ochenta, Freddy era el bateador más sensacional del beisbol nacional. Su presencia era obligada en los medios. Incluso, en 1990 tuvo una racha de 27 juegos bateando de hit y cuando se unió al Bóer en 1992, junto a Sandy Moreno y Ramón Padilla formó el mejor trío de jardineros que ha pasado por los campos pinoleros.
Los tres eran tan buenos que eran también los patrulleros titulares de la Selección Nacional. Y el mejor torneo de García con la tropa pinolera fueron los Juegos Panamericanos de La Habana en 1991 con promedio de .387 y luego en la Copa Intercontinental de 1995 ahí mismo en Cuba terminó con .310 y ocho empujadas en nueve partidos.
Cuando se retiró en 2003 después de 18 temporadas y 1,194 juegos, lo hizo con promedio vitalicio de .317, con 1,386 hits, 226 dobles, 58 triples, 129 jonrones y 121 robos. Anotó 804 carreras y empujó 730, mientras jugada una defensa extraordinaria y exhibía un brazo por encima del promedio para el beisbol pinolero. Un peloterazo, sin duda alguna.