El marxismo mata. Y mata en grande. Basta asomarse al siglo XX para ver cómo esta ideología, madre del comunismo, ha sido causante de los mayores genocidios registrados. Historiadores serios han contabilizado alrededor de cien millones de muertos. Es legítimo concluir que la letalidad de los dictadores marxistas ha sobrepasado la del propio Hitler.
Stalin, con la colectivización forzosa de la agricultura de la URSS, mató por hambre cerca de diez millones de campesinos. Solo entre 1937 y 38, durante “la gran purga”, ejecutó entre 700,000 y 1,200,000, sin incluir los incontables millones que murieron en los famosos Gulags, o campos de concentración, descritos tan bien por uno de sus sobrevivientes, Alexander Solzhenitsin, en su famoso libro testimonial El Archipiélago Gulag.
Mao Tse Tung, líder comunista de China, no se quedó atrás. Sus políticas causaron un estimado de 40 a 80 millones de muertes entre hambrunas, ejecuciones masivas y trabajos forzados. Los comunistas españoles, durante la guerra civil asesinaron a cuanto burgués, cura o monja caía en sus manos. Pol Pot, en Cambodia, provocó la muerte del 25 por ciento de su población con su represión y el brutal traslado de la población urbana al campo.
Estos estimados no captan el sufrimiento de sus víctimas ni agotan otras características compartidas por todos los regímenes comunistas: una de ellas es la crueldad en el tratamiento de sus enemigos reales o imaginarios y de sus propias poblaciones; sus sufrimientos, las torturas, prisiones o ejecuciones sin juicio, rompimiento de familias, etc. Otra es su totalitarismo, el afán de someter absolutamente todo al Estado y suprimir cualquier iniciativa individual; su inmensa labor de destrucción cultural; la supresión del pensamiento y la creatividad humana, su implacable persecución religiosa, la falsificación de la historia para borrar la identidad y creencias de sus pueblos.
Lo aquí narrado no es opinión sino son hechos documentados. Algunos pueden adolecer de inexactitudes en sus estimados, pero revelan una realidad que solo las mentes más fanáticas pueden ignorar: que el marxismo ha significado un capítulo negro para los pueblos que lo han probado. No es casualidad que los regímenes comunistas sean los únicos en la historia que han construido murallas no para contener invasores sino para que no escapen sus pobladores.
La pregunta entonces es ¿por qué? ¿Qué hay en esta ideología que la haga tan mortífera y opresiva? Como titulase Richard Weaver su libro, Las ideas tienen consecuencias, nuestras creencias y valores influyen poderosamente en lo que hacemos. En la ideología marxista leninista pueden destacarse dos ingredientes fatales: uno es su moral, su concepto de lo bueno o lo malo. Para Marx esta no viene de Dios ni es absoluta o universal sino creada por las clases dominantes para proteger sus intereses. La moral del comunista es la del proletariado. El Manual de Marxismo Leninismo de la Academia de Ciencias de la URSS expresa sus implicaciones: es bueno o legítimo todo aquello que contribuye al triunfo del proletariado, inmoral todo lo que se opone a ella. Tremendo, ¿verdad? Porque significa que ninguna conducta es intrínsecamente mala; todo depende de para qué fines sirve. Por tanto, es legítimo o moral mentir, torturar o matar, si eso contribuye al triunfo de la revolución comunista.
El segundo ingrediente es su antropología o concepto del hombre, pues esta es decisiva para la forma de verlo y tratarlo. Para el cristianismo, por ejemplo, todo ser humano es hijo de Dios, con una dignidad inviolable y titular de unos derechos inalienables, como la vida y la libertad. Para el marxismo, como credo ateo, el ser humano no es sólo el más desarrollado de los simios, sino que sólo hay de dos clases de ellos: los explotados y los explotadores, o los oprimidos y los opresores. El destino de los primeros es acabar con los segundos para imponer la paradisíaca igualdad socialista.
¿No constituyen acaso estos dos ingredientes una combinación química mortífera? Podría dudarse de ellos antes que esta ideología se aplicase, pero no después de tantas experiencias. El problema que permanece es la facilidad con que la razón humana, oscurecida por sus pasiones y debilidades, no logra muchas veces ver las implicaciones de sus creencias, o de la falta de estas. Preguntada la abuela de Solzhenitsin sobre el porqué de las calamidades de la revolución rusa, le contestó: “La gente ha olvidado a Dios, por eso todo esto pasa”.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.