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Piedra
Que no quede piedra sobre piedra. ¿Se acuerdan de esta frase? La dijo en 2008 el entonces procurador general, Hernán Estrada, en alusión a la capacidad destructiva de Daniel Ortega. Una especie de advertencia: “No lo toquen porque este hombre es capaz de todo”. Textualmente dijo: “Si el comandante Daniel Ortega dispusiera llamar a las calles, no quedaría piedra sobre piedra sobre este país y sobre ninguna emisora y sobre ningún canal (de TV) de este país, pero, gracias a Dios no lo ha hecho por la sabiduría y serenidad del gobernante que tenemos”.
Ocupación
Nicaragua enfrenta, sino el mayor, uno de los mayores procesos de destrucción de su historia. Demolida a mazazos. Que no quede piedra sobre piedra. Olvídense quienes creen que Daniel Ortega va a construir algo sobre los escombros que va dejando. Su única obsesión es sostenerse en el poder a través de la rapiña y el miedo. Como esos ejércitos de ocupación que saquean y matan sin preocuparse por el futuro del territorio invadido, a venidas cuentas ni es el suyo. Lo único que está demostrando Ortega con su demencial forma de gobernar, es que la “sabiduría y serenidad” que le atribuía Estrada, desapareció, o nunca existió, y solo quedó la bestia que siempre llevó consigo.
Gengis Kan
¡Ahí vienen! ¡Ahí vienen! Quienes hemos estado en contacto con las organizaciones e instituciones que van a ser tomadas a la fuerza, sabemos del terror que se produce en esos momentos de impotencia ante la llegada de las hordas. Más que rescatar cosas de valor monetario, se trata de poner a resguardo cosas de valor sentimental o espiritual. El Cristo que está en la pared, la imagen de la Virgen, las fotografías familiares que han pasado años sobre el escritorio de trabajo y los documentos personales, entre otras. ¡Ahí vienen! Salir apresuradamente con los que se tenga en las manos. Son las huestes de Gengis Kan aproximándose a la aldea para arrasarla. No dejar piedra sobre piedra.
Cavar la tumba
¿Qué hace que alguien cabe su propia tumba antes de que le peguen el tiro y ahorrarle así al asesino su trabajo? ¿Ganar unos minutos más de vida? ¿La esperanza de que al último minuto suceda algo que le salve? ¿Que su verdugo se arrepienta y lo perdone? En la Nicaragua de ahora, los ejecutores tienen un modus operandi similar: antes del asalto les piden a sus víctimas que le entreguen una lista detallada de todas sus posesiones. O sea, el tamaño del botín. Es hacer que sus víctimas les faciliten el trabajo de rapiña, sin tener que andar después averiguando qué tenía cada uno. ¿Tiene sentido cavar su propia tumba y ahorrarles los callos a los asesinos?
Pinky y Cerebro
Algo de enfermizo hay en ese afán de destrucción. No es normal. Existe una especie de compulsión por dañar a los otros. Y no es difícil imaginarlos como Pinky y Cerebro cuando despiertan por las mañanas. –Rosario, ¿qué vamos a hacer hoy? –pregunta uno. –Lo mismo que hacemos todos los días, Daniel. ¡Destruir a quienes podamos!… Y en ese afán destructivo, cada vez le quedan menos cosas y personas que destruir, tanto así que terminan también destruyendo a los propios ejecutores de sus destrucciones. Si no, que lo diga el Chino Enoc, Roberto Larios, Humberto Pérez, organizaciones y universidades que se pusieron la pañoleta al cuello para congraciarse y al final, igual que otros, cayeron bajo esa pasión enfermiza por cortar cuellos. Y eso debería llevar a poner en remojo las barbas de esos jueces, ministros y funcionarios que hoy sirven de mazo y mañana serán piedra.
Barbarie
Daniel Ortega es un personaje que emerge de la Edad de Piedra. Lo civilizado lo aturde. No lo comprende. ¿Qué haría un hombre de las cavernas con un teléfono celular o una computadora, por ejemplo? ¡Lo destruye! Porque no lo entiende y lo ve como una amenaza. Solo sabe depredar y destruir para sobrevivir. Así tenemos a Daniel Ortega y Rosario Murillo, declarando victoria con los pies sobre los escombros en que han convertido a Nicaragua. Para ellos, el triunfo son las ruinas. Quieren un país sin periódicos, universidades, abogados, defensores de derechos humanos, periodistas, sacerdotes, organizaciones civiles, sin más nicaragüenses que aquellos que les demuestren lealtad perruna. Que no quede piedra sobre piedra. Lo civilizado, la democracia y el pensamiento libre los aturde y les aterra. En la barbarie se sienten cómodos.
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