Crueldad con la sororidad

A la palabra sororidad se le da el sentido de “amistad o afecto entre mujeres”, y como concepto político el de “relación de solidaridad entre mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento”.

Sin embargo, en su origen sororidad era el nombre que se daba a una “congregación de monjas”, también llamadas hermanas de la caridad porque como institución nacieron con el fin de dedicarse unidas a la oración, al mismo tiempo que a practicar la caridad con las personas más necesitadas. A lo cual ellas consagran la mayor parte de su tiempo en todas partes donde existen.

De allí que a las monjas se les llame comúnmente “hermanas de la caridad” y  gocen del aprecio y el respeto de la sociedad, no solo de los creyentes sino de todas las personas de buena voluntad e incluso de los gobernantes de muchos países que les dan facilidades para que puedan cumplir sus labores caritativas, solidarias y humanitarias.

Lamentablemente en Nicaragua ocurre lo contrario. Aquí las monjas o hermanas de la caridad lo que reciben de las autoridades de Estado y Gobierno es  la cancelación de las personerías jurídicas de sus asociaciones e instituciones caritativas, el cierre de sus instalaciones, la confiscación de sus bienes y la expulsión en el caso de las que son extranjeras después de que han vivido legalmente y durante mucho tiempo en el país.

De hecho ya casi no hay monjas en Nicaragua y a las religiosas nicaragüenses que viven o están fuera el régimen les impide entrar a su propio país cuando tratan de hacerlo.

La abogada Martha Patricia Molina Montenegro, quien se ha dedicado a investigar y documentar los padecimientos que sufre la Iglesia católica de Nicaragua desde los sucesos de abril de 2018, informó el recién pasado 29 de julio que en los últimos dos años 65 monjas han sido desterradas y que además se prohibió la entrada a 6 monjas extranjeras que prestaban sus servicios en el país.

Según la mencionada investigadora católica, por lo menos 10 congregaciones de hermanas de la caridad han sido afectadas por la represión, entre las cuales menciona a  Dominicas de la Anunciata, Misioneras de la Caridad, Monjas Trapenses, Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón, Hermanas Pobres de Jesucristo y la Congregación Hijas de Santa Luisa de Marillac. De hecho son más —dice la abogada Molina—, pero por prudencia no menciona a las otras. Ellas han decidido guardar silencio y ofrecer su martirio por la conversión de quienes las acosan y maltratan.

Las hermanas de la caridad o monjas son mujeres excepcionales consagradas dentro de una orden religiosa, que llevan  habitualmente una vida monástica y se acogen a una serie de reglas, como la castidad y el celibato, la obediencia y la pobreza. Así como el aislamiento total en el caso de las monjas de clausura.

Se conoce por la historia que las monjas existen desde la época temprana del cristianismo y que los conventos de mujeres religiosas nacieron al mismo tiempo que los de varones. Fueron fundados en Tierra Santa por Paula de Roma (una noble romana convertida al cristianismo) y San Jerónimo, de quien era su discípula.

Desde entonces los conventos y órdenes religiosas se extendieron por todo el mundo cristiano y constituyen hasta hoy uno de los pilares de la Iglesia católica; dedicadas sobre todo, como se ha dicho antes, a practicar la caridad cristiana y la solidaridad humana.

De manera que son muchas las personas y familias necesitadas de Nicaragua que han sido perjudicadas por la represión contra las hermanas de la caridad. Ellas han ejecutado y las pocas  que quedan siguen ejecutando programas de atención a personas muy pobres, sobre todo ancianos desvalidos de ambos sexos y niños sin hogar, así como muchachas y mujeres humildes víctimas de la violencia doméstica y de género.

Por cierto que con sus programas y acciones caritativas esas admirables mujeres consagradas le han prestado una gran ayuda al Estado, que no puede atender a toda la gente que la necesita. Sin embargo, en vez de la gratitud y el reconocimiento oficial que merecen por su noble y sacrificada labor, el poder del Estado y del gobierno las ha tratado con la ingratitud más grosera que puede haber, como es la represión de la caridad, la solidaridad, la fe y el amor al prójimo que es amar a Dios.   

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