Tomás Moro fue decapitado por Enrique VIII, rey de Inglaterra, por su fidelidad a su fe católica. Monseñor Rolando Álvarez fue condenado a 26 años de prisión por Daniel Ortega, dictador de Nicaragua, por lo mismo. Ambos, guardando las distancias y diferencias, son ejemplo del testimonio heroico de los millares de católicos que, a través de los siglos, han preferido sufrir antes que abdicar de sus principios.
La ejecución del primero, recordada apenas cuatro días atrás, ocurrió el 6 de julio de 1535. Moro era un prominente abogado que seis años atrás había sido nombrado canciller del reino. Era también un católico muy devoto, por lo que no estuvo de acuerdo con el rey cuando este decidió divorciarse de su legítima esposa, Catalina de Aragón, y casarse con Ana Bolena. El papa Clemente VII tampoco lo estuvo y se negó a otorgarle el acta de disolución, por lo que Enrique VIII decidió romper con Roma y exigir a todos los ciudadanos jurar el Acta de Sucesión que reconocía su nuevo matrimonio y su autoproclamación como jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra.
Como ocurre siempre en la historia, esta exigencia creó grandes tensiones y fracturas dentro de los católicos. La mayoría, temiendo las represalias firmaron el acta. Otros se negaron, entre ellos los monjes cartujos de Londres. El castigo fue inmediato y severo para que sirviera de advertencia: unos fueron ahorcados y desmembrados, otros puestos en la picota, y otros matados de hambre. Otro que también resistió y fue ejecutado fue el obispo de Rochester, Juan Fisher.
¿Qué haría entonces Tomás Moro? Amigos y familiares le decían que su juramento podría pasar inadvertido y así conservar su vida y hacienda. Era una alternativa tentadora, sobre todo para un hombre con familia y con uno de los puestos más altos de gobierno. Sin embargo, pesó más su fidelidad a la Iglesia católica romana. Cuando dimitió de su cargo reunió a su familia para exponerles el futuro que les aguardaba: “He vivido –dijo, resumiendo su carrera– en Oxford, en la hospedería de la Cancillería… y también en la Corte del rey…, desde lo más bajo a lo más alto. Actualmente dispongo de poco más de cien libras al año. Si tenemos que seguir juntos, todos deberemos aportar nuestra parte… y si ni siquiera pueden sostenerse en el nivel más bajo, entonces –les dijo con paz y buen humor– todavía nos queda ir juntos a pedir limosna, con bultos y bolsas, y confiar en que alguna buena persona sienta compasión de nosotros (…), pero aun entonces nos mantendremos juntos, unidos y felices”.
Mantenerse junto no fue opción para Moro pues pronto fue arrestado y presionado a doblegarse so pena de ejecución. Mas él siguió firme. Sabiendo que iba a morir escribió en una plegaria: “Dame, Señor mío, un anhelo de estar contigo, no para evitar calamidades de este pobre mundo, y ni siquiera para evitar las penas del purgatorio, ni las del infierno tampoco, ni para alcanzar las alegrías del cielo, ni por consideración de mi propio provecho, sino sencillamente por auténtico amor a Ti”.
Hoy Tomás Moro está en los altares como un santo laico que muestra a los hombres y mujeres inmersos en las tareas del mundo, cómo ser fieles a su vocación de cristianos a pesar de los costos o presiones adversas que puedan sufrir.
Monseñor Rolando es otro ejemplo inspirador de ese talante. Él podría haber callado en lugar de reclamar, desde el púlpito, el respeto a los derechos humanos de su pueblo. Él podría haber optado por el exilio, en lugar de permanecer en la dureza y soledad extrema de una celda. Pero al igual que Moro escogió la senda más estrecha en coherencia con sus convicciones. Al igual, provocó las iras de los poderosos, que odian con especial encono a quienes no doblan la rodilla ente sus exigencias: 26 años de cárcel dictadas sin juicio ni proceso a las pocas horas; la pena más alta propinada a cualquier opositor; una especie de decapitación civil.
A ellos le acompañan también la multitud de sacerdotes, religiosos y religiosas, que han sido castigados con el ignominioso destierro por haber servido a Cristo junto con la multitud de laicos que lo han sido por defender la justicia y la libertad. Su sacrificio es un abono que hará fructificar la nueva Nicaragua.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.