La semana pasada me fui a la cama contento después de mi oración cuando leí los rumores de la salida de monseñor Rolando Álvarez de la cárcel La Modelo y que sería enviado a Roma como parte de esas negociaciones. No sé qué ocurrió, y luego la noticia giró drásticamente. Las informaciones viraron a que monseñor se negaba a abandonar Nicaragua. Es la segunda ocasión que sucede, reafirmando su compromiso con el pueblo. Y admito que me he cuestionado por qué va contra toda lógica del ser humano, por qué simplemente no sale y se preocupa por su salud, su integridad, dejando a un lado sus convicciones por su bienestar, pero inmediatamente recapacito y entiendo que Dios es el único que traza el camino de Álvarez. Nadie puede cuestionar una decisión de fe, de esa comunicación directa que tiene con Dios a través de sus oraciones.
Creo que muchos nicaragüenses no están conscientes del significado que tiene monseñor Rolando Álvarez para el pueblo de Nicaragua. Como otros sacerdotes del país ha cruzado las balas por ayudar al prójimo, ha socorrido enfermos, proliferado el mensaje de Dios a través de su ejemplo, ha generado esperanza dentro de la cárcel y, probablemente, sin pretenderlo ha ocasionado un derrumbe político de los gobernantes de Nicaragua. Su injusta presencia en prisión es el símbolo de un sistema de poder político sucio y en decadencia. Y repito, monseñor nunca ha buscado eso, simplemente no se va del país porque ahora podemos entender que la misión de Dios en su vida es identificarse con los pobres, las personas que sufren, los desprotegidos y llevarles un mensaje de esperanza y alivio, el cual ha traspasado barrotes.
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Si no tenemos la misma sintonía de fe que monseñor Álvarez no podremos entender su decisión. Así como muchos no entendían la misión de monseñor Oscar Arnulfo Romero cuando en sus homilías denunciaba las violaciones a los derechos humanos en El Salvador o la decisión del Padre Damián, ese sacerdote que fue a Kalaupapa en Hawái, conocida como la Colonia de la Muerte porque albergaba a todos los enfermos de lepra, sin embargo, su misión era que los enfermos se reencontraran con Dios y salvaran su alma antes de morir. Damián murió de lepra, pero ayudó a que cientos salvaran su alma.
Así que muchos ahora no ven el sacrificio de monseñor, pero es esa luz encendida y que por más que han querido apagarla, se sostiene firme a sus convicciones, firme a su mandamiento con Dios y firme a ir contra todo pronóstico, confiando en la fe, porque sabe que puede mover montañas.