Nostalgia. Eso es lo que fácilmente se puede sentir cuando uno compara los discursos de nuestros mandatarios con los de otros jefes de Estado. Eso fue lo que sentí hace poco tras leer el reciente discurso inaugural (29 de mayo) del nuevo presidente de Nigeria, Bola Ahmed Tinubu. Comparto con el lector algunos párrafos de este invitándolo a que se pregunte, después de cada uno: ¿oiría algo semejante en boca de nuestra pareja gobernante?
En uno de ellos anuncia cómo gobernará: “Nuestra administración va a gobernar en beneficio de ustedes, pero nunca para mandar sobre ustedes. Consultaremos y dialogaremos, pero nunca dictaremos. Nos dirigiremos a todos, pero nunca descartaremos a una sola persona por tener opiniones contrarias a las nuestras”. ¿Oiríamos algo así en Nicaragua? Luego siguen otros: “El resultado de estas elecciones reflejó la voluntad del pueblo. Sin embargo, mi victoria no me hace más nigeriano que mis oponentes. Tampoco los hace a ellos menos patriotas. Ellos serán siempre mis compañeros compatriotas, y los trataré como tales”. Otro más: “Agradezco a nuestros votantes su apoyo. A quienes no lo hicieron les extiendo mi mano por encima de las divisiones políticas. Les pido estrecharla en nuestra afinidad y hermandad nacional. Para mí los colores políticos se han despintado. Todo lo que veo son nigerianos”. El presidente Ahmed Tinubu remata estos llamados con una invitación a su audiencia: “Comprometámonos hoy todo nuestro ser a poner a Nigeria en nuestro corazón como el hogar indispensable de cada uno de nosotros, independientemente de nuestro credo, etnia, o lugar de nacimiento”.
Como parte de lo anterior también llamó a reconocer —en lugar de despreciar— el legado de las administraciones anteriores: “Jamás debemos permitir que los esfuerzos de quienes nos precedieron se diluyan en vano, sino que florezcan y traigan consigo una realidad mejor”. Luego insistió: “Estamos aquí para promover, reparar y sanar esta nación, pero no para partirla o herirla”.
El presidente nigeriano no desconoció los intentos de algunos opositores de invalidar el proceso electoral recurriendo a los tribunales, pero en lugar de condenarlos o descalificarlos dijo: “Ellos (sus opositores) representan sectores importantes e intereses que la sabiduría no osaría ignorar. Ellos han llevado sus quejas a las cortes. Buscar la rectificación legal es su derecho y yo plenamente defiendo que ejerzan este derecho. Esa es la esencia del Estado de derecho”.
Con estas palabras el presidente africano afirmaba que la esencia del Estado de derecho es asegurar el libre e igual acceso a la justicia a todos los sectores, incluyendo los adversarios.
¿Encontraremos expresiones semejantes en los discursos de nuestra pareja gobernante? La repuesta la sabe quienquiera que los haya escuchado y da pie a la nostalgia. Porque en los cansones y sombríos discursos de él, nunca vemos que extienda la mano a sus adversarios o les reconozca su calidad de compatriotas. Su nota dominante es el odio: a la oposición, a Estados Unidos, a la Unión Europea, a la Iglesia, a las oenegés, a sus predecesores: En ellos no hay valor alguno. Los primeros son “hijos de perras”, “traidores”, “agentes del imperio, terroristas”, etc.; los segundos son solo imperios rapaces, a quienes recuerda constantemente sus pecados reales o ficticios de hoy y de hace siglos; la Iglesia local es un puñado de golpistas lavadores de dinero y cómplices de los terroristas, mientras los cardenales, obispos y el Vaticano, son “una mafia”; las administraciones anteriores fueron villanos neoliberales que no hicieron más que explotar al pueblo y venderse a los imperialistas.
Ella no se queda atrás. Haciendo gala de una verborrea repetitiva, con una sobredosis de adjetivos, habla de Dios y amor, mientras propina a sus adversarios una letanía de insultos donde reverbera un odio intenso. Baste como botón de muestra sus palabras al embajador de Estados Unidos: “Renuncie, señor Sullivan, a querer imponer su vulgar, rastrera, aberrante, insolente, innoble, abominable y decadente política yanqui…”
Da nostalgia pues, ver este contraste: pensar lo insólito que sería oír a nuestros gobernantes expresando los mensajes radiantes de inclusión, hermandad y civismo, del presidente africano recién citado. Pero es una nostalgia que debe motivarnos a buscar, sin perder la esperanza, a que llegue el día en que alumbre de nuevo el sol y la fragancia del lenguaje de amor reemplace al hedor del lenguaje de odio.
El autor es sociólogo e historiador. Fue ministro de Educación.