Contemplar, imitar y reparar

El corazón de una persona es un símbolo de su vida interior, de sus sentimientos y emociones más profundas. Usamos expresiones como “tiene un gran corazón” para referirnos a una persona generosa, noble y entregada a los demás o “me ha abierto su corazón” para significar que una persona nos ha confiado cosas muy íntimas.

El Sagrado Corazón de Jesús es, pues, un símbolo de su vida interior caracterizada por un amor incondicional al Padre y a todos los hombres. Y a este Corazón podemos y debemos aproximarnos, al menos, por tres caminos: como contemplativos, como imitadores y como reparadores.

Contemplar el Corazón de Jesús significa profundizar en el conocimiento y en la experiencia de la riqueza insondable de su amor.

Como nos dice San Pablo “que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios”. (Ef 3,17-19)

Este amor de Jesús, que se nos manifiesta en las Escrituras y en los sucesos cotidianos de nuestra vida, está ahí, paciente, ardiente, expectante, pero nosotros no sabemos reconocerlo.

Hemos de aprender a recostarnos, como San Juan, sobre el pecho del Señor para escuchar los latidos de su Corazón y sacar de Él con gozo las aguas  de la salvación, las únicas que pueden saciar plenamente nuestra sed.

Pero debemos ser también imitadores del Corazón de Jesús, buscando configurar nuestro corazón al suyo, como decimos: “Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo”. Esta es la meta de la vida cristiana: llegar a sentir y amar con Cristo y como Cristo.

¿Pero cómo ama Cristo?… Se trata de un amor marcado por el dolor y el sufrimiento producidos por el pecado, la ingratitud, la indiferencia y la falta de correspondencia de los hombres.

Esto aparece en la cruz clavada en la parte superior del Corazón y en la corona de espinas que lo rodea. Es un amor ardiente, apasionado, puro y luminoso como aparece en las llamas de fuego que incendian la cruz y que representan al Espíritu Santo.

Es un amor fecundo, que engendra la vida e ilumina el mundo. Esto aparece en la luz que todo el corazón irradia hacia afuera y, sobre todo, en la herida de su costado de la que fluyen el agua y la sangre, es decir, los sacramentos por los que Cristo comunica su vida a la Iglesia. (Jn 19,34).

Conformamos nuestro corazón al Corazón de Jesús cuando amamos como Él ama: con un amor que no busca la autocomplacencia, sino que es capaz de seguir amando a pesar de la ingratitud y el desprecio.

Y así, unidos íntimamente a Cristo, somos abrasados en el fuego del Espíritu Santo y nos convertimos en luz y vida para el mundo. Cruz, amor y vida o, si preferís, sufrimiento, espíritu y fecundidad, son tres palabras indisociables que hemos de aprender a conjugar.

Finalmente, como decíamos al principio, hemos de ser reparadores del Corazón de Jesús, correspondiendo a su amor con todas nuestras fuerzas.

Este es el gran drama de la humanidad: Jesús nos ofrece un amor sin medida que es fuente de paz, vida y salvación, y nosotros permanecemos fríos e indiferentes ante Él. San Francisco de Asís decía: “El amor no es amado”.

De la conciencia de esta realidad tan dramática surge el espíritu de reparación, el deseo de reparar las ofensas, ingratitudes e indiferencia hacia Jesús, especialmente en su presencia en el Santísimo Sacramento, manifestación permanente y suprema de su entrega incondicional por nosotros.

Queremos amar, alabar, adorar, agradecer y bendecir a Jesús en reparación por quienes no lo hacen. Queremos reconocerlo como dueño y señor de nuestras vidas por aquellos que no lo reconocen.

Queremos obedecer sus mandamientos y construir su reino de paz y de amor en reparación por quienes trabajan solamente por satisfacer su egoísmo. Queremos, en definitiva, corresponder a su amor para consolar su Sagrado Corazón herido por tanta ingratitud.

Jesús, danos a conocer los tesoros de tu Corazón y enciende tan vivamente en nosotros el fuego de la caridad que seamos siempre para ti fuente de alegría y de consuelo.

El autor es sacerdote católico.

Opinión
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