Gracias por el ángel que pusiste para que me cuidara el día en que me enviaste a mi cuna. Tu ángel ha seguido fielmente tus instrucciones. Siempre me habló con dulzura, sin alzar su voz.
Con mucha paciencia, palabra por palabra, me enseñó a hablar; paso a paso, me enseñó a caminar. Como vos prometiste, juntó sus manos con las mías y me enseñó a rezar. Me cobijó cuando tuve frío. Me arrulló cuando no podía dormir. Puso su mano sobre mi frente cuando tuve fiebre. Me ayudó a tomar las medicinas amargas que me recetó el pediatra.
Gracias por haber permitido que ese ángel me acompañara por tanto tiempo. Gracias porque tantas veces dejaste que me sentara con ella en el escaño rústico que nos dejó mi padre, ese otro ángel, debajo del palo de mango; para bromear, conversar o quedarnos en silencio viendo venir el crepúsculo tropical en las tardes de Managua.
Gracias por haberle conservado la lucidez de su mente hasta el final. Gracias por permitirme repetirle a cada rato que la quería mucho. La llamaste a tu reino cuando a sus ciento y un años era ya imposible vivir más. Gracias por tenerla en tu reino.