No hay por qué separar la justicia del boxeo con el negocio, podrían convivir. Ahora se debería estar hablando del futuro de Lomachenko contra Gervonta Davis o si pensar en Ryan García o en una revancha contra Devin Haney, pero el negocio pudo más que “el noble arte” al punto de devorarlo. Es inútil tratar de entender lo que vieron los jueces en Las Vegas porque no tiene explicación deportiva, si económica.
Se calcula que Lomachenko ganó alrededor de cinco millones de dólares y Haney cerca de ocho millones y que la arena del MGM estuvo con casa llena (14 mil personas), eso es un claro indicio de lo mucho que generan ambos pugilistas, el problema es que Haney tiene 24 años, era el invicto en 29 peleas, tenía los cuatro títulos de las 135 libras y se colocaría como la estrella de las 140 en un futuro cercano. Lomachenko era la oveja negra, el “anciano” de 35 años, que ya es un Salón de la Fama a un paso del retiro, que es de un país en guerra, que no genera millones como el estadounidense, y la ecuación era sencilla: rounds cerrados para el campeón. Ambos tienen al mismo promotor, el veterano Bob Arum, y al ucraniano ya lo exprimió como debía, ahora es el tiempo de Haney.
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En 2020 cuando Lomachenko perdió contra Teófimo López fue duro acusando a los jueces de soborno tras tres tarjetas sin sentido en Las Vegas, pasaron tres años en que no peleaba en esa ciudad y ganó tres combates sin problemas, hasta volver al mismo infierno.
Los que mueven los hilos del negocio entienden que la historia es cíclica y estas decisiones pasan y se disipan con el tiempo. Ya se nos olvidó del robo de Romero sobre Barroso, el “viejo” de 40 años dándoles lecciones de boxeo al joven campeón y como el camino estaba empinado detuvieron las acciones ante la sorpresa de miles.
Así que el negocio devoró al boxeo, pero no ahorita, sino desde hace mucho, lo que pasa es que nosotros somos tan ingenuos que cada fin de semana volvemos a encender la pantalla esperando justicia en cada pelea.