Creer en Jesucristo nos conduce a llevarlo a nuestra vida. La Resurrección de Jesús es cuestión de amor, como lo han sido su pasión y su muerte. Es el amor, “Dios es amor”, la realidad que está al principio de la historia de la salvación, quien la guía y la lleva a su plenitud.
Por eso puede decirnos Jesús: “Si me aman, guardarán mis mandamientos, es decir: El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”. Los cristianos tenemos que ver todas las cosas con ojos de amor, es decir, con los ojos del corazón (Ef 1,18).
Los que han aceptado a Jesús en su vida, como Felipe, Pedro y Juan, anuncian con palabras, oraciones y hechos el reino de Dios, el reino de la vida y, por eso, la ciudad se llena de alegría. (Hch. 8,5-8.14-17).
Es, por tanto, el Espíritu de vida, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos, el que ahora actúa dando vida a otros por medio de los discípulos. . Los cristianos se convierten en un instrumento para que el Espíritu pueda regalar la vida. ¿Somos nosotros los creyentes instrumentos del Espíritu?
La tarea no es nada fácil, pues es mejor padecer haciendo el bien que padecer haciendo el mal. (1Pe 3,14).
Vivir lo que se cree es un valor para la primera comunidad cristiana y donde se nos propone la conducta como una forma de evangelización. Por eso tenemos que estar listos para dar razón de nuestra esperanza y hacer en todo y siempre el bien y no el mal.
En un mundo donde sobran las palabras y hablan los hechos, nuestra esperanza toma cuerpo en nuestras actitudes y comportamientos en la vida cotidiana. La esperanza, motor de vida en un mundo desesperanzado, actúa por medio de hombres y mujeres que viven con una conducta llena de esperanza, a pesar de las fragilidades y errores personales y sociales.
Esa conducta esperanzadora es lo que nos dice Pedro: Mejor es padecer haciendo el bien que padecer haciendo el mal. Tanto el actuar bien como el actuar mal lleva un padecer. Sin embargo, el bien actuar conlleva la solidez humana mientras que el mal actuar conlleva la miseria humana. El padecer permanecerá, pero será vivido de maneras distintas. (1Pe 3,15-16).
Jesús va camino al cielo, deja su Testamento a sus discípulos. En este Testamento, Jesús propone unir nuestra vida con su vida, guardando sus mandamientos. (Jn 14,15).
Estos mandamientos han quedado sintetizados en el mandamiento del amor. Y el amor se expresa en las acciones, se adapta a cada situación, sabe discernir qué es lo bueno, lo bello, en ese momento.
Y quien une su vida a la vida de Jesús, recibe lo que Jesús pide al Padre que nos envíe: el Espíritu, el consolador. Es el que nos defiende del enemigo, de aquel que roba la vida. Este defensor que nos protege de la muerte, de la no-vida, es el Espíritu de la Verdad. (Jn 14,16-17).
Este Espíritu es la fuerza que nos lleva a ser verdaderos, auténticos. El hombre auténtico es aquel que transparenta en su vida lo que le caracteriza como persona: el amor. Lo que caracteriza al hombre es el amor, el buscar el bien.
Todo lo que no sea amar, buscar el bien, es una mentira. Pero hemos de afrontar una realidad de nuestro mundo: en un mundo donde la mentira campea, la verdad se paga a precio de sufrimiento.
Frente al poder de la mentira, del dinero, de la muerte, de la no-vida, de la falsedad y el vivir de apariencia… la verdad se presenta como el mejor acto de amor a nuestro mundo.
El autor es sacerdote católico.