Tratando de entender a los Ortega-Murillo

No todo lo que hacen los Ortega Murillo es lógico o racional ni obedece a un plan preconcebido o al cálculo político. No obstante, hay analistas que así lo creen: asumen que todas sus acciones tienen una racionalidad política; que, aunque no se les vea utilidad aparente, en el fondo obedecen a la implementación gradual de una estrategia. Y es así porque piensan que todas las personas, sean malas o buenas, se guían por la razón para encontrar los medios más eficaces de lograr sus objetivos. Un Al Capone escogerá medios que le aseguren el dominio de la mafia. Un Francisco de Asís aquellos que le ayuden a evangelizar.

El problema con esta óptica es que no tiene suficientemente en cuenta que el ser humano no siempre se guía por consideraciones lógicas. ¿Acaso la historia de la humanidad no es la mejor demostración de cómo la irracionalidad de líderes y colectividades enteras han causado guerras absurdas, destruido naciones y llevado a la ruina a sus propios patrocinadores? Y no porque fueran brutos, sino porque sus inteligencias fueron nubladas o cegadas por pasiones, ideologías, u otros factores de orden preternatural.

La psiquiatría, la literatura y la teología han corroborado esta realidad desde sus respectivos dominios. Freud demostró el tremendo rol que juegan los factores inconscientes y de cómo tendemos a racionalizar o a buscar explicaciones lógicas a conductas que proceden de impulsos irracionales. Dostoievski ilustró magistralmente cómo motivaciones malvadas animan los actos de muchos hombres, como el terrible burócrata, en Notas del subsuelo, que gozaba mortificando con mil exigencias innecesarias a los que atendía.

La teología cristiana, por su parte, ha explicado cómo el pecado original debilitó la racionalidad y voluntad del hombre dejándolo propenso a sucumbir a sus pasiones —odio, lujuria, etc.—  y a las tentaciones de satanás.

En el caso concreto de los Ortega Murillo, habría que estar abiertos a considerar el papel que factores irracionales como estos pueden estar jugando en sus actuaciones, particularmente en aquellas que no les pueden beneficiar, desde cualquier ángulo que se les analice, pero si perjudicar. Aquí cabe advertir que ningún jefe de Estado inteligente, por atrincherado que esté en el poder, haría acciones que multipliquen innecesariamente sus enemigos o perjudiquen su prestigio. Aumentar simpatías es siempre mejor que aumentar antipatías. Ignorar esta regla es señal de estupidez, de narcisismo extremo, o desorden mental.

La expulsión de las monjitas, abordada en mi artículo pasado (“Las Monjitas y el Diablo”), es solo el caso más flagrante de acciones irracionales, cero ganancias y muchas condenas. Hay otros. Uno fue el insulto al santo padre cuando Ortega llamó al clero, cardenales y al Vaticano entero, “mafia”, algo que ningún presidente ha osado decir. De aquí que el papa haya comentado que había en Ortega algún “desequilibrio” y luego atribuirle comportamientos parecidos a los de Hitler y los comunistas rusos. ¿Fue beneficioso para el gobierno cosechar semejante comentarios del jefe supremo del catolicismo, persona reverenciada en todo el mundo, y luego suspender relaciones con la Santa Sede?

Otro caso es el arresto del obispo Álvarez y, sobre todo, su condena intempestiva y a todas luces vengativa a 26 años de cárcel. ¿Qué mente sensata en el mundo puede justificar esta acción? Luego están los exabruptos contra jefes de Estado y embajadores que se han atrevido a criticar a la pareja. La respuesta de esta ha sido vitriólica: al presidente Boric, por ejemplo, lo acusaron de “traidor” vendido al imperialismo. Pueden añadirse también otras medidas como el cierre innecesario de un Cosep que ya estaba sometido y callado, el creciente aislamiento internacional, y la peligrosa amistad con un país terrorista como Irán, que poco le puede aportar a Nicaragua.

Algunos podrán pensar que existan razones de tipo estratégico detrás de algunas de estas y otras actuaciones. Pero no debe descartarse la posibilidad de que factores irracionales como el odio (la nota dominante de los discursos del comandante) la fobia antirreligiosa (tan grata a satanás), y el afán infantil de confrontación contra Occidente, estén diseñando la agenda del gobierno, y, de paso, cavando su propia tumba. La historia lo enseña continuamente: los irracionales terminan mal.

El autor, el expatriado doctor Humberto Belli, fue ministro de educación y es sociólogo e historiador aficionado. Publicó el libro “Buscando la Tierra Prometida; historia de Nicaragua 1492-2019, disponible en librerías locales y en Amazon.

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