El lunes de esta semana (10 de abril de 2023) LA PRENSA publicó un trabajo periodístico sobre las personas que forman parte del cuerpo diplomático de Nicaragua, acreditadas en el exterior.
La información muestra opiniones de diplomáticos nicaragüenses que están fuera de servicio y que son opositores a juzgar por el hecho de que no dan a conocer su identidad por la situación política imperante en Nicaragua. Ellos dicen que, aparte de unos tres diplomáticos reconocidos que prestan servicio en otros países, prácticamente todos los demás son “personas desconocidas, sin hojas de vida destacadas…” Están allí, aseguran, solo por su fidelidad al partido FSLN, o porque son parientes cercanos de miembros de la cúpula gubernamental.
Se suele decir, y con razón, que los diplomáticos que prestan servicio en otros países son la cara de la nación ante el mundo, muestran en el extranjero la educación, la cultura, el desarrollo y la identidad nacional de los nicaragüenses. Por lo tanto, deben ser personas idóneas tanto profesional como cultural y moralmente. Aunque en la práctica no sea precisamente así.
En realidad, a pesar de que existe una Ley del Servicio Exterior que fue dictada en tiempos del presidente Arnoldo Alemán, la cual señala los requisitos que debe reunir la persona escogida para representar a Nicaragua en el exterior, de hecho no se cumplen sus disposiciones principales.
La Ley dispone que en general el personal de servicio en el exterior debe ser egresado de una Academia Diplomática, pero de esta ni siquiera se sabe si funciona. Además, dicha Ley le permite al jefe del Estado nombrar embajadores y otros cargos de representación del país en el extranjero, que no sean diplomáticos de carrera o profesionales. Como se dice en el Artículo 11 de la Ley de Servicio Exterior: “Los Embajadores, Representantes Permanentes y Cónsules Generales podrán ser funcionarios de carrera o de la confianza del Presidente de la República”.
Es cierto que en todos los países se nombra a embajadores y otros cargos diplomáticos relevantes por motivos políticos y no porque sean de carrera. Pero son casos excepcionales.
Al respecto el maestro chileno de la diplomacia, Eduardo Jara Roncati, dice en su tratado sobre La función diplomática que “el principio universalmente aceptado es que cada Estado Soberano tiene plena libertad y autonomía para designar a sus Jefes de Misión en el exterior. Se trata de un acto de la competencia interna de cada Estado y así está reconocido por la reglamentación internacional. Sin embargo —precisa— tal elección debe ser hecha cuidadosamente y hay que estudiar sus características, su vida personal y profesional, en función del país donde será acreditado. Igual cosa debe ocurrir respecto de su cónyuge”.
Por su parte, el catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid, Rafael Carduch Cervera, dice en un estudio sobre la materia que los orígenes de la diplomacia son tan antiguos como la historia de las propias sociedades humanas. Y que por mucho tiempo las relaciones diplomáticas y los nombramientos de las personas que las practicaban, lo decidían arbitrariamente los jefes y caudillos.
Sin embargo, con el paso del tiempo y el progreso surgió la necesidad de mejorar el contenido y las formas de las relaciones diplomáticas. “Evidentemente —advierte Carduch Cervera—, la diplomacia actual presenta sustanciales diferencias de aquellas ‘prácticas diplomáticas’ sustentadas por las comunidades primitivas. Sin embargo, hoy, como ayer, las relaciones diplomáticas forman, junto con la guerra, el comercio y la comunicación, el sustrato esencial de una sociedad internacional cuyo entramado de relaciones y actores ha experimentado una constante y creciente complejidad a lo largo de la historia”.
Eso significa que no cualquiera es apto para desempeñar tareas de tanta delicadeza y complejidad, como son las diplomáticas. Salvo, por supuesto, en las “repúblicas bananeras” y los Estados autocráticos, tribales y de clanes familiares.