Tamara

Aunque todos sabíamos que existían, las redes sociales han puesto en evidencia que en el mundo hay demasiadas personas malas. Siempre han estado ahí, pero ahora tienen además un altavoz permanente para que nos enteremos de que existen. Y no hablo solo de malos en un sentido que implique consecuencias penales, sino desde una perspectiva puramente ética y moral. Cuando Tamara Dávila se sentó ante una mesa en la OEA y brindó uno de los discursos más emocionantes que se hayan oído en años en cualquier foro público, rápidamente saltaron los consabidos cobardes, casi siempre agazapados en sus patéticos apodos, para recordarle que el feminismo, la izquierda y la defensa de los derechos humanos no les parecen causas justas a ellos. Y no berreaba solo el barullo de troles que siguen atrapados en el rojo y negro usurpado por la mafia gobernante, sino también otros supuestos compañeros de viaje que se dicen defensores del azul y el blanco.

Se presentó Tamara como mujer y madre, que son dos maravillosas razones para existir. Pero inmediatamente justificó por qué estaba presente en aquel foro: ha sufrido secuestro y un juicio y condena ilegales. Catorce meses en una celda en casi total confinamiento después de una violenta detención en su casa, golpeada por agentes de policía hasta sangrar. Con restricciones alimentarias, sin libros, sin cuadernos para escribir. Con sus familiares represaliados y en constante vigilancia. Y ahora que puede volver a pisar las calles, sufre expatriación, destierro y exilio, que es otra forma de secuestrarle su libertad.

El video que publicó LA PRENSA del discurso completo de Tamara, que toda persona decente debería ver y escuchar varias veces, dura exactamente siete minutos y quince segundos. En todo este lapso sobrevuela la presencia de su hija, de quien se le impidió tener no ya contacto físico o visual, sino una sola noticia sobre su estado de salud durante meses. También esa hija de cinco años estuvo presente en el asalto armado al domicilio y sufrió el expolio de algunos de sus objetos personales. Es el modus operandi del régimen: nadie debe sentirse a salvo en un país gobernado con mano desquiciada.

El testimonio de Tamara, siendo absolutamente personal, tiene la virtud de encaramarse como una hiedra por encima de la mediocridad y saltar sobre los muros del Chipote y del resto de cárceles de Nicaragua. Sus palabras de resistencia son las de todas las personas que han sufrido torturas y procesos paralelos, sin distingos de ideología, creencias o razones profundas. A algunos opinadores sin trabajo les debe molestar el empoderamiento femenino, ese que desbordó también los salones de la OEA y se incrustó como una losa en las mismísimas entrañas de El Carmen. Y es que saben que gente como ella, con su dignidad inquebrantable, deberá tener las máximas responsabilidades en la Nicaragua del futuro, si el país aún se respeta lo suficiente a sí mismo y se supera por fin la eterna disputa entre puros y manchados, entre los que se creen dueños de la verdad y los que, provenientes de familias sandinistas, han enfrentado su pasado con el mayor de los orgullos sin olvidar sus principios y su lucha por un país mejor.

El día 7 de abril, Tamara pudo abrazar de nuevo a su hija. Las imágenes del reencuentro pertenecen al reino de lo indecible, ese que se construye con los fragmentos dispersos del amor. La felicidad que transmiten es tanta que duele a los ojos ajenos. Pero llegar a ese instante supone recorrer un túnel de terror, ese que duró más de un año para ella y cuyos responsables siguen pendientes de ser juzgados como corresponde. Ese otro tipo de malos, que sí cargan muertos por los que tendrán que responder algún día, no dejan comentarios de odio en Twitter: les basta con usar sus armas y su represión para conservar, ya por poco tiempo, sus últimos rescoldos de poder.

Siete minutos y quince segundos. No más. Les dejo una tarea sencilla por hacer: superpongan este concentrado de sabiduría y clarividente oratoria con los miles de discursos huecos y palabrería vana de una señora que habla y escribe todos los días en Nicaragua en los medios oficiales, con su ortografía absurda y su sintaxis amorfa. La comparación es casi perversa: es la distancia entre la pureza semántica que surge del corazón de Tamara y la banalidad de una escribiente frustrada que pasa los días y las noches esperando su juicio final. Y la certidumbre de que nunca los malos, ya sean los exaltados de las redes o los criminales que cargan impunemente sus AK-47 por las plazas y avenidas, podrán alcanzar la dignidad de Tamara frente al mundo, con su voz rota por la emoción, pero con su conciencia tan limpia y tan clara ante su propio ejemplo de vida. Ese debe ser su dolor más profundo.

El autor es ciudadano español.

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