Una Semana Santa en la que la tribulación aviva la fe

A pesar de la hostilidad gubernamental hacia la Iglesia católica —y en estos días particularmente a la celebración de las tradicionales y populares procesiones de Semana Santa—, los católicos no se han ausentado de los templos ni dejado de participar en los servicios religiosos de esta temporada solemne.

Por el contrario, debido a la tribulación que sufre la Iglesia por la situación política del país, la fe de los creyentes parece haberse avivado y fortalecido y han acudido masivamente a los templos de oración.

En realidad, es bien sabido que el sufrimiento humano físico o moral (y político en el caso que nos ocupa), afirma las creencias religiosas de las personas creyentes, las acerca más a su fe y a invocar a sus imágenes sagradas, en el caso de los católicos. Así adquieren la fortaleza espiritual necesaria para soportar los infortunios, para sustentar la esperanza en que lo malo es pasajero y que vendrán tiempos mejores.

El profesor universitario de ciencias políticas, doctor Andrés Pérez Baltodano, en algunos de los artículos que publica regularmente en LA PRENSA, analiza el fenómeno de la espiritualización religiosa de la generalidad de los líderes políticos que sufrieron larga y penosa prisión. Y llama la atención acerca de la religiosidad de la política.

Los mismos dirigentes y activistas políticos han declarado, después de ser excarcelados, que la fe religiosa y la oración les ayudó decisivamente a soportar el martirio carcelario, a mantener la esperanza en su liberación y  la firme convicción en que la causa democrática que defienden y propugnan, triunfará tarde o temprano.

De manera que hay una fuerte impregnación de religiosidad en la política opositora, la cual, por ser democrática tiene que ser laica, independiente de cualquier institución y confesión religiosa.

A la institución de la libertad y la democracia le corresponde el Estado laico, que bien entendido y gestionado, como escribe el enciclopedista político Rodrigo Borja, garantiza la independencia de los poderes públicos frente a la influencia religiosa y eclesiástica. Y a la vez asegura el respeto del poder estatal y de los ciudadanos, a las ideas y prácticas religiosas de la gente.

El Estado no debe ser antirreligioso, pues si lo es resulta tan nefasto como el Estado teocrático. Esto se ha visto tanto con los Estados comunistas ateístas como con los Estados teocráticos islámicos, el de Irán en particular. En ambos casos el poder estatal atropella la libertad de religión, el derecho de cada quien a tener la creencia que quiera que es absolutamente indispensable para la convivencia humana civilizada y pacífica.

 Volviendo a la Semana Santa, a nuestro juicio es una gran noticia que la fe de los católicos nicaragüenses se fortalezca en estos días, aunque solo puedan participar en los oficios religiosos dentro de los templos.

En las actuales circunstancias, el avivamiento de la fe es un escudo para la protección espiritual y el sostenimiento de la esperanza de los creyentes, mientras pasa la tribulación y llegan tiempos mejores para la Iglesia católica y para todos los nicaragüenses.

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