Negociar con locos

El papa Francisco ha puesto sobre la mesa, durante una entrevista ofrecida al medio argentino Infobae, un tema ciertamente espinoso pero que convendría no soslayar nunca. Se trata de un aspecto que no es ajeno a la historia de las dictaduras y al paradigma que las biografías y muchas novelas famosas de grandes autores latinoamericanos nos han legado: el desequilibrio mental de los autócratas. Quizá no sea Jorge Bergoglio el más indicado para definir con cierta precisión científica el mal que aqueja en particular a Daniel Ortega (y supongo que, por extensión, se refería también a su esposa Rosario Murillo, con quien comparte el poder), pero al menos ha tenido la osadía de plantearlo y de abrir un jugoso debate.

La locura es un aspecto intrínseco a la voracidad por el poder. O podríamos decir que el poder absoluto provoca a la larga graves secuelas en las personas que lo ejercen. Baste pensar en Idi Amin o en Papa Doc Duvalier para calibrar hasta dónde puede llegar un mandatario en el abuso de su autoridad. El caso de Nicolae Ceaucescu, quien poco antes de ser ejecutado todavía esperaba que las masas lo aclamaran desde el balcón y tuvo que escapar sin entender lo que pasaba, ejemplifica el más burdo alejamiento de la realidad. El continente americano ha visto como Leónidas Trujillo, un caudillo cruel y corrupto, ha acabado siendo el protagonista de la maravillosa novela de Vargas Llosa La fiesta del chivo, pues un ser tan extravagante no parecería otra cosa que un invento literario. Por no hablar, en fin, de la saga aterradora que gobierna Corea del Norte con mano de hierro y delirios nucleares.

Una de las características principales de los dictadores es el culto a la personalidad, que ejercen de múltiples formas. En el caso de Nicaragua, ya en los inicios del actual gobierno se desplegaron los rostros de Daniel y Rosario en enormes vallas por todo el país y cualquier oficina pública los multiplicaba en pósteres pegados a las paredes. La entonces primera dama creó unos desmesurados árboles metálicos que, como símbolos paganos, la población tuvo que sufrir en avenidas y plazas y fue lo primero que se derribó en 2018. La adoración a los líderes se manifestaba en todos los actos oficiales, con una puesta en escena pensada para su aclamación unánime, y los seguidores morían por estar cerca de sus ídolos.

Este tipo de patología está bien estudiada y hay psicólogos que han descrito con detalle sus características. Pero quizá lo que el papa daba a entender en su declaración iba más allá de esto, y muchos ya sospechábamos que las decisiones que se toman desde hace años en El Carmen tienen algún parentesco con cierta forma de locura: la persecución despiadada y sin fundamento, el cainismo hacia su propia grey, la manía contra ciertos estamentos o grupos sociales (Iglesia católica, medios de comunicación, asociaciones feministas), la incapacidad para calibrar las consecuencias de actos con graves repercusiones económicas o legales… No parece que la racionalidad impere en un gobierno dedicado básicamente a la supervivencia, pero que al mismo tiempo va cavando día a día su propia tumba mediante decisiones que parecen tomadas por su peor enemigo.

Y esto me lleva a lo esencial: habiendo comprobado que el régimen no pudo ser derrocado por una insurrección popular, la salida de una dictadura solo parece posible mediante la negociación interna con la oposición y el apoyo de garantes internacionales. Pero ¿es posible negociar con un loco? Es decir, ¿es viable plantear acuerdos serios, que sean vinculantes, generados a partir de complejas mesas de trabajo, cuando de un lado solo hay una enfermiza obsesión contra todo lo que se le oponga? No es tanto un problema de equidistancia (hay históricos acuerdos de paz en El Salvador o con las FARC colombianas que pusieron frente a frente a víctimas y verdugos) sino de constatación de que uno de los dos bandos ha perdido el juicio en el camino. La tesitura en que nos sitúa esta realidad es delicada. Ya se constató en la mesa de diálogo de 2018 que Daniel Ortega no iba a aceptar nada de lo que se le propusiera: sólo se sentó para ganar tiempo y masacrar al adversario. Nada indica tampoco que esta postura haya cambiado, y más bien parece que el odio desquiciado se haya agravado por momentos.

La grosería de la que hablaba Francisco, o esa guaranga que hemos aprendido ahora como coloquialismo sureño, puede ser mucho más que eso, y los efectos perniciosos de estar bajo las órdenes de gente desequilibrada influirán en las salidas posibles de la crisis. El alargamiento de la agonía ya es un efecto claro de ello, pero constatar que no hay nadie con juicio suficiente para hablar y buscar un mejor mañana para Nicaragua es, también, otra forma de vulgaridad.

El autor es ciudadano español, lingüista y gestor de proyectos.

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