Seamos luz

Es interesante saber que toda la vida pública de Jesús se desarrolló prácticamente en Galilea (Mt. 26,69), una región mal vista por el pueblo judío. (Jn. 7,52).  

Al mismo Jesús le echaban en cara que era galileo y se burlaban de Él y a sus discípulos les llamaban despectivamente “galileos”.  (Mt. 26,69; Mc. 14,70).

La verdad es que es allí, en Galilea, en un pueblo que habitaba en las tinieblas, en donde Jesús pasa toda su vida pública dando su luz y dando la buena noticia del Reino, y llama a sus discípulos para que le sigan (Mt. 4,12-23).  Con Jesús, Galilea “vio una luz intensa”, y pasó de la muerte a la vida. (Mt, 4,16).

Nosotros estamos acostumbrados a gozar de la luz en todas las horas que lo deseamos, sea de día o de noche.  No sé si alguna vez hemos pensado: ¿qué sería de nuestro mundo de hoy, sin luz eléctrica?…  

En el mundo de hoy, unos días sin energía eléctrica tendría consecuencias incalculables.  Pero puede darse el absurdo de que en medio de un mundo lleno de luz, su gente viva en una completa oscuridad por dentro.

Hay mucha gente que vive en la oscuridad, gente que no sabe ni por qué, ni para qué vive. Gente desorientada, sin norte alguno en sus vidas. Gente metida en el oscuro mundo de la droga, de la corrupción, del egoísmo y la injusticia… Y, como dice el libro de los proverbios, “el camino de los impíos es oscuridad” (Prov. 4,19).

Hay gente que gira solo alrededor de la necedad de la mentira, de la fachada, de las apariencias y, como dice el Eclesiastés, “el necio anda en las tinieblas”. (Ec. 2,14).  

Hay mucha gente incapaz de distinguir entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira.  Viven en la oscuridad porque siempre van con intenciones torcidas en la vida, como dice Jesús: “Si tu ojo es malo, todo tu cuerpo está en tinieblas”. (Lc. 11,34).  

Hay gente que vive en la oscuridad porque es incapaz de amar, porque:  “quien aborrece a su hermano, vive en tinieblas” (1Jn.2,9) y viven en la oscuridad porque han echado fuera de sí la fuente de la luz que es Dios (1Jn.1,5). 

En los Salmos, muchas veces se pide a Dios que nos dé su luz: “Envíame, Señor, tu luz y tu verdad; que ellas me guíen” (Sal. 43,3).  “El Señor es mi luz y mi salvación”. (Sal. 27,1).  

Y los profetas invitaban constantemente al pueblo a que dejaran las tinieblas y se llenaran de la luz de Dios: “Pueblo mío, camina en la luz del Señor” (Is. 2,5).

San Mateo nos invita a ver a Jesús como la gran luz que puede iluminar nuestra vida, tal como decía Isaías: “El pueblo que habitaba en tinieblas, vio una luz grande”.  (Mt. 4,16; Is.9,1).  Y Jesús nos dice: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas”. (Jn. 8,12).

Todo cristiano es “hijo de la luz” (1Tes. 5,5).  Lo nuestro es vivir en la luz y ser testigos de la luz para quitar las tinieblas de este mundo.

Por eso, Jesús recorría Galilea invitando a que le siguieran y fueran pescadores de hombres, portadores de su luz por todo el mundo (Mt. 4,18-22), tal como sigue llamándonos, también hoy, a todos nosotros.

Los cristianos tenemos que ser misioneros de la luz, dar siempre luz a quienes la necesita.  Seamos siempre luz, testigos de la luz que es Jesús.

El autor es sacerdote católico.

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