Los tres mejores presidentes del siglo XX

En Nicaragua hemos tenido buenos presidentes. Conviene revisitarlos pues suministran una gota de esperanza en nuestro prevalente pesimismo. Tras sumergirme por un buen tiempo en la historia de Nicaragua, me parece que hay tres presidentes del siglo XX que merecen ser considerados entre los mejores: José María Moncada, Luis Somoza y Violeta Barrios de Chamorro. El criterio que he utilizado ha sido la contribución de cada uno de ellos a la paz y a la democracia, más su generosidad con sus adversarios.

Todos ellos, como invariablemente ocurre con todo ser humano, tuvieron sus faltas. Pero en la balanza del juicio histórico creo que salen airosos. Ojalá quienes estén en desacuerdo expresen sus razones contribuyendo a un mejor conocimiento de nuestra historia, tan plagada de mitos y sobre simplificaciones.

José María Moncada

       Para Sandino y sus seguidores fue un traidor que permitió la intervención extranjera. Pero si se analiza de cerca se puede llegar a otras conclusiones. Moncada fue un liberal consecuente que, al igual que Madriz y otros correligionarios, rompió con Zelaya cuando este se volvió dictador, y fue al exilio. A diferencia de la mayoría de los presidentes nicaragüenses, fue un intelectual. Fundó varios periódicos, fue docente y autor de varios libros.

Cuando el presidente conservador Emiliano Chamorro, dio en 1925 un golpe de Estado al presidente constitucional Solórzano, Moncada y otros liberales lanzaron la gran guerra constitucionalista en la que llegó a convertirse en jefe del ejército rebelde. Estados Unidos trató de mediar. Lograron sustituir a Chamorro por Adolfo Díaz e invitaron a los bandos a que, en el barco Denver, negociaran una salida pacífica. Esto fracasó cuando el presidente mejicano Calles animó a los liberales a seguir peleando con su apoyo militar.

 La guerra recrudeció y Díaz pidió la intervención norteamericana. Iniciada en diciembre de 1926, fue, evidentemente, una violación de nuestra soberanía. Pero su objetivo no era defender al gobierno conservador sino estabilizar un país que, por su potencial canalero y proximidad a Panamá, podía provocar la intromisión de algún imperio europeo. Los marines no trabaron combate con nadie. El presidente Coolidge explicó su rol: “No estamos haciendo la guerra a Nicaragua, igual que los policías de la calle no hacen guerra a los que transitan”.

Pero los autonombrados policías no lograban parar el pleito. La guerra llevaba más de un año hasta que Washington mandó una de sus mejores fichas, Henry Stimson. Este se reunió con los líderes en lucha y con el general Moncada en el famoso encuentro del Espino Negro, en mayo de 1927. Su propuesta: decidir la contienda a través de elecciones supervisadas por Estados Unidos.

Moncada hubiera podida rehusar, prolongando la sangría. Pero consideró más razonable resolver la lucha por el poder con votos en vez de balas. Igualmente vio conveniente que supervisara las elecciones un poder ajeno a los nicaragüenses, ya que ninguna administración nacional, fuera liberal o conservadora, podría ser confiable o imparcial.

Sabido era que Nicaragua nunca había tenido elecciones libres. Las razones para aceptar esta salida fueron tan convincentes que todos lo generales de Moncada, 14 en total, votaron a favor de ella. La única excepción fue Sandino. Pero su objeción no fue la presencia americana, sino la permanencia provisional de Adolfo Díaz. Tan es así que en una carta cuya legitimidad nadie disputa, pidió expresamente al comandante de los marinos que “asuma el poder un gobernador militar de los Estados Unidos mientras se realicen las elecciones supervigiladas por ellos mismos”. Como su propuesta fue rechazada. Sandino se lanzó a la guerra alegando la defensa de la soberanía y sumiendo a las montañas del norte del país en varios años de luto y destrucción.

La prueba de la futilidad de su empeño, glorificado por la izquierda como lucha heroica contra el imperio, es que se efectuaron las elecciones en 1928 y en ella su bando, el de los liberales con Moncada de candidato, ganó por amplio margen. Se había cumplido el objetivo de recuperar el poder sin necesidad de más sangre. Los líderes conservadores aceptaron la legitimidad de los comicios, los primeros verdaderamente libres en la historia del país.

Si se juzgan los hechos con frialdad, la actitud de Moncada fue la de un estadista que a pesar de haber liderado una guerra apostó por la paz y la salida electoral, librando así a Nicaragua —al menos por varias décadas— de las guerras fratricidas que la desgarraban crónicamente.

Su gestión como gobernante fue difícil, pues no solo heredó un país en ruinas, sino que tuvo que sufrir la crisis económica causada por la depresión mundial de 1929, el terremoto que asoló Managua en 1931, y la guerra de guerrillas de Sandino. En medio de todo ofreció tres amnistías, para cubrir a todos los participantes del anterior conflicto y cobijar a los combatientes de Sandino que dejaran las armas. Incluso ofreció fondos para repatriar a los exiliados.

 Es cierto que, hacia el final de su período propuso crear una constituyente que extendiera su período un año más, pero no fue bien visto por Estados Unidos. Moncada no insistió y al final de sus cuatro años entregó la banda presidencial al ganador de los siguientes comicios supervigilados, otro liberal, Juan Bautista Sacasa.

Si son “Benditos los que luchan por la paz”, como dice la escritura, es probable que a Moncada le haya caído algo de esta bienaventuranza. Próxima entrega: Luis Somoza Debayle.

El autor, Humberto Belli Pereira, es sociólogo e historiador fue ministro de educación y es autor del libro “Buscando la Tierra Prometida, historia de Nicaragua 1492-2019”, disponible en librerías locales y en Amazon.

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