Si el gran Porfirio Altamirano fue el “Shohei Ohtani” del beisbol nacional por la variedad de habilidades en su juego, el que le sigue podría ser Adolfo Álvarez, el otrora formidable lanzador de Rivas, que después se convirtió en un temible bateador con el mismo plantel.
Nacido en San Jorge, Rivas, Álvarez destacó desde sus días infantiles como un lanzador de alta velocidad. Fue reclutado por Heberto Portobanco para los Tiburones de Granada, tras recomendaciones de Armando Hernández, pero su carrera por poco terminar justo al iniciar.
“Desde chavalo siempre tuve buena velocidad y un día en Granada, Portobanco me puso a lanzar y resulta que cuando tiré una recta dura, el cátcher se apartó y le pegué al árbitro. Al ver como caía al suelo me asusté y en cuanto pude me vine para mi casa”, recuerda Adolfo.
Su mamá, María Luisa, era partidaria de que estudiara en vez de jugar, pero había accedido a que su chavalo jugara, pero cuando lo vio llegar de regreso desde Granada, lo acogió con cierta alegría, pensando en que retomaría sus estudios en el colegio Santo Domingo.
“Al llegar a la casa en Rivas, le dije a mi mamá que habían botado del Granada, pero esa misma tarde llegó Portobanco y habló con mi mamá. Heberto le aclaró lo sucedido y me regresé a los Tiburones para continuar”, señala Adolfo, quien tuvo 4-0 y 6.29 en 1978.
Impactó con el Frente Sur
Luego de un breve paso por los Búfalos en 1979, Álvarez se convirtió en figura estelar del Frente Sur en los años ochenta, al extremo de registrar 18-9 y 1.77 en 168 innings con 186 ponches en 1980. Un año después tuvo 15-1 y 1.49 en 151 episodios con 148 “fusilados”.
“Fue una época muy bonita para mí porque recuerdo el cariño de la gente. Recuerdo ver a los cañeros de pie detrás de la malla viendo los juegos en el estadio del ingenio Benjamín Zeledón. Teníamos un equipo competitivo y fuimos campeones nacionales”, rememora.
Entre 1980 y 1983 el zurdo registró un balance de 52-20 y 1.60 en 578.1 innings con 572 ponches. Completó 58 de 71 aperturas. Obtuvo dos lideratos en efectividad, dos en juegos completos, dos en ponches y uno en juegos ganados. Registró dos partidos de 15 ponches y uno de 14. Además, le ganó a Cuba 9-8 en Matagalpa y brilló con la Selección Nacional.
“Hubo una temporada en la que inicié 21 juegos y completé 20 (1983). Yo siento respeto por los lanzadores de ahora, pero en mi época uno no quería que lo sacaran del box. Con mis compañeros de equipo como Leoncio Martínez y Eloy Morales, nos proponíamos lanzar los nueve innings cada uno. Ahora se tiran cinco o seis y quieren salir”, asegura.
Adolfo jamás ha sido un hombre alardoso, al contrario, ha sido sencillo y mesurado en sus palabras. Accesible para la prensa y los fanáticos. Pero, sobre todo, ha sido un luchador, un tipo que nunca se rindió a pesar de que su carrera como tirador se terminó en 1984, cuando al registrar 5-2 y 1.89 en 90.2 innings, supo que no podía seguir desde los montículos.

LA PRENSA/CORTESÍA
Resultó un éxito como bateador
“Fue duro comprender que ya no podía seguir lanzando. Mi brazo se afectó por el intenso trabajo al que lo sometí. Me sentía muy triste y pensé que hasta ahí había llegado, pero le agradezco a Gustavo Quinado, quien dio la oportunidad de entrenar como primera base y pronto me gané la titularidad en la posición y pudo extender mi carrera”, señala Álvarez.
Resultó tan bueno como bateador, que luego de registrar .281 en 1985, subió a .313 en 1986 y en 1987, se convirtió en líder de los bateadores con .377 (223-84). Regresó a la Selección como artillero y se consolidó en el Rivas, al extremo de jugar hasta el 2003 y se retiró con un promedio global de .303, con 1,251 hits en 4.133 turnos y diez campañas sobre .300.
“Haber sido campeón bate en 1987 fue lo mejor que me pasó en el beisbol. Sé que tuvo una buena carrera como lanzador, pero haber triunfado en otro ámbito del beisbol cuando pensé que todo había terminado, es algo que me llena de mucho orgullo. La gente aún me saluda en la calle y me trata con respeto. Eso significa que no hice tan mal las cosas”, reflexiona.
Álvarez, quien ingresó al Salón de la Fama en 2009, pudo ser firmado por Milwaukee, pero cuando el scout se presentó a su casa en San Jorge, su mamá fue tajante en su respuesta: no hay firma. “A mi hijo nadie se lo lleva. Ni quiera Dios y se me enferma, quién me lo va a cuidar”. Y hasta ahí llegaron las aspiraciones de Adolfo de convertirse en profesional.
Casi mata a un receptor
“Ese tipo era un diablo”, suele responder Enrique Grijalba, su receptor en el Frente Sur en los años ochenta. Y cuenta la historia que un directivo del equipo sureño insistía en que se le cambiara de receptor para probar a un joven de una comarca rivense, pero Adolfo tiraba tan duro que el muchacho no pudo parar su recta y por poco lo mata el zurdo.
“El muchacho receptor era de una comarca que se llama San Rafael y me lo pusieron una noche en Granada para darle gusto a un directivo. A lo mejor las luces no ayudaban mucho, pero las pelotas le pasaban a los lados de su cabeza y alguien reaccionó y dijo, ‘no hombre, quiten a ese muchacho. A ese paso el zurdo lo va a matar y pusieron a Grijalba”, recuerda.
Ahora, a sus 63 años, Adolfo es coach de lanzadores. Desempeña esa labor en el Frente Sur y en los Gigantes de Rivas en la Liga Profesional, pero, sobre todo, el zurdo disfruta del cariño de su gente, del respeto de los fanáticos y la admiración de su pueblo, donde incluso el estadio municipal lleva su nombre, como un justo homenaje a su estupenda carrera.
Detalles
Adolfo Álvarez nació el 29 de junio de 1959 en San Jorge, Rivas. Como lanzador registró récord de 67-26 y 2.07 en 808.1 innings con 718 ponches. Inició 104 juegos y completó 74.
Como bateador registró .303 de promedio debido a 1,251 hits en 4,133 turnos, con 726 carreras anotadas y 617 impulsadas. Disparó 207 dobletes, 24 triples y 54 jonrones. Fue ganador de medalla de plata con la Selección Nacional en 1983 en Venezuela, donde remató al equipo de Estados Unidos con un relevo a Luis Cano, el ganador del juego.